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‘Busco a una persona amable’: el anuncio en The Guardian que salvó a mi padre judío de los nazis

En 1938, aumentaron los anuncios clasificados en este periódico pues los padres, incluyendo a mis abuelos, batallaban para sacar a sus hijos del Reich. ¿Qué sucedió con las familias?

Compuesto: Guardian Design / The Guardian

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El miércoles 3 de agosto de 1938, apareció un breve anuncio en la segunda página del Manchester Guardian, bajo el título “Enseñanza”.

Busco a una persona amable que eduque a mi inteligente hijo, de 11 años, vienés de buena familia”, decía el anuncio, a nombre de Borger, con la dirección de un apartamento en Hintzerstrasse, en el tercer distrito de Viena.

El pequeño anuncio fue ordenado por mis abuelos, Leo y Eran. El niño de 11 años era mi padre, Robert. Resultó ser la clave para su supervivencia y la razón por la que estoy aquí, casi 83 años después, trabajando en el periódico que publicó el anuncio.

En 1938, las familias judías bajo el mando nazi batallaban para sacar a sus hijos del Reich. Los anuncios en periódicos eran una vía de escape. Cientos de niños fueron “anunciados” en las páginas del Manchester Guardian, sus virtudes y habilidades expuestas en breve, para caber en el espacio.

Las columnas contienen el clamor de voces desesperadas compitiendo entre sí, buscando: “¡Llévense a mi hijo!” Y la gente lo hacía. Los anuncios clasificados (notificaciones densas y mundanas que llenaron las páginas, y arcas, de The Guardian durante más de 100 años) también ayudaron a salvar vidas.

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Richard Nelsson, administrador de información y archivista de The Guardian, me envió por correo electrónico una imagen del anuncio en enero. Su existencia formaba parte de los mitos de mi familia, pero nunca antes lo había visto. Su impacto emotivo me tomó por sorpresa: tres líneas de la angustia de unos padres dispuestos a dejar ir a su único hijo con la esperanza de salvarlo. La anexión nazi de Austria, la Anschluss, sucedió cinco meses antes de la publicación del anuncio de mi padre, mientras que las leyes raciales de Nuremberg se impusieron en mayo, suprimiendo los derechos básicos de los judíos. Grupos de la Sturmabteilung nazi, los camisas pardas de la SA, tenían la libertad en Viena de golpear y humillar a los judíos.

Mi padre fue identificado como judío por sus compañeros de clase y en un momento fue detenido por una pandilla de la SA, lo encerraron dentro de una sinagoga local. Mi abuelo Leo, que era propietario de una tienda de radios e instrumentos musicales, fue convocado al cuartel general de la Gestapo para registrarse. Le ordenaron, como a otros judíos vieneses, ponerse de rodillas y lavar el pavimento, en frente de una multitud escandalosa.

Radio Borger, la tienda de mi familia en Viena.

La SA todavía captura judíos en las calles y los obliga a limpiar suelos y baños”, reportó el Manchester Guardian el 1 de abril de 1938. “Muchos judíos prominentes convocados forzados a tales labores llegan con sombreros de copa y abrigos con todas sus condecoraciones”.

La siguiente vez que mi abuelo fue convocado, lo retuvieron toda la noche. Es probable que lo hayan detenido durante periodos de tiempo más largos, después de la Noche de los Cristales Rotos del 9 de noviembre de 1938, cuando saquearon los negocios judíos y destruyeron la mayoría de las sinagogas en Viena. Muchos, probablemente la mayoría, de los hombres judíos vieneses fueron llevados a Dachau, el campo de concentración de Bavaria, y tuvieron que pagar un rescate para salir.

Los nazis estaban dispuestos a expulsar a los judíos del Reich, pero no lo pusieron fácil. Los emigrantes tenían que llenar los formularios adecuados y los despojaban de casi todas sus posesiones.

Para finales del verano de 1938, muchos judíos vieneses se anunciaban a sí mismos en la columna de “Búsqueda de Situaciones” del Manchester Guardian, como mayordomos, choferes y sirvientas. Había una escasez de trabajadores domésticos en el Reino Unido en esa época. Con la expansión de los suburbios prósperos y la disponibilidad de otras oportunidades laborales para mujeres británicas se crearon vacantes para extranjeros.

