Los avances plantean una pregunta para el mundo: ¿realmente Ucrania puede ganar la guerra?
Un soldado ucraniano de pie sobre un tanque ruso destruido en las afueras de Izium en la región de Kharkiv en el este de Ucrania. Foto: Juan Barreto/AFP/Getty Images

Hasta hace una semana, el equilibrio geopolítico en Ucrania podía ser comparado con el Zugzwang, una palabra que describe un punto delicado en un juego de mesa en el que cualquier movimiento probablemente pondrá a un jugador en desventaja.

Para Occidente, mientras se preparaba para reunirse con otros líderes mundiales en la asamblea general de la ONU en Nueva York, no parecía existir una buena opción, aparte de aguantar. Difícilmente podía retroceder en su apoyo a Ucrania, se había declarado que gran parte del orden democrático liberal estaba en riesgo, se había derramado demasiada sangre ucraniana y se habían invertido demasiados fondos occidentales, incluyendo 5 mil millones de dólares al mes solo para financiar al Estado ucraniano. Solo Estados Unidos ha gastado 15 mil 500 millones de dólares desde el inicio de la guerra.

No obstante, si Occidente continuaba con su plan de exprimir económicamente a Rusia, un Vladimir Putin cada vez más desesperado tenía la certeza de cerrar todo el gas procedente de Rusia, no solo el que llega a través de la línea Nord Stream 1, sino todos los gasoductos. Ante la negativa de los productores de petróleo, desde Riad hasta Teherán, de acudir al rescate de Europa y aumentar la producción de petróleo, millones de consumidores europeos corren el riesgo de congelarse o quedar en bancarrota este invierno.

El costo de proteger a los votantes europeos de ese aumento de electricidad y gas –ahora calculado en 500 mil millones de euros– sigue amenazando con destrozar los presupuestos, con los bancos centrales presionados para que sigan aumentando las tasas de interés para contener la inflación, que se encuentra en el 9.8%, la más alta de los últimos 25 años.

Aunque todos estos cálculos no desaparecen, se han visto alterados de forma radical como consecuencia del sorpresivo avance militar ucraniano. Los funcionarios occidentales se muestran cautelosos ante la posibilidad de un punto de inflexión, sin embargo, Justin Bronk, del centro de estudios británico Royal United Services Institute (RUSI), comentó: “De cara al invierno, independientemente de cuánto territorio tome Ucrania antes de que el clima paralice las cosas para ambos bandos en noviembre, no pueden existir más dudas de que Ucrania puede ganar, si recibe el apoyo adecuado. El argumento de que no vale la pena seguir proporcionando suministros a Ucrania porque prolonga el estancamiento ya no es un argumento. La victoria ahora es visible y creíble”.

Annalena Baerbock, la ministra de Relaciones Exteriores de Alemania, hablando en Kiev mientras el impacto de la ofensiva se concretaba el sábado, señaló que era “un momento de esperanza”. Después de otras 24 horas de avances, se desató un intenso debate en la política alemana sobre el suministro directo de armamento pesado, incluidos los tanques Leopard. Agnieszka Brugger, vicepresidenta del grupo de Los Verdes en el Bundestag (parlamento alemán), comentó: “Tenemos que volver a poner a prueba todas las opciones sin prohibirnos pensar. Son meses cruciales para el pueblo de Ucrania y para el orden en nuestro continente”.

En lugar de ofrecer únicamente un costoso y agotador estancamiento, en el que –en palabras de Vladimir Putin– la prosperidad europea se ve arrojada a la hoguera de las sanciones, los líderes occidentales ahora pueden hablar de la desocupación de Ucrania, y sonar verosímiles. “Esta contraofensiva muestra que podemos ganar”, señaló la embajadora de Ucrania en Estados Unidos, Oksana Markarova. El embajador francés en Ucrania, Étienne de Poncins, incluso especuló de forma un tanto prematura que el otoño podría ser “la estación de la victoria”. Si así fuera, será necesario pensar en qué métodos brutales, incluso nucleares, podría emplear Putin para evitar el colapso.

