Encender la rabia
Travesías
Encender la rabia
El mayor miedo que dan las mujeres es que salgan y protesten y pinten y griten.(Foto: Cecilia Núñez Martínez)

Encender la rabia. Quemar el miedo.

La consigna es clara.

Más clara aún la bronca.

El dolor.

Esta sensación de impotencia que nos devora por dentro.

Por lo menos once mujeres serán asesinadas hoy en México.

Podría ser yo. 

Podrías ser tú.

Somos nosotras.

Tres mil nombres pintamos hace un año en el Zócalo:

Agustina, Lucero, Concepción, Adriana.

Ingrid Esacamilla.

Fátima Aldriguett.

Mara Castilla.

Lesvy Berlín.

¿Cuántas que no sabemos, que nadie denuncia, que no se conocen, que han perdido nombre y apellido?

¿Cuántas que dejaron a sus hijos o a sus padres en algún pueblo de Honduras, de Guatemala, de Oaxaca?

¿Cuántas que caminaban por Tláhuac, o por Ecatepec?

¿Cuántas que reían con amigas en Veracruz?

Once crímenes quedarán impunes.

“Cuatro de cada diez mujeres mayores de 18 años han sufrido algún tipo de violencia sexual.”[1]

“Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía.”

Y sin embargo, “99% de las violaciones no se denuncia”.

¿Para qué? Nadie nos escuchará. El agresor vivirá libre.

O peor: puede ser elegido candidato a gobernador. ¿Por qué no?

Premiaos los unos a los otros. El abrazo protector de macho a macho.

Un pacto criminal los encubre, los sostiene, los hermana.

“El Estado opresor es un macho violador”.

Siguen resonando las voces en todo el mundo.

En cuántas lenguas se ha hecho ya el performance.

En cuántos países. En cuántas plazas.

Ojos vendados. Movimientos precisos.

“El violador eres tú”.

Tú: el que viola, el que lo encubre, el que lo premia.

El Estado, los partidos, el sistema de justicia.

Los que guardan silencio.

Los cómplices.

Los tibios.

Los que miran para otro lado.

“El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer”.

¿Hay alguna mujer que no haya sufrido algún tipo de discriminación, de acoso, de hostigamiento? ¿Hay alguna que no se haya sentido insegura, amenazada o vulnerada?

Y peor si eres pobre. Si eres indígena. Si eres migrante o afrodescendiente. Si eres lesbiana o trans.

Hagan la prueba, compañeros, pregunten. Y luego guarden silencio, siquiera por una vez, para escuchar las respuestas.

Imaginen la piel vieja buscando el terror de la niña.

Imaginen las manos y el aliento sobre sus hijas, sus hermanas, sus madres.

Imaginen el tipo que las manosea en el Metro.

El que les manda pornografía en redes sociales.

El que les pide favores a cambio de trabajo, o de una calificación escolar.

¿Ya “chole”?

Cierren los ojos. Imagínenlo. Imagínense a ustedes mismos allí.

Imagínense ustedes como víctimas.

No griten. No tiene caso. Nadie se acercará a impedirlo.

¿Raro verdad?

¿Te manosean, te violan, te abandonan, te quitan a tus hijos, te pagan menos, te matan, te desaparecen o te descuartizan, y nadie hace nada?

Bienvenido a la realidad de la mitad de la población mundial.

“Te dije que no te visiteras así. Fue tu culpa, hermoso.”

“Estás en tus días, compañero.”

“Calladito te ves más bonito.”

“Yo sé que te gusta, papi.”

¿Gritaste y nadie reaccionó?

¿Sabes cuántos millones de mujeres gritamos al día y no pasa nada?

Ni en el transporte público, ni en las calles, ni en los caminos.[2]

Ni en nuestra propia casa.

No pasa nada.

“En México el 43.2 % de las mujeres de 15 años y más sufrió algún incidente de violencia por parte de su pareja (esposo o pareja, ex-esposo o ex-pareja, o novio) durante su última relación.”[3]

A cambio nos dan la espalda. Banalizan las protestas. Se burlan. Se ríen.

Unos a otros se apoyan. Refrendan su pacto. Se palmean la espalda.

Que suene fuerte esa palmada.

No vayan a creer que son “raritos”. ¡No, señor!

¡Ya chole! Ya basta, mujeres, de estar reclamando por todo.

Si en este país las tratamos muy bien.

Nos gusta la familia.

Somos bien amorosos.

Un muro en torno a Palacio Nacional.

¿Cómo no se dan cuenta que es para protegerlas?

“El Estado opresor es un macho violador”.

Tengo en mis manos una vela encendida, un manifiesto, un grito de lucha, una denuncia desgarrada, una molotov de ideas, una luz VIOLETA de esperanza se llama Quemar el miedo.

Sus palabras son las de todas nosotras.

Juntas quemamos la criminal alianza entre el patriarcado y el capitalismo.

Juntas quemamos la explotación laboral, sexual y reproductiva.

Juntas quemamos las instituciones y estructuras patriarcales.

Juntas quemamos la impunidad.

Juntas quemamos el sexismo, el machismo y la misoginia.

Juntas quemamos la heteronorma.

Juntas quemamos la maternidad obligatoria.

Juntas quemamos la culpa.

Juntas quemamos la violencia simbólica, doméstica y sexual.

Juntas quemamos las violencias inscritas en nuestros cuerpos y cuerpas.

Juntas quemamos el pacto de silencio ante tanto abuso y opresión.

Juntas quemamos el miedo.[4]

Las cenizas del viejo orden serán las semillas del nuevo.

Juntas las sembraremos, escribo.

Juntas, juntes, juntos.

Otro mundo TIENE QUE SER POSIBLE.

Por las que están. Por las que ya no están.


[1] Datos de “México evalúa” https://www.infobae.com/america/mexico/2020/01/23/el-desolador-panorama-de-los-abusos-contra-la-mujer-en-mexico-el-99-de-la-violaciones-no-se-atienden/

[2] Según estimaciones de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, México es de los países con las tasas más altas de asesinatos de mujeres en el mundo.

[3] De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), citados por el Instituto Nacional de las Mujeres http://estadistica.inmujeres.gob.mx/formas/convenciones/Nota%20violencia.pdf

[4] Las Tesis colectivo, Quemar el miedo. Un manifiesto, México, Editorial Planeta, 2021, p. 133.

Foto: Cecilia Núñez Martínez.