El Presidente en su Palacio
Sortilegioz
El Presidente en su Palacio
Imagen: Facebook

Los presidentes de México han tenido tres residencias oficiales: el Palacio Nacional, el Castillo de Chapultepec y Los Pinos. Casi estrictamente en ese orden han sido ocupados los recintos oficiales para la convivencia y residencia del mandatario nacional y su familia.

Fue el presidente Lázaro Cárdenas del Río, cuando tomó posesión en 1934, quien se negó a residir en el Castillo de Chapultepec, por considerarlo un lugar muy suntuoso. Al michoacano correspondió planificar y edificar Los Pinos, en terrenos de Chapultepec. La Residencia Oficial de Los Pinos ciertamente está alejada del centro social, pero no necesariamente fuera del alcance.

Durante los años en que los mandatarios federales fueron ocupando la casona estilo francés, se le fueron adicionando medidas de seguridad, otras casas como la construida por Miguel Alemán o Gustavo Díaz Ordaz; la edificación de la central del Estado Mayor Presidencial, oficinas de la Presidencia y hasta las cabañas de Vicente Fox, que las utilizó para residir y destinó Los Pinos para trabajar.

Cuenta la historia del siglo pasado, que únicamente Adolfo López Mateos no ocupó alguna de las tres sedes del Gobierno de la República, y durante su sexenio vivió en su residencia personal con su familia.

Eso es lo que prometió el Presidente Andrés Manuel López Obrador cuando era candidato. Que no habitaría Los Pinos: la casa, el concreto, la cantera, el bosque, le representaban suntuosidad y corrupción. Además que quería, pretendía, ser diferente.

Y por un muy corto tiempo así lo fue. El “Presidente del Pueblo” vivía en su casa familiar con su esposa y el más pequeño de sus cuatro hijos. Una casa que se pudo ver en un reportaje, de construcción moderna, no de grandes dimensiones, clasemediera, diría López Obrador. Los Pinos lo hizo Centro Cultural, y como oficinas del Presidente utilizó las de Palacio Nacional.

Antes de decidir dejar la casa familiar, aparecieron reportajes que daban cuenta de “todo el tiempo que el Presidente pierde en traslados en el tráfico de la Ciudad de México” para ir de su casa a Palacio Nacional y viceversa. Aunque entonces no fue de mayor alerta, era el preámbulo establecido desde la Presidencia de la República para justificar la muda a Palacio Nacional.

Sin más, sin apuros, como si fuese normal, López Obrador anunció un buen día que residiría, junto con su familia, en Palacio Nacional. No habló de costos, de áreas tomadas, de remodelaciones, de afectaciones al patrimonio histórico y cultural que tiene el palaciego edificio cuya construcción inició en el año 1522.

Durante un corto periodo en 1968, Díaz Ordaz utilizó el Palacio Nacional como oficina. A partir de entonces, nadie.

Palacio Nacional es sin duda más ostentoso que Los Pinos. Eso es evidente, no se trata de un viejo conjunto de casas afrancesadas en medio del bosque. Pero esa suntuosidad de la que tanto se ha quejado AMLO cuando se experimenta en persona ajena, no fue impedimento para que, en el siglo XXI, el Presidente de México decidiera vivir en un palacio acompañado por su familia.

El mandatario, como lo estuvieron en Los Pinos quienes le antecedieron, está alejado del centro social, de la sociedad, del pueblo. A diferencia de cuando él no vivía allí con su familia, ahora Palacio Nacional está protegido por vallas y por militares sucesores del Estado Mayor Presidencial, pero con otro nombre.

El ciudadano común ya no puede entrar a admirar los murales de Palacio porque está cerrado a la actividad de López Obrador y su equipo de colaboradores que mantienen oficinas en el recinto, pese a contar con instalaciones en otros edificios de gobierno.

Muchas muestras ha dado AMLO de estar avasallado por Palacio. Para empezar, no sale de ahí. En ese sitio realiza sus paseos matutinos, vespertinos y de fin de semana, planta árboles. Ahí come, duerme, informa, hace fiestas, reuniones de gabinete, galas de Estado, cenas con empresarios, desayunos con periodistas, políticos, actores, gente del espectáculo y de la comunicación. Desde ahí todos los días hace su conferencia mañanera.

Don Andrés Manuel no sale de Palacio a menos que tenga una gira por alguna entidad federativa, las cuales han aminorado a causa de la pandemia por COVID-19. Parece estar embelesado por su Palacio. Se olvidó de la casita de clase media en la que prometió vivir cerca de sus oficinas, y se convirtió en el Presidente con la residencia más lujosa de la historia contemporánea de México.

Tan alejado está López Obrador de la realidad que se vive tras los muros de Palacio Nacional, que ha propuesto, y seguramente se lo aprobarán, la creación -o mejor dicho, la reactivación- de la figura de Gobernador de Palacio Nacional, ente que existió en el siglo antepasado, en la época posterior a la Independencia de México, cuando se requería a un encargado del edificio para mantenerlo en buenas condiciones no solo físicas, sino administrativas, para el uso y aprovechamiento de las instalaciones.

Hace unos días, el titular del Poder Ejecutivo federal envió la iniciativa que “instruye a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, crear una Unidad Administrativa que le esté adscrita orgánicamente, la cual estará a cargo de un servidor público a quien se le denominará Gobernador de Palacio Nacional y quien será designado por el Titular del Ejecutivo Federal”.

Fuera de los que encabezan las entidades federativas, que comprenden no solo las instituciones, sino el territorio, la delimitación geográfica, los recursos, la aplicación de la Ley, el desarrollo, todo en beneficio de los gobernados, el único gobernador que existe en el país, una entidad no territorial, es el gobernador del Banco de México, el banco central del país y encargado de la estabilidad financiera y monetaria de la República. Esas son instituciones con gobernador.

Pero ahora, tan cerca del centro y tan alejado de la realidad de inequidad, pobreza, insalubridad, injusticia por la que atraviesa el país, y de la que se vale solo en su atropellado discurso cotidiano para justificarse, Andrés Manuel López Obrador va a destinar recursos económicos, tiempos y espacios para erigir una nueva burocracia: la del gobernador del Palacio en el que vive, para que mantenga su casa, su Palacio, en óptimas y cuidadas condiciones.

Vaya acción más frívola de un mandatario que se dice -y peor aún, se cree- austero.