Pero, por el momento, la intensa guerra de relatos no cesará, ni siquiera en la ONU la próxima semana, en sí misma marginada en gran medida como organismo por el veto de Rusia en el Consejo de Seguridad. El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, se verá acorralado en caso de que los actuales retrocesos militares se vuelvan más marcados, aunque su capacidad para dejar de lado todas las críticas –y reestructurar la verdad– es legendaria.

El avance de Ucrania también perturbará a Beijing, ya que le prometió a Rusia una amistad sin límites. Como indica Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores: “El propósito de China era dividir a Occidente, sin embargo, su alineación con Rusia ha hecho lo contrario”.

Además, si China desea seguir siendo una contraparte eficaz de Estados Unidos, una que atraiga a los Estados no alineados, necesita con urgencia que Rusia triunfe en el este de Ucrania. El mayor perdedor de una derrota rusa en Donetsk, en términos de prestigio en la ONU, podría ser el presidente de China, Xi Jinping.

No obstante, incluso ahora los líderes occidentales buscarán con ansiedad, desde sus oficinas con candelabros, señales de si Europa se doblegará o se mantendrá firme. La presión aún no ha terminado.

Nathalie Tocci, directora del Instituto Italiano de Asuntos Internacionales, argumenta que todavía se trata de una prueba de dos puntos de vista contradictorios sobre la resistencia de Europa, uno defendido por Putin y otro por Jean Monnet, el fundador espiritual de la Unión Europea.

Putin, explica ella, da por sentado que las prósperas, pero moralmente corruptas, democracias liberales de Europa occidental terminarán confirmando su débil incapacidad para soportar el dolor. No se imagina a Europa lanzándose por un precipicio económico, “todo por un país que en su mente ni siquiera existe”. Por el contrario, Monnet argumentó en sus memorias que la fuerza de Europa “se forja en las crisis, y será la suma de las soluciones tomadas para esas crisis”.

Cada vez que Europa se enfrenta a un reto y cae, ya sea el Covid-19 o el euro, no solo se levantará, sino que pasará a la siguiente fase de adaptación e integración, convirtiendo así la crisis en una oportunidad. Tocci comenta que aún no es posible determinar qué interpretación de la resiliencia europea triunfará en última instancia.

A las unidades de desinformación de Moscú naturalmente les gusta proyectar una Europa en estado de rebelión contra el aumento de los precios y sus elites indiferentes. La evidencia de un resurgimiento populista hasta ahora es desigual.

En Praga, 70 mil personas acudieron a la plaza de Wenceslao el 3 de septiembre para protestar contra el aumento de los precios, dividiendo al gobierno en su respuesta, con el primer ministro pro-occidental, Petr Fiala, describiendo a los organizadores como soldados detrás de las líneas enemigas de Putin que creen que la solución a los altos precios de la energía consiste en abandonar la OTAN y la Unión Europea. En cambio, Pavel Blažek, ministro de Justicia, comentó que los asistentes no eran fanáticos de Putin, sino personas preocupadas por la caída del nivel de vida que merecían ser tomadas en serio. Los organizadores indicaron que estaba prevista otra manifestación del movimiento Republica Checa, primero para finales de este mes. Su lema es sencillo: “Esta no es nuestra guerra“.

El gobierno de Eslovaquia se encuentra al borde del abismo, pero principalmente por cuestiones internas, y en las elecciones parlamentarias de Italia y Suecia, los populistas de derecha emergentes han jugado con las consecuencias de la guerra, aunque solo de manera indirecta. El apoyo a Ucrania en Estados Unidos es en gran medida bipartidista, por lo que pocos políticos estadounidenses desearán desvincularse de lo que parece ser un éxito militar de Estados Unidos.