Al navegar por las páginas de anuncios clasificados del periódico, se puede ver una oleada de pánico acelerando. Antes de mayo de 1938, las únicas apariciones de Viena eran sobre turismo y ópera. El 10 de mayo, Erna Ball se ofreció como sirvienta, 15 días después, Julie Klein se describió como una “distinguida señorita vienesa, judía, de buena apariencia, rubia, 35 años”.

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El 7 de junio, apareció la primera menor: Gertrude Mandl, una “pequeña niña vienesa … no aria” que “busca una posición como cocinera sirvienta”.

Fue la primera de 60 niños judíos vieneses anunciados en el periódico durante los siguientes nueve meses, pero los meses de mayor concentración fueron agosto, septiembre y octubre, y comenzaron a disminuir después de noviembre de 1938, cuando el Reino Unido lanzó la estrategia Kindertransport para grupos de menores no acompañados. Esto llevó a 10,000 niños judíos a Inglaterra en los meses previos al comienzo de la Guerra.

Los anuncios de The Guardian a principios de 1939 reflejaban el camino de los abandonados. El 14 de enero, bajo la sección “Anuncios de refugiados”, hay una petición tres líneas: “Padre en campo de concentración, tres varones, 8-12 y tres muchachas, 13-16, tienen que salir de Alemania. ¿Hay alguien dispuesto a ayudar?

El 11 de marzo, otro anuncio emite una “petición urgente”. Alguien que ayude a salir del campo de concentración a dos niños vieneses, de 21 y 23 años, con la oferta de puestos de entrenamiento”.

Peticiones similares aparecen en el Times y el Telegraph, pero el Manchester Guardian se consideraba más simpático con los que buscaban huir. La ciudad era hogar de la comunidad judía en el Reino Unido más grande fuera de Londres; tenía vínculos con Vienna a través del comercio de textiles, además de una enérgica comunidad cuáquera que estableció un comité de refugiados después de la Noche de los Cristales, que ayudó a reasentar a grandes números de judíos de Europa Central.

The Guardian también se enfocaba más que el resto de la prensa en la lucha de los judíos bajo el mando alemán y las dificultades de los que estaban en el Reino Unido. Publicaban una columna anónima de una sirvienta judía en un hogar británico, identificada solo como “J”, que daba su perspectiva desde abajo de las escaleras.

El Manchester Guardian tenía una reputación justificada de ser defensores de la lucha judía y especialmente de ser prorefugiados, entonces era natural anunciarse ahí, especialmente si había agencias comerciales y también organizaciones de refugiados de los dos lados”, dice Tony Kushner, profesor de la University of Southampron y autor de Journeys from the Abyss, un libro sobre el Holocausto y la migración forzada.

“Ciertamente, la forma en que el Manchester Guardian reportó el antisemitismo nazi y apoyó la entrada de refugiados, y su protección en Inglaterra, durante la época nazi puede considerarse uno de los momentos más orgullosos en la historia del periódico”, añade Kushner.

Una pareja de maestros galeses, lectores de The Guardian, Nancy y Reg Bingley, respondieron al anuncio de mi padre y lo acogieron y educaron durante su adolescencia en Caernarfon.

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Mi abuela Erna (le decíamos Omi) consiguió empleo como sirvienta para una familia en Paddington, entonces logró obtener una visa y hacer el viaje en tren y transbordador hacia el Reino Unido con su hijo, pero no para vivir con él cuando llegaron.

En marzo de 1939, con la ayuda de los Bongley, mi abuelo Leo también consiguió su visa, además de un empleo como recortador en Silhouette, una fábrica de ropa interior administrada por una familia de judíos alemanes que empleaban refugiados, primero en Londres y después en Shrewsbury, cuando inició la guerra.

Erna, Robert y Leo Borger en Austria a principios de la década de los 30.

Leo conservó el mismo empleo hasta el final de sus días como trabajador; siempre había rollos de elástico de calzoncillos en nuestro ático. Mi padre hablaba en alemán con sus padres, pero en pocas ocasiones nos dijeron que recordaban sus días en Viena.

