Opinión invitada
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La actual administración debe cuestionarse cuál será el legado que dejará en materia digital en esta llamada Cuarta Transformación y si va por el camino correcto.
Platiquemos de estas dinámicas de una sola vía que se disfrazan de interacción y de la responsabilidad que la atención de una audiencia debe considerar.
Aún con las mejores intenciones, el uso del lenguaje es algo delicado en la actualidad, y no se puede quedar bien con todos.
Tenemos un presidente que no ejerce la autocrítica y se obsesiona con un proyecto de país que desconoce el diálogo para bien de la democracia, vulnerada por las imposiciones que desconocen la eficacia del derecho.
Los pendientes son muchos: el combate efectivo a la corrupción, un clima preocupante de polarización social y una concentración evidente del poder presidencial.
El derecho a la salud prometido fue negado a millones, y la impunidad se convirtió en la regla general.
López Obrador llenó el Zócalo con sus seguidores o con ciudadanos que genuinamente fueron a escuchar de viva voz su balance de esta primera mitad de gobierno, pero los triunfalismos no valen de nada.
México está en una crisis de confianza y económica de proporciones pantagruélicas. El presidente y su grupo no escuchan a nadie que les traiga puntos de vista distintos.
En tiempos pandémicos cuesta trabajo pensar en futuro y hacer planes, pero ¿qué hacemos? ¿sujetarnos al dicho del aquí y el ahora para conectar con el presente?
Desde el inicio de este gobierno, el presidente ha favorecido la lealtad por encima de la capacidad, agudizando la tendencia a escucharse a sí mismo.
El presidente concluye su tercer año de gobierno y el famoso #DecretazoPresidencial es el más claro ejemplo de un régimen que ha mostrado un absoluto desprecio por el orden constitucional.
Por la voz de Andrés Manuel López Obrador han pasado periodistas y medios de todo tipo, tufo y prestigio. Pero llegó el día en que atacó a Carmen Aristegui.