En general, una encuesta de Eurobaromoter realizada en junio y julio reveló que el 68% de los europeos apoyaban el suministro de armas a Ucrania, mientras que el 78% apoyaba las sanciones económicas que la Unión Europea imponía al gobierno, las empresas y los individuos rusos. Otras encuestas alemanas más recientes realizadas para la cadena de televisión ZDF mostraban un 70% de apoyo a las sanciones contra Rusia, y un extraordinario 90% de apoyo entre los partidarios de Los Verdes alemanes. El primer intento de los izquierdistas alemanes para iniciar “un otoño caliente” terminó en fracaso, con pocas personas respondiendo al llamado de salir a las calles en la ciudad de Colonia. La reputación de algunos políticos, como Robert Habeck, se ha visto perjudicada, pero no la guerra que defienden.

Los propagandistas de Moscú intentarán retratar a Europa como si estuviera al borde de una insurrección estilo 1848, y la OTAN contestará que se trata de la obra de personas atrapadas en la fantasía. Todo dependerá de la eficacia de las medidas que la Unión Europea pueda acordar para limitar el precio del gas o subvencionar los costos. Nadie niega la enorme sensibilidad política. El jefe de gabinete de la Casa Blanca, Ron Klain, publica en Twitter la mayoría de los días el precio del gas, actualmente en descenso.

Sin embargo, lo que ha resultado potencialmente más significativo desde el punto de vista diplomático en el último mes es que los líderes europeos, después de una respuesta inicial claramente dividida respecto a la invasión a principios de la primavera, parecen haber recuperado el ánimo, y lo hicieron incluso antes de los sorprendentes avances de las últimas ofensivas militares de Ucrania.

En una serie de francos y reflexivos discursos pronunciados durante el último mes, los líderes de París, Bruselas, Berlín y Washington se han mostrado resilientes y recargados, listos para asociarse de una forma ideológica más completa ante una guerra que puede durar hasta el invierno. Es posible que los discursos hayan sido, en parte, una ofensiva diplomática por parte de Berlín y París para intentar tranquilizar a los Estados bálticos y de Europa Oriental, aunque también fueron un mensaje de determinación enviado a sus propios electorados.

Baerbock, por ejemplo, en un artículo publicado en el periódico Die Zeit, argumentó: “Debemos enfrentarnos a los hechos: esta Rusia seguirá siendo en un futuro predecible una amenaza para la paz y la seguridad en Europa. Puede que esto sea difícil de digerir”, admitió. “Tenemos que asumir que Ucrania seguirá necesitando nuevas armas pesadas de parte de sus amigos el próximo verano”. Posteriormente comentó que mantendría sus promesas con Ucrania, independientemente de lo que piensen los votantes.

Igualmente, el canciller alemán, Olaf Scholz, en un importante discurso pronunciado el 29 de agosto en Praga, intentó sentar las bases de una profunda actualización de la política europea de Alemania. El discurso supuso, en parte, una respuesta a un discurso pronunciado por Emmanuel Macron en 2017, sin embargo, también fue su argumento sobre la forma en que Europa tenía que responder a la invasión de Ucrania. Terminó con una pregunta retórica: “¿Cuándo, si no ahora, construiremos una Europa soberana? ¿Quién, si no nosotros, puede proteger los valores de Europa?

Asimismo, Macron, en un discurso maratónico pronunciado ante los embajadores franceses el 1 de septiembre, admitió que no había vuelta atrás en lo que respecta a Putin, una admisión que le exige reconocer implícitamente que su apuesta por una apertura a Rusia para vincularla a Europa, simbolizada por la cumbre del Fuerte de Bregançon en 2019, no ha resultado exitosa.

Sí, sigue insistiendo en la libertad de acción francesa respecto a Estados Unidos sobre China. No quiso disculparse por conversar con Putin, ya que si dejara de hacerlo, el único interlocutor de Putin sería Turquía, y no se pronunció sobre si Putin merecía una humillación, cuestión a la que se opuso en mayo.