Después de leer los anuncios, me dispuse a averiguar qué había pasado con los otros niños que buscaron ayuda junto a mi padre. Resultó que fue relativamente suertudo. Muchos de ellos no se adaptaron felizmente y pasaron sus primeros años en Inglaterra, a la edad de 12,13 o 14, buscando, con poca ayuda en un idioma extranjero en una tierra desconocida, maneras de salvar a sus padres.

Liese Feiks, una niña de 18 años anunciada el 28 de junio de 1938 como “taquígrafa y mecanógrafa” multilingüe, fue salvada por una familia británica, pero batalló con los trabajos domésticos que le asignaron. Su hijo, Martin Tompa, profesor emérito de ciencias computacionales en la University of Washington en Seattle, dice: “Muchas veces me dijo que fueron los años más miserables de su vida”.

Los padres de Liese esperaron demasiado para salir de Viena. Para la primavera de 1940, el escape hacia el oeste dejó de ser una opción. En su lugar, se dirigieron a Shanghái, donde aceptaban a judíos sin visa, por las vías del Transiberiano. Desde Shanghái, intentaron llegar a Estados Unidos, pero los japoneses los capturaron y pasaron el resto de la guerra en un campo de internamiento cerca de Manila, en las Filipinas.

En su anuncio del 29 de julio de 1938, Adolf Batshca, un comerciante vienés de mercancías secas, buscó a una familia que se llevara a su hija única, Gerturde de 14 años, quien tenía “buenos modales, puede ayudar en cualquier tarea doméstica, habla alemán, francés y un poco de inglés”, y tocaba el piano.

Una familia de Somerset, los Partington, respondió y lograron refugiarla. En febrero de 1939, Adolf y su esposa, Walburga, “Vally”, despidieron a Gertrude desde la terminal ferroviaria principal de Viena.

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Espero jamás conocer tal desesperación como la que los obligó a tomar la decisión de separarse de mí y enviarme sola”, escribió Gertrude en una autobiografía para sus hijos, décadas después de emigrar a Israel y convertirse en Yehudit Segal.

Ella jamás los volvió a ver. La hija de Gertrude, Ruthie Elkana, me dijo que sus abuelos no actuaron a tiempo. “Fue demasiado tarde para ellos”, dice Elkana. “Se prepararon. Él se preparó para ser mayordomo y ella para ser sirvienta, para coser y todas esas cosas, así ambos podrían ganar dinero en el Reino Unido. Pero eso no les ayudó”.

En octubre de 1942, Adolf y Walburga fueron deportados al campo de exterminio Mary Trostenets, afuera de Minsk en la república soviética de Bielorrusia ocupada por los nazis. Gertrude no abandonó sus esperanzas para ellos hasta que recibió una carta de la Cruz Roja después de la Guerra, confirmando sus muertes. En la autobiografía, dijo que el miedo a perderlos era acompañado por “el miedo a olvidar su apariencia”.

IMAGEN: La última foto de Gertrude Batscha con sus padres antes de mudarse a Somerset.

Elkana dice que se llenó de emociones cuando vio el pequeño anuncio por primera vez, en 2014. “Nuestra madre nos contó sobre él”, dice. “Fue muy emocionante encontrarlo. Me rompió el corazón”.

Ninguno de los otros hijos de refugiados vieneses que contacté había visto el anuncio del Manchester Guardian que fue la última opción de sus padres. Muchos tuvieron una reacción similar a la mía: alegría por ver el nombre de sus padres; y la enfermiza comprensión del sacrificio, la desesperación y la pérdida que subyacen bajo cada mensaje.

“Estaba confundida. Rara vez guardo silencio, pero me quedé callada”, dice por teléfono desde Nueva York Sandra Garfinkel, hija de Alice Lindenfeld, anunciada el 1 de agosto de 1938 como “judía, 13 años y medio, buena familia”.

