Atendiendo a la definición de la Real Academia Española, un “suburbio” es un núcleo de población situado a las afueras de una ciudad y, generalmente, es una zona deprimida (?). Esta añeja definición a la que urge actualizarse, viene incluso acompañada de sinónimos como “periferia” y “arrabal”. Pero desde 1946, en Estados Unidos, el desarrollador inmobiliario, William Levitt, diseñó la primera comunidad suburbana moderna en Long Island, Nueva York.
Desde entonces, la vida suburbana se entiende como aquel estilo de vida apartado de la ciudad que intenta ser una mezcla entre la tranquilidad del espacio rural y los beneficios de la actualidad urbana, con zonas residenciales enfocadas en el crecimiento local, que fomentan un sentido de comunidad y donde se vive a un ritmo menos acelerado. Otra utopía heredada del siglo XX.
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Sin embargo, me parece pertinente empezar con la definición de la RAE porque revela un sesgo que nos lleva directo al problema de hoy y de siempre: las clases sociales. Si alguna vez los suburbios estuvieron habitados por personas de la clase trabajadora que no podían costear una vida en la ciudad, pero después se convirtieron en un lujo para familias que querían alejarse de los peligros y amenazas de la ciudad por elección, y ahora, otra vez, son los espacios a dónde van a migrar todos aquellos a los que no les alcanza para pagar vivienda digna, quizá el significado que propone la Academia no es tan obsoleto.
Pero estacionándonos un momento en esa utopía del bienestar (no es pedrada), hoy resurgen en el cine las historias de misterio, suspenso y terror que hablan del miedo a ver interrumpida nuestra tranquilidad por culpa del “otro”. Y ese otro puede ser el empleado, el vecino o hasta la persona con la que elegimos hacer una familia, creando la sensación de que no estamos a salvo ni en nuestros propios hogares.
El relanzamiento de una historia tan clásica como La mano que mece la cuna (2025), ahora realizada por la directora mexicana Michelle Garza Cervera (Huesera), fue un claro indicador de que el subgénero conocido como home invasion (invasión al hogar) está de regreso y ha vuelto con un comentario social más evidente. ¿Pero a qué le tenemos tanto miedo?
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Las películas de invasión al hogar no son nada nuevo y se remontan hasta los inicios del cine mudo, reflejando cíclicamente las ansiedades sociales y culturales de cada época, desde el miedo al “otro”, los roles de género y la maternidad, hasta la erosión de la privacidad e incluso la seguridad nacional.
Para poner un ejemplo bastante claro podríamos decir que, en la actualidad, el intenso fenómeno de migración es motivo de malestar para una gran cantidad de países, y por ello se convierte en el monstruo perfecto, la amenaza más grande desde un punto de vista geopolítico. Aquí, el “otro” es el migrante, el que viene a invadir nuestro país (es decir, nuestro hogar), a acabar con nuestra paz, destruir a nuestras familias, seducir a nuestras mujeres y hombres, lastimar a nuestros niños y robarse nuestros trabajos.
Hay quienes se aferran a la división entre clases sociales como quien se aferra a la división entre territorios. Pero hoy, las divisiones son borrosas. ¿Hay migrantes pobres y migrantes ricos? ¿Hay migrantes malos y migrantes buenos? ¿Si nos infiltran los venezolanos, son malos? ¿Pero si nos infiltran los gringos, son buenos? Si los ciudadanos estadounidenses gentrifican México, ¿es positivo? Pero si Estados Unidos bombardea Venezuela, ¿es negativo…? ¿Dónde está la diferencia?
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De este tipo de dudas y ansiedades se alimentan las películas (y series) de home invasion, y es por ello que hoy en cartelera podemos encontrar estrenos como La empleada (The Housemaid), películas extranjeras como Otec (Eslovaquia), Una familia feliz (Brasil) y series como All Her Fault, Little Disasters y hasta la mexicana Accidente.
Concedido, la situación actual en el mundo es muy compleja para tratar de opinar a la ligera. Ver los videos de las explosiones en Caracas le erizan la piel a cualquiera y despiertan miedos de invasión muy profundos que los mexicanos hemos reprimido por generaciones. Mirar a ciudadanos venezolanos decir en televisión que “va a morir mucha gente, pero es el precio que hay que pagar” es una escena más siniestra que cualquier película de terror. Cada día sirve para tratar de entender lo que está sucediendo en nuestro entorno, pero nunca debemos devaluar ni despreciar lo que representa nuestra soberanía.