Pareció que su demorada visita a Kiev el 16 de junio en compañía del primer ministro italiano, Mario Draghi, y de Scholz –en la que los líderes pidieron que se le permitiera a Ucrania y Moldavia iniciar el proceso de adhesión a la Unión Europea– finalmente lo había transformado. Situó la invasión en el contexto de un desafío contra el liberalismo como “modelo indiscutible y culminación de la humanidad”. Rusia, señaló, “no solo ha socavado los principios sobre los que hemos edificado la paz durante décadas, la integridad territorial de los Estados”, sino que ha creado un relativismo contemporáneo que corre el riesgo de convertirse en “completamente irreversible”, y “extremadamente peligroso para el funcionamiento interno de nuestras democracias”. Esta no era una guerra territorial, ni de nacionalismo ucraniano, sino de valores.

No obstante, a lo largo de estos discursos, leídos por pocos, también se admitió la debilidad de la democracia liberal. Baerbock, al hablar con sus embajadores, fue la más franca. Señaló que si bien es cierto que en marzo, 141 países condenaron la invasión de Rusia en la ONU, “países que representan más de la mitad de la población mundial no votaron con nosotros. Además, muchos países no apoyan las sanciones impuestas contra Rusia”.

Aparte del sufrimiento en Ucrania, explicó, “este fue el único hecho que más le preocupó en los últimos seis meses”, hasta el grado de que “es algo en lo que no he podido dejar de pensar”.

Señaló que Occidente necesitaba “entender por qué, cuando hay que elegir entre el bien y el mal, entre las víctimas y los agresores, un país simplemente se abstenía”. Muchos países consideraron a Ucrania como una guerra regional. “Se preguntan constantemente dónde nos encontrábamos cuando los conflictos asolaban sus hogares”. Sus soluciones eran diversas, pero en lugar de proporcionar hechos consumados, algo que no genera confianza, Occidente necesitaba escuchar a estos abstencionistas.

Su homóloga francesa, Catherine Colonna, realizó un comentario similar en su discurso pronunciado ante el cuerpo diplomático francés, advirtiendo: “La voluntad para buscar compromisos pierde cada día un poco más de terreno, enfrentándose a la voluntad de imponer opiniones sin compromiso, o de aceptar el estancamiento”. Pidió una “diplomacia combativa” francesa y que los diplomáticos franceses comiencen a ser portadores de mensajes más claros en esta nueva “competencia de valores”.

Macron también advirtió que “los países de la abstención” representaban una masa de la humanidad. “Esto significa que esta buena parte de la humanidad no comprende por completo lo que está ocurriendo”. Señaló que los líderes extranjeros les comunicaron su decepción respecto a Occidente. “Muchos nos dicen: ‘¿Es tan bueno este modelo? Parecen tan infelices. Vimos lo que sucedió en el Capitolio el año pasado, lo vemos en nuestro país, el extremismo está aumentando en todas partes. No logran resolver la pobreza extrema. Están discutiendo sobre el clima'”.

Aunque Rusia era la protagonista, acechando entre bastidores, él señaló que era China “la que estructuró el campo de la abstención, busca impulsar sus profundos intereses y básicamente establecer una división en el orden internacional mediante el establecimiento de una narrativa que dice que estas reglas están enfocadas en el poder de Estados Unidos”.

La llamada de atención respecto a este escaso apoyo a los valores occidentales en este nuevo mundo multipolar suscita profundas cuestiones históricas y, como mínimo, pone de manifiesto la manera en que el final de la guerra fría privó a Occidente de uno de sus medios más eficaces de validación moral.

La misma Ucrania está intentando reforzar su apoyo internacional ampliando sus contactos diplomáticos, no obstante, se trata de un proceso complejo. Dmytro Kuleba, ministro de Relaciones Exteriores de Ucrania, admite que no es muy popular en la India después de haberles dicho a sus dirigentes que el petróleo que le compran a Rusia está manchado de sangre ucraniana. En cuanto a China, admite que se han logrado pocos avances.

Es posible que surja algo permanente del campo de los abstencionistas, por ejemplo, un resurgimiento del inactivo movimiento de los no alineados, aunque ese movimiento nunca ha tenido una ideología cohesionada.

Pero si la alianza occidental pretende atraer a nuevos amigos, necesitará algo más que una conferencia sobre el cambio climático patrocinada por Occidente o una gira presidencial por África para deshacer el daño que se acumuló en el pasado.

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