Garfinkel había escuchado que su madre y abuela escaparon hacia el Reino Unido, pero nunca supo cómo. “Necesito una palabra más grande que aturdida para expresar mi increíble asombro al ver el anuncio”, dice. “El castigo emocional, psicológico, financiero que seguramente sufrieron, porque antes de eso vivían una vida acaudalada con sirvientes y una hermosa casa, y de pronto tuvieron que rascar el fondo del barril para anunciar: ‘¿Hay alguien que se lleve a mi hijo?’ “

El primero de los hijos del Manchester Guardian que logré rastrear fue George Mandler. Inusualmente, su nombre completo apareció en el anuncio del 28 de julio de 1938, que pedía: ¿Alguna familia inglesa será tan amable para llevarse un au pair (sic) con mi hijo, de 14 años, recién salido de la escuela, con conocimientos de inglés, para darle un empleo?”

George fue fácil de localizar, pues se convirtió en un prominente psicólogo en Estados Unidos e Inglaterra antes de fallecer en 2016. Le envié a su hijo, Peter, una imagen del anuncio y lo llamé a su casa en Cambridge, donde es profesor de historia.

“Sospecho que mi padre probablemente hizo esto a escondidas porque sabía que su padre no estaría de acuerdo”, dijo. “Le hubiera horrorizado tener que sacarlo de la escuela, porque, como sabes, estaba buscando un empleo”.

Al final, amigos de la familia encontraron un sitio para George en un internado en Bournemouth.

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Igual que Gertrude, George escribió una autobiografía, llamada Interesting Times. Describió la vida en Viena después de la Anschluss, formarse frente a las embajadas a las cuatro de la mañana, y escribir cartas a los Mandler que encontraba en el directorio telefónico, buscando una manutención.

Para muchos judíos vieneses, Estados Unidos era el destino preferido, pero Washington tenía cupos anuales de migrantes estrictos. Para la mayoría, el Reino Unido era un hogar temporal, un lugar para esperar a que llegara tu turno de ir a Estados Unidos.

George recordó viajar fuera de Viena, él solo, cuando tenía 14 años, y describió un tenso momento cuando el tren llegó a la frontera occidental del Reich en Aachen. Su pasaporte fue emitido antes de que el enorme sello de la “J” fuera obligatorio, y tal sello no estaba disponible en la frontera.

Lo llevaron a Colonia y le ordenaron esperar hasta la mañana siguiente. Pasó la noche en un hotel, donde las habitaciones tenían camas, pero prácticamente nada más. “¡Pasé la primera noche de mi emigración en un burdel!”, escribió.

George zarpó hacia Estados Unidos en 1940, para reunirse con su padre y hermana, que habían logrado subir a un barco en Italia. Salió desde Liverpool en un buque transatlántico armado con artillería naval gigantesca. Hasta que salieron del rango de los U-boot, navegaron con las luces apagadas y todos los pasajeros usando chalecos salvavidas.

Para 1943, estaba de regreso en Europa con el ejército estadounidense, en el servicio de inteligencia militar, interrogando a soldados alemanes capturados y evacuando a los científicos alemanes antes de ser capturados por el Ejército Rojo.

Otro chico de los anuncios, Alfred Rudnai, se unió a la Royal Air Force, primero como mecánico, y después como artillero de un bombardero Lancaster. En sus recuerdos grabados por su familia meses antes de su muerte el año pasado, Alfred habló sobre su poco ortodoxa, pero visceral, contribución a las últimas etapas de la guerra.

“Podía ver hacia abajo, y me convertí en bombardero porque conseguí latas vacías y las llené de basura para tirarlas sobre Alemania”, recordó Rudnai.

Ernst Schanzer tenía 16 años en noviembre de 1938, cuando sus padres lo describieron como “bien criado”, “un excelente estenógrafo” y “buen deportista”. Le otorgaron un lugar en una escuela comercial en Newcastle antes de internarlo en la Isla de Man (como a mi abuelo y a muchos otros refugiados judíos) como “extranjero enemigo” en 1940, cuando la opinión pública se volcó en contra de los de fuera. Entonces lo evacuaron a Canadá.

Ernest Schanzer se convirtió en un reconocido académico de Shakespeare y profesor en Munich. Incapaces de obtener una visa para occidente, sus padres y su hermano mayor, Peter, llegaron hasta Letonia, pero allí los capturaron las tropas soviéticas y los enviaron a Siberia en 1941.

