Esto es lo que no estamos entendiendo en la conversación sobre salud mental
"No sienta que tiene que aceptar un diagnóstico psiquiátrico, o considerar que hay algo médicamente mal en usted, a menos que realmente encuentre útil ese marco". Fotografía: Getty Images

Hace muchos años, durante las horas borrosas de una fiesta en una casa, me senté en el jardín con un viejo amigo. Desde el interior de la casa se escuchaba el ruido de la música y las risas, a miles de kilómetros de distancia de la conversación que manteníamos nosotros.  La relación de mi amigo había terminado unas semanas antes, y esa noche su corazón roto era crudo y palpable. Me dijo que se sentía muy desconectado de la gente que se encontraba dentro de la casa, de su vida, y dijo algo que me estrujó el corazón. “Cuando miro hacia el futuro”, dijo, evitando mirar mis ojos, “no puedo ver nada”. Y en ese momento algo me quedó claro: tenía depresión clínica.

Durante los siguientes días y semanas, le hablé a mi amigo de lo que yo sabía del padecimiento, y de los beneficios de la terapia y de los antidepresivos y lo animé a ir al doctor. Aunque no quería hacerlo, estaba segura de que le serviría mucho, e insistí. Pero después de un mes cuando le hablé para preguntar cómo estaba, pasó algo raro: empezó a sentirse bien, sin ayuda profesional ni nada. Recuerdo el momento con claridad, se destruyó lo que yo pensé que sabía de enfermedades de la mente. Evidentemente, como el malestar de mi amigo pasó en unas semanas, no estuvo en el territorio de lo que llamaríamos “enfermedad mental”. Pero es evidente que tampoco estuvo sano esas semanas. Me di cuenta de que estuvo en un plano entre los dos puntos.

Todo lo que podamos considerar un “síntoma” de desorden mental, preocupación, desánimo, atracones de comida, desilusión, existe en todos lados. Para cada síntoma tenemos términos que dependen de la frecuencia, de la gravedad, de la dificultad para controlarlo, y de cuánta preocupación provoca. En el terreno de la salud mental, no existe un límite específico para delimitar el territorio de una enfermedad. Además de esto, los pensamientos, los sentimientos y los comportamientos que aparecen por temporadas como respuesta natural a los problemas y al estrés, como cuando se nos rompe el corazón, imitan perfectamente a los que, si persisten, definen las características de los desórdenes mentales. Los límites son tan borrosos que algunos psicólogos consideran que no deberíamos utilizar los términos “enfermedad” o “desorden” para nada, y que deberíamos considerar todo esto como un asunto de grados.

Pero esta extraña verdad no es parte de la conversación pública sobre salud mental. Durante la última década, ha habido gran interés en desestigmatizar las enfermedades mentales y en hablar más abiertamente sobre nuestras preocupaciones. El gobierno y las fundaciones de caridad realizan campañas con lemas como “Está bien no estar bien” y “Todas las mentes importan”. En el sentido amplio esto es algo bueno. Pero cuando intentas suavizar un panorama bastante amplio y tortuoso con hashtags y slogans amistosos, la importancia se pierde, y hay daños colaterales.

La conversación actual puede resumirse de la siguiente forma: debes darte cuenta, hacer un escrutinio y buscar ayuda para las experiencias psicológicas negativas. Por supuesto, para algunas personas, este mensaje es esencial. Puede salvar la vida de los suicidas. Pero el mensaje no queda bien cuando implica que todos los estados negativos son problemas, problemas de salud, y que las cosas pueden y deben arreglarse. No es así como funciona la vida.

Esto no quiere decir que la gente que queda fuera de los límites de un desorden deba guardar silencio, o ser ignorada. Me opongo vehementemente a las acusaciones o lenguaje excluyente dirigido a la “generación de cristal”.  Necesitamos ayudar a hablar a la gente con problemas menos graves: primero porque cualquier forma de aflicción es una experiencia horrible si estás solo, y segundo porque lo que parece leve puede ser el principio de algo más serio. Necesitamos encontrar la forma de hablar de estas emociones negativas sin mandar el mensaje de que hay algo disfuncional en la forma en que piensas.

