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No reconocemos nuestra propia ciudad: los embates israelíes rediseñan el mapa de Gaza

Al fin llegó el alto al fuego, pero las familias mantienen pocas esperanzas entre el recuerdo de edificios colapsados y familiares muertos.

La torre Al-Jalaa en la ciudad de Gaza, que albergaba a Al Jazeera y Associated Press, fue derribada por un misil israelí. Foto: Majdi Fathi / NurPhoto / REX / Shutterstock

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Conforme emergen de sus escondites, los habitantes de la ciudad de Gaza han tenido que adaptar sus recuerdos. Este pequeño lugar en la costa está tan deformado que un mapa mental de sus caminos y puntos de referencia de hace dos semanas es prácticamente inútil el día de hoy. Los atajos para evitar el tráfico probablemente ya no sirven, pues hay cráteres llenando las calles y escombros bloqueando caminos. Algunos edificios altos con cierta fama local ya no existen. 

Once días de bombardeo han convulsionado a la ciudad. Los ataques aéreos hacen temblar el suelo con tanta violencia que en algunos sitios bombardeados más bien parece que los edificios se enterraron en el suelo y no que los atacaron desde arriba. 

En una calle, los muros torcidos de una escuela preescolar descienden de tal ángulo que parece que desaparecen por completo en el suelo. 

La más reciente guerra de Israel con Hamás, que cesó las hostilidades el viernes, mató a 248 palestinos, incluyendo a 66 niños y a muchos otros combatientes, y dejó más de 1,900 heridos en Gaza. 

En Israel, 12 personas, incluyendo a un soldado y dos niños, fueron asesinados por militantes con cohetes, morteros y misiles antitanques. El primer ministro del país, Benjamin Netanyahu, dijo que sus fuerzas hicieron “todo lo posible” para mantener la seguridad de sus propios ciudadanos pero también se aseguraron de que los civiles palestinos estuvieran fuera de peligro. 

Comunicados como estos provocan burlas en toda la calle al-Wehda, una vía principal del centro de Gaza. El boulevard ha sido azotado por muchos ataques durante la última semana, incluyendo el ataque solitario más letal de esta ronda, que mató a 42 personas. 

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En una esquina de al-Wehda, la instalación médica más grande de Gaza, el hospital Shifa, alberga a muchos sobrevivientes. 

Amjed Murtaja, de 40 años, yace en una cama del hospital, su pierna está llena de heridas. Se encontraba en su departamento alquilado en un cuarto piso sobre al-Wehda cuando, dice, un misil cayó en su balcón. “El edificio temblaba. Mi único pensamiento era llegar con mi esposa e hijo”, relató. Murtaja llegó a la otra habitación justo a tiempo para abrazar a su familia antes del segundo impacto, que ocasionó el colapso de la estructura entera. “Caímos juntos”, dijo. Cuando llegaron al suelo, Murtaja tenía los brazos atrapados, pero su esposa, Suzan, y su hijo de dos años estaban junto a él. 

Mientras relataba su experiencia, otros pacientes, visitantes y un trabajador de intendencia se detuvieron para escuchar con atención. Murtaja y su esposa, quien según los doctores tenía el cuello roto, estuvieron atrapados durante cuatro horas hasta que vecinos y perros de rescate excavaron y los sacaron. 

En el mismo ataque, varios miembros de la familia al-Auf, incluyendo a uno de los doctores más prominentes de Gaza, quien trabajaba como la cabeza de la respuesta contra el coronavirus de Shifa, fueron recuperados muertos. Murtaja dijo que mientras estaba atrapado, podía escuchar a otros vecinos dentro de otras partes de los escombros. “Gritaban”, contó. 

Su esposa se encontraba en el mismo hospital, pero dos pisos más abajo, en la sección de mujeres. Tenía suero intravenoso, y una botella de agua y un tazón con yogurt en la reposa junto a su cama. Bajo la influencia de sedantes poderosos, sus ojos se cerraban mientras hablaba. Suzan Murtaja, de 36 años, dijo que cuando el edificio colapsó, estaba tan desorientada que primero pensó que solo había caído una alacena sobre ellos. Pero, con una mano libre, logró alcanzar su teléfono. “Encendí la linterna y me di cuenta de que el edificio entero había colapsado”. 

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Durante esas cuatro horas, incluso antes de saber que la iban a encontrar con vida, intentó arrullar a su hijo, pero pedazos de escombro no dejaban de caer y lo despertaban. 

Israel informó que la intención de sus ataques en al-Wehda del domingo pasado era destruir una amplia red de túneles que llamaban “Metro”. El ejército dijo que no tenían la intención de hacer colapsar el edificio. 

No está claro qué ocultaba Hamás en esos túneles, si es que de hecho existían. Al-Wehda está en las profundidades de la ciudad y lejos de la frontera con Israel. 

Casi una semana después del ataque, aún hay grandes bloques de concreto en las orillas de la calle. Un edificio de siete pisos que sobrevivió quedó inclinado con un ángulo impactante, y había hombres intentando recuperar muebles de madera de la planta baja. En otra parte de al-Wehda había una pila enorme de escombros que solían formar el departamento de los Murtaja. Entre el polvo había tanques de agua deformados, una botella de detergente, almohadas y un sartén. Solo quedaba una escalera interna de tres pisos en el fondo. Había un letrero con los nombres de las personas fallecidas, y el título “Masacre de Al-Wehda” escrito en árabe. 