Los padres de Ernest fallecieron ahí, pero Peter de algún modo sobrevivió durante seis años de hambre extrema y frío amargo. Logró volver a Viena después de la Guerra, pero pasaron muchos años para la reunión de los hermanos. Canadá le negó la entrada a Peter, posiblemente por los comentarios amables que hizo sobre sus carceleros soviéticos. En su lugar, emigró a Australia y formó una familia.

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Ernest nunca se casó, pero disfrutó la vida de soltero en Munich. “Tuvo una vida social enriquecedora, fue como un playboy, a quien todo mundo invitaba, y quien invitaba a todos sus amigos a fiestas en su casa sobre el elegante suburbio de Englschalking en Munich”, dice su amigo más cercano, el profesor de inglés Manfred Pfister. Pfister dice que él y su esposa solían visitar Viena con frecuencia, pero Ernest, “sin decir por qué, comprensiblemente nunca nos acompañó a estos viajes”.

Hablando con otros descendientes de refugiados, otros hijos de los niños del Manchester Guardian, emergieron algunos temas en común. La mayoría de nosotros habíamos ido, en algún momento de nuestras vidas, a visitas melancólicas de Viena. Nosotros fuimos a mediados de la década de los 70, y recuerdo haber mirado hacia el departamento donde vivió la familia; el parque cercano, con sus enormes torretas de concreto, demasiado grandes y sólidas para destruir; y el sitio de la antigua tienda, Radio Borger, que se convirtió en una papelería y después en una tienda de ropa femenina barata.

Otro rasgo común fue la carga que nuestros padres cargaron toda la vida, desde la experiencia de la separación de sus padres en un país desconocido hasta el peso de sobrevivir mientras otros parientes, abandonados en Viena, fallecieron.

Cuando mi padre se suicidó, me tocó hablarle a su madre adoptiva, Nancy. Después de una dolorosa pausa, Nancy dijo que fue la última víctima de los nazis. Ciertamente hubo otros factores: su carrera no resultó como esperaba, y convirtió su vida familiar en un desastre. Pero ella siempre lo vio como el niño de 11 años recién llegado a Caernarfon, tan asustado que tuvieron que modificar la tetera porque el ruido le recordaba a las redadas de la SA.

El niño más longevo de los anuncios clasificados falleció en febrero. Karl Trommer, y su hermana Bella, aparecieron en un anuncio el 11 de noviembre de 1938, sus padres buscaban “cualquier amable familia” que se los llevara. Sobrevivieron y se mudaron a Palestina después de la guerra. Karl, bajo el nombre Akiva Trommer, luchó en la Palmach, las fuerzas especiales judías antes de la creación de Israel.

Hella falleció en 1980, pero los registros en internet mostraban que Akiva seguía con vida, y tenía un número telefónico. Cuando llamé en marzo, su hijo contestó. Llegué unas semanas tarde. Ofrecí mis condolencias y le envié una copia del anuncio en el Manchester Guardian.

IMAGEN: Pequeño anuncio en noviembre de 1938 para Karl y Bella Trommer. Fotografía: The Guardian

Para la mayoría de los descendientes con los que hablé, el anuncio era una punzante nota al pie de página de la historia familiar, un recordatorio de la delicada sucesión de eventos que hicieron la diferencia entre sobrevivir y ser aniquilados.

Tiene un peso particular para mí, porque el agradecimiento con The Guardian en la casa durante mi niñez sin duda le dio forma a mi ambición de trabajar aquí. Cuando apareció el anuncio de mi padre, mi madre, su futura esposa, crecía en distrito de Rusholme en Manchester. Su padre llevaba a casa el Manchester Guardian cuando volvía de su trabajo como secretario de cargamentos en las vías del tren, y le decía que el periódico ofrecía una recompensa para los lectores que encontraran errores de ortografía.

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En agosto de 1938, era demasiado joven para buscar tales errores, pero me gusta pensar en ella buscando línea por línea, y pasando su dedo por la segunda página: “Busco a una persona amable que eduque a mi inteligente Hijo”.

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