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The Guardian

Un tratado global contra la pandemia no funcionará hasta que los líderes sepan ser solidarios

Clare Wenham

Después de un año de posturas nacionalistas frente al Covid, va a ser difícil conseguir la cooperación del mundo para el control de la enfermedad.

Foto: Martín Sánchez/Unsplash.com

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Boris Johnson, junto con otros 24 líderes mundiales, anunció un tratado para la pandemia, un mecanismo para protegerse de futuras pandemias y de su impacto en la economía y en la sociedad. Si bien todavía no se llega a un acuerdo sobre el contenido del tratado, el propósito es conseguir un acuerdo político para un acuerdo de seguridad en la salud entre los gobiernos, usando el lenguaje de la colaboración global, la cooperación y la solidaridad para mitigar futuras pandemias.

Esta parece ser la tónica del multilateralismo después de un año de posturas nacionalistas para el control de la pandemia. Sin embargo, para estar preparados significativamente para una pandemia, necesitamos enfrentarnos al elefante en la habitación: ¿Por qué los gobiernos no se apegaron a la ley internacional y a las normas para el manejo de una pandemia que ya existían?

Las Regulaciones Internacionales de Salud, IHR, por sus siglas en inglés, proporcionan un marco arquitectónico legal que los gobiernos tienen que aplicar para prevenir, detectar y responder a brotes de enfermedades infecciosas: esto incluye compartir información sobre patógenos emergentes con la OMS, implementar intervenciones de salud pública para evitar la transmisión de la enfermedad, y a largo plazo, desarrollar la capacidad dentro de los sistemas de salud para poder identificar y responder a amenazas de enfermedades que puedan surgir.

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Junto con esto, las normas políticas de seguridad de la salud global han surgido a través de grupos como Global Health Security Agenda, el Grupo de los 7 y de múltiples esfuerzos regionales como el Mekong Basin Disease Surveillance Network. Los gobiernos han reconocido gradualmente la vulnerabilidad mutua frente a los  riesgos de una enfermedad global y la necesidad de colaboración dentro de sistemas transparentes que prevengan  y respondan a las emergencias de salud.

Sin embargo, muchos de esos gobiernos optaron por  abandonar la ley y las normas establecidas para la preparación por la pandemia, y prefirieron actuar solos durante el Covid-19. Se alejaron de las pautas de la OMS sobre cómo responder mejor al virus, a pesar de que había un reconocimiento previo de la OMS como el coordinador global de enfermedades. No apoyaron a otros países en la respuesta al Covid-19 y no respetaron las IHR al implementar restricciones de viaje, a pesar de que la OMS no lo recomendaba. Además, muchos países siguen haciendo a un lado normas de solidaridad global a causa del nacionalismo para sus vacunas sin importar la equidad en la distribución de estas.

Una de las lecciones principales del Covid-19 ha sido que la política maneja las epidemias. La voluntad política de controlar un brote es crucial para el éxito de cualquier intervención para el control técnico de la enfermedad. Esto también aplica para el gobierno global de la enfermedad; las mejores normas y la ley internacional sólo son efectivas en relación a las credenciales políticas que se les den. Una crítica importante de las IHR es que son una herramienta técnica y legal, que resume las responsabilidades de un gobierno para prevenir, detectar y responder a un patógeno emergente, pero no ofrece ningún incentivo o mecanismo de apoyo para hacerlo. Más allá de la culpa pública, existen algunas ramificaciones para los gobiernos que no cumplen la ley. Si el tratado propuesto para la pandemia puede proporcionar mayor compromiso a la ley establecida y a las normas en seguridad de salud global y tiene la responsabilidad de hacer responsables a los gobiernos, seguramente se convertiría en el santo grial de la preparación para la pandemia.

¿Cómo sería un tratado para la pandemia? ¿Sanciones económicas o políticas por no cumplir con las IHR? ¿Compensación financiera por una respuesta efectiva ante el brote? Existe la sugerencia de sacar ese poder para fomentar o incentivar del mismo sistema multilateral más amplio. Esto implicaría que participaran instituciones más poderosas que cuenten con esas capacidades o recursos, como el FMI, la OMC o el consejo de seguridad de las Naciones Unidas. Sin embargo, la zanahoria y el palo podrían tener un costo político y económico para los países involucrados.

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Si los gobiernos son serios con respecto a un tratado significativo para la pandemia, se necesitaría que cedieran una parte importante de su soberanía en lo que se refiere al control de las enfermedades, para dar poder y autoridad a la OMS para que compartiera información sobre los patógenos, que recomendara,o incluso implementara medidas de salud pública, incluso si estas tuvieran un alto costo  para el comercio y los viajes de un país, y permitir que la institución internacional vigilara el cumplimiento de compromisos.

Me cuesta trabajo imaginar gobiernos que estén de acuerdo en hacer un tratado que les reste control en tiempos de crisis, que no les permita tomar decisiones soberanas sobre implementación de herramientas, y que el no cumplimiento pueda traer consecuencias políticas o económicas. Decir que quieren un tratado es la mejor parte, negociarlo es en donde empieza lo difícil.

La Framework Convention on Tobacco Control de la OMS  se considera un modelo potencial para este tratado y que está dirigido a reducir el consumo y comercio del tabaco, pero muchos países, incluyendo a EU, no ratificaron el acuerdo a causa de los intereses de las industrias nacionales. Dependiendo del contenido del tratado propuesto para la pandemia, es fácil imaginar una trayectoria similar. En la carta conjunta que se publicó esta semana, EU y China fueron notables por su ausencia. Se anuncia con muchas fanfarrias el compromiso para un tratado  pero sólo poca voluntad y solidaridad sobrevivirán al proceso de negociación.

El tratado de la pandemia ofrece una oportunidad de llevar fuerza política a un mecanismo de gobierno que se hunde. Pero no hay manera de garantizar que los gobiernos se apeguen a él en los momentos de crisis, como vimos con el Covid-19. ¿Por qué consideran nuestros líderes actuales que sus sucesores se comportarán de manera diferente?

*Clare Wenhan es profesora adjunta de políticas de salud mundial en la London School of Economics.

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