Un taxi amarillo se detuvo, de él salió una mujer con su hijo adolescente. Declaró que su nombre era Zakia Abu Dayer, de 44 años, y vivía en el edificio de junto. Era la primera vez que regresaba para intentar recuperar sus pertenencias. 

Durante la noche del bombardeo, mientras los Murtaja estaban atrapados bajo los escombros, Abu Dayer, su esposo, y su hijo, avanzaban por la calle hacia la casa de sus parientes. Pensaban que estarían más seguros ahí, porque se encontraba en una planta baja, lo que les daba la oportunidad de salir corriendo. 

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Pero dos días más tarde, ellos y otros miembros de la familia se encontraban afuera comiendo arroz y lentejas cuando ocurrió un nuevo ataque. “No hay espacios seguros”, aseguró, con la pierna llena de vendajes. “Todo se volvió oscuro”. 

Abu Dayer recordó el humo y el agua corriendo después de la explosión de los tanques del edificio. Su esposo, quien se encontraba a unos metros de ella, murió después de que restos de metralla cayeron sobre su cabeza. Un pariente de 11 años también falleció. 

El edificio atacado sigue de pie, aunque todas las ventanas explotaron. La planta baja era un banco con dos cajeros automáticos llenos de polvo. Hay una clínica dental en el primer piso. Muchas organizaciones caritativas operaban desde ahí. En otro piso, a través de los vidrios rotos podía observarse una caja que decía “Asistencia de EU”. 

Del otro lado de la calle se ve el caparazón dañado de otro edificio. “Es una clínica de salud primaria muy vieja, probablemente la más antigua de Gaza”, dijo Abdel-Latif al-Hajj, director general de cooperación internacional en el ministerio de salud de Gaza, quien estaba parado junto a la puerta. 

A primera vista, parecía que la clínica fue atacada, con grandes marcas en las paredes y residuos del tamaño de balones de fútbol incrustados en el suelo. Pero no fue golpeado directamente. En su lugar, cuando el misil israelí cayó en el edificio de enfrente, le arrancó los dos pisos de hasta arriba, que después colapsaron sobre la clínica. 

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Al-Hajj detalló que el edificio era el centro principal de pruebas de Covid en Gaza. Había trabajadores en el interior durante la explosión, y muchos resultaron heridos. Gaza ya luchaba contra un brote peligroso de infecciones, y se espera que azote una nueva oleada, dijo. 

“Cualquiera puede imaginar lo que pasará si dejamos de hacer pruebas”, consideró al-Hajj. Además, la guerra significa que miles de personas desplazadas tienen que vivir amontonadas, lo que podría acelerar la transmisión. 

De acuerdo con la ONU, la violencia en Gaza ha destruido al menos 260 edificios. 53 escuelas, seis hospitales y 11 centros de salud primaria han sufrido daños. Casi 80,000 personas fueron desplazadas internamente, y 10 veces esa cifra tienen poco acceso a agua potable. Además de los ataques israelíes, grupos armados han lanzado misiles defectuosos que aterrizan cerca, y hay reportes de daños extensivos e incluso muertes dentro de Gaza. 

Los dos millones de habitantes de la franja de por sí viven en lo que se conoce como “la prisión más grande del mundo”, con más del 50% en situación de desempleo, un sistema de salud colapsado, agua que puede ser venenosa, y recortes de electricidad implacables. 

Israel y Egipto, el otro vecino de Gaza, han mantenido un bloqueo paralizante, al que los locales se refieren como “asedio” durante 14 años. Israel, que retiró a sus fuerzas que ocupaban el área en 2005, dice que las restricciones son por su seguridad. Pero la ONU dice que el bloqueo constituye un castigo colectivo. 

En la clínica dañadas de al-Wehda el sábado, Lynn Hastings, coordinadora especial asistente de la ONU en el proceso de pacificación de Medio Oriente, llegó a evaluar los impactos. 

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Rodeada de ayudantes y guardaespaldas, un reportero de televisión le preguntó si esta ronda de hostilidades, a diferencia de las tres guerras previas, puede ocasionar un cambio político significativo. 

Todo el mundo dice que no se puede seguir como antes”, respondió. “Ya sabes cuál es la definición de la locura”, añadió retóricamente. Se refería a la frase usualmente atribuida a Einstein, donde la locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes. 

El cese de hostilidades del viernes le trajo un poco de esperanza a los palestinos e israelíes de que la violencia impulsara un nuevo esfuerzo para resolver la crisis. Hamás inició esta ronda de combates cuando lanzaron misiles hacia Jerusalén el 10 de mayo, pero le siguieron semanas de crecientes frustraciones por el trato de los palestinos de Israel, que durante décadas ha dictado cómo millones de palestinos deben vivir sus vidas. 

Shane Stevenson, director de Oxfam en Israel y los territorios palestinos, dijo que la tregua no debe celebrarse como una solución. Israel debe hacerse responsable “de las atrocidades que han cometido en los últimos doce días”, como deben hacerlo las facciones armadas de Gaza por sus ataques indiscriminados contra pueblos y ciudades israelíes. 

Añadió que la tregua “no cambiará la ocupación ilegal y la negación de derechos humanos que sufren los palestinos todos los días. Este estatus quo brutal e inhumano tiene que cambiar de una vez por todas”. 

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Acostado en el hospital de Shifa, Amjed Murtaja tiene razones menos ambiciosas para ser feliz. A pesar del cansancio y las heridas, se mantuvo despierto hasta tarde el jueves, mientras circulaban los rumores del alto al fuego. Llevaba mucho tiempo esperando el anuncio, según él, “porque no quiero perder al resto de mi familia”.

The Guardian
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