Todavía nos queda una sensación de reflujo desde la reciente entrega de los Globos de Oro, pero a partir de esta semana las redes sociales volverán a provocarnos indigestión tras el anuncio de las películas nominadas al Oscar de 2026. La temporada de premios es larga y, aunque desde este 22 de enero ya conocemos a los posibles ganadores, la ceremonia se realizará hasta el 15 de marzo.
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¿Por qué tanto tiempo entre anuncio y entrega? Las fechas fijadas por la propia Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas obedecen a las distintas etapas de votación, como el voto que define a los nominados (el periodo que acaba de terminar) y el voto que decide a los ganadores, que se extiende desde febrero y hasta los primeros días de marzo. Pero eso no es todo. Durante las siguientes semanas se siguen realizando una gran cantidad de premiaciones a lo largo y ancho de Estados Unidos que pueden influir en las decisiones de los miembros de la Academia y, por supuesto, otras importantes entregas en el mundo. Tiempo suficiente para que todos aquellos con poder de voto vean las películas (supuestamente) y decidan.
Como lo decía, las redes sociales se volverán más insoportables que de costumbre pues hoy cualquier persona se comporta como miembro de la Academia y hace sus pronósticos-no-pedidos, cada vez más absurdos y más desinformados, y lo hacen con tal autoridad que de verdad suenan como expertos en la industria. Lo peor es que, muchas veces, son periodistas -o creadores de contenido- que sí cubren tal fuente pero consumidos por sus propios delirios.
Lo que yo puedo compartir, como un comunicador que durante varios años hizo este tipo de predicciones para medios especializados en cine, es que la entrega del Oscar siempre tiene algo de impredecible. Aun cuando hay ocasiones en que los ganadores son los más obvios, nunca falta esa sorpresa que le arruina la quiniela a los que se animan a apostar. Así que, expertos no hay. Siempre es un volado.
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En 2026, todo apunta a que este podría ser uno de los peores años en cuanto a decepciones, injusticias, tragos amargos y sorpresas… de las malas. Cualquier persona que se haya tomado la molestia de analizar el comportamiento de las redes durante la temporada de premios, sabe que en los últimos años la opinión de los fandoms influye más que nunca. Tampoco es que los fans puedan imponer sus criterios, pero es muy claro que los miembros de la Academia sí utilizan las redes para tomar el pulso de lo que es relevante entre el público, y ahí empieza el problema.
Lo peor es que los fandoms son tóxicos y delirantes, pero como vivimos en el entendido de que esta es la gente que hoy consume cine, por las razones que sean, la industria los toma en cuenta: porque son fans irredentos de Ariana Grande, o flimtokers que apoyan a Guillermo del Toro, o comunidades de fans brasileños “crónicamente en línea”, o seguidores del movimiento MAGA que se manifiestan en contra de alguna película… esos son factores que, hoy por hoy, influyen en la toma de decisiones.
Es… ¿triste? Yo diría que sí, un poco. Es uno de los grandes cambios que puedo notar, a diferencia de cómo se hacían los pronósticos en medios de comunicación, basándonos en la calidad de las películas y actuaciones, revisando archivos e historia, y tomando en cuenta lo que se comentaba en otros medios especializados alrededor del mundo. Ahora, la opinión de un crítico de cine reconocido parece valer lo mismo -o hasta menos- que la opinión de un usuario random de TikTok. Todo vale.
Lo cual vuelve a los premios de la Academia todavía más impredecibles, y no lo digo como un halago. La ceremonia del Oscar lleva años en declive, luego vino la pandemia y aún no logra levantar sus ratings a los números que alcanzó en tiempos de gloria. Y, como remate, la Academia acaba de anunciar que, a partir de 2029, los premios dejarán la televisión y se transmitirán en línea por YouTube. Es decir, que celebrarán el centenario de su fundación en internet.
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De esta manera, y a dos meses de la 98a ceremonia de los Premios de la Academia, las redes sociales son tierra de nadie, una zona de guerra para destruir reputaciones, sacar los trapitos al sol e inventar cualquier mentira con tal de desprestigiar a la competencia y robarle el reflector a las que alguna vez, hace algunos ayeres, eran las favoritas indiscutibles.
Algunas de las calumnias más destacadas: el odio -casi institucionalizado- hacia Sinners de Ryan Coogler, la caída de gracia de la supuesta favorita One Battle After Another, el desdén que Estados Unidos ha mostrado hacia películas extranjeras como Sentimental Value y The Secret Agent, la aparente debacle de It Was Just an Accident de Jafar Panahi, el repudio a la española Sirat,la implosión de Wicked: For Good, la fatiga generalizada hacia Timothée Chalamet, el rechazo a Chloé Zhao, Paul Mescal y todo lo que sea Hamnet y (mi favorita personal) la manera en que Frankenstein de Guillermo del Toro solo puede ganar en categorías técnicas.
El año pasado, en esta misma columna de opinión, comenté que el cine ya solamente le interesa a los cinéfilos, una afirmación aparentemente incómoda para algunos miembros de la industria local. Agregaría que, la entrega del Oscar, más que cine es espectáculo, y este podría ser el año en que lo demuestren, premiando la popularidad por encima de la calidad.
El presidente del Círculo de Críticos de Cine de Nueva York dijo algo similar a inicios de este mes durante la entrega de premios de dicha organización: “La industria del cine continúa encogiéndose al tamaño de un nicho” y el futuro de las películas le pertenece a la gente a la que todavía le importan.