Los tributos para el príncipe Felipe revelan mucho… sobre las personas que los hacen
marina Hyde es columnista de The Guardian
Los tributos para el príncipe Felipe revelan mucho… sobre las personas que los hacen
Flores y mensajes dejados fuera del Castillo de Windsor en memoria del Príncipe Felipe, abril de 2021. Fotografía: Justin Tallis / AFP / Getty Images

Es el quinto día del periodo de luto nacional por el príncipe Felipe, y el consenso es que “¡por supuesto, él hubiera odiado ‘Todo Esto’ absolutamente!” Este juicio se emite generalmente cuando alguien “hace un poco más de esto”. Es causa de orgullo particular para los que producen el tipo de anécdotas con las que el fallecido duque de Edimburgo hubiera dicho “acaben pronto” o “¿falta mucho de esto?”.El tributo de un diputado inició: “Mencionaste al inicio de tu discurso el interés del duque por las corbatas”. El sastre del príncipe Felipe ofreció un recuento detallado de cómo sus medidas de la cintura sólo se expandieron unas tres pulgadas en varias décadas.

Pero cosas tan ordinarias como prender el asador se convierten en absolutamente extraordinarias cuando las hace la realeza. En su maravilloso libro sobre la princesa Margaret, Craig Brown cita a un biógrafo real típico de su género. “La Reina y el príncipe Felipe condujeron hasta el campo de polo. Felipe manejó una camioneta de carga, y la Reina su Rover favorita. A veces en lugar de vestirse con su equipo de polo en el castillo, se puede observar al príncipe Felipe mientras se cambia, bastante incómodo, dentro de su auto, sentado de lado, subiéndose los pantalones. “Después” ¿Después? ¿Después qué? Esto tiene que ser increíble. “Después se levanta y se abrocha el cinturón …” Lo dejaremos hasta ahí por cuestiones de espacio. El punto es este: ¿puedes imaginarte este mismo pasaje de impresionante aburrimiento dentro de la biografía de cualquier otro famoso en el planeta, excepto cualquier miembro de la familia real?

Sabemos que el príncipe Felipe se fue al cielo, porque muchos representantes se la pasaron toda la tarde de ayer diciéndonoslo. Pero es fácil imaginar un cuento sartreano en el que un hombre está atrapado dentro de la anécdota de un charlatán sobre estar sentado en el asiento de un auto, condenado a pasar la eternidad sin lograr abrocharse los pantalones y salir del auto.

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Las historias genuinamente interesantes de la genuinamente anecdótica vida de Felipe pudieron haberse leído el sábado. Desde entonces, las corrientes y contracorrientes de reacciones han revelado mucho más sobre otras personas (hasta otros países) que sobre él. Me la pasé pensando en el episodio de Friends donde cuestionan si realmente existen los actos buenos desinteresados, mientras Keir Sarmer elegía ovacionar las “virtudes calladas” y la “disciplina” del duque, mientras Boris Johnson prefería insistir que una historia de aparente racismo casual, de hecho era sólo sobre un hombre “intentando romper el hielo, echar a andar las cosas, hacer reír a las personas”.

Los que votaron por permanecer en la Unión Europea han hecho poderosas referencias al europeísmo que Felipe llevó al Reino Unido, mientras que otros señalaron con precisión que era un refugiado típico. Algunas personas simplemente contaban cosas sobre sí mismas: “Soy alguien que valora el deber y la constancia” o “soy la clase de persona que es demasiado madura y equitativa para tales cosas”. Otros aún no llegan a su propio fondo: “Lloro por un hombre que pensaba que las lágrimas eran una señal ridícula de debilidad”.