Esto quiere decir que hay que resistir la tentación de etiquetar todos los sentimientos negativos con terminología psiquiátrica. Cuando era conferencista de psicología, tuve una conversación con una estudiante universitaria sobre cómo ella y sus compañeros  hablaban sobre su salud mental, y dijo que los 150 alumnos de su generación decían que tenían depresión o ansiedad o ambos. Por lo que sabemos de los estudios poblacionales, es imposible que todos cumplan los criterios para estos desórdenes. Lo más probable es que en las universidades, y también en las escuelas, en línea, y en conversaciones privadas, los individuos que se encuentran en partes más hospitalarias del terreno de la salud mental estén usando terminología que en realidad debería reservarse para las personas atrapadas en otras profundidades.

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Esto no es culpa de nadie. Todos queremos un lenguaje y etiquetas para interpretar nuestras experiencias, especialmente las difíciles, y gracias a la conversación pública, términos psiquiátricos como depresión, desorden de estrés postraumático, desorden de ansiedad social, están a la mano de todos. Y tienen fuerza. Las aflicciones psicológicas, independientemente de su intensidad, son difíciles y las etiquetas de diagnóstico te permiten decir: estoy sufriendo, mi problema es real, necesito ayuda.

Pero este marco, si se utiliza de manera inadecuada, puede agravar la aflicción de la gente. Las etiquetas psiquiátricas dan significado y legitimidad pero también pueden ser pesadas y provocar miedo, y pueden convertir un problema pasajero en algo más grande. Si se interpreta tu desánimo como un síntoma de depresión, por ejemplo, puedes caer en la misma depresión que te preocupa. Sabemos de esto por estudios de las terapias de mindfulness para gente con depresión recurrente: aprender a considerar el desánimo como “sólo” eso, y no como el principio de un episodio depresivo, puede ayudar a reducir el riesgo de una recaída.

Tampoco le ayuda a la gente que en realidad padece depresión, que es un desorden devastador que altera la mente y el cuerpo y que deja a las personas sin la capacidad de vivir la vida que quieren, o en algunos casos, sin vida. Cuando dices que cualquier estado de ánimo bajo es una “depresión”, el término pierde sentido. En 2001, el psiquiatra Derek Summerfield escribió: “Confundir la normalidad y la patología devalúa el valor de una verdadera enfermedad”. Incluso se dio una discusión pública sobre la salud mental en ese entonces. Su punto es más importante ahora que nunca.

De hecho, parece que mucha gente que habla sobre desórdenes mentales se siente obligada a utilizar calificadores como depresión “severa” y estrés postraumático “extremo”, sólo para hacerse oír. Sin embargo, la verdadera depresión es severa y el estrés postraumático es extremo. Esta es la ironía de estas campañas, que seguramente se diseñaron para dar voz a personas con enfermedades mentales. La conversación pública así como está parece no cumplirle a la gente de todo el espectro: algunas personas sin necesidad de hacerlo se etiquetan a sí mismas el desorden, lo que puede hacerlas sentir peor, mientras que otros que en realidad están mal nadie los escucha.

Necesitamos recalibración. Nada de esto es para decir que tenemos que parar la conversación pública. Sólo tenemos que hacer una pausa y cambiar un poco la dirección. Primero, tenemos que contar más historias sobre individuos con enfermedades severas y debilitantes para que entendamos lo que estos desórdenes implican y qué puede ayudar. Segundo, tenemos que promover la idea de que un gran número de experiencias psicológicas pueden manejarse, a veces con ayuda profesional, sin necesidad de llegar al diccionario psiquiátrico. La idea no es ser crítico sino dar fuerza y seguridad. No es necesario acudir al psiquiatra para obtener un diagnóstico ni hay que considerar que médicamente hay algo mal a menos de que sea útil considerarlo así.

Tenemos que tener más confianza al hablar sobre salud mental y enfermedad no como una dicotomía sino como un espectro complicado y revuelto. A todos nos gustan las categorías simples y las respuestas, pero mientras más pronto nos demos cuenta de que la salud mental no juega así, mejor. Hay que recordar esos planos grises. Los individuos que andan por estos lugares necesitan cuidados y apoyo, y la ayuda profesional podría estar garantizada entonces, pero el lenguaje del desorden tal vez no lo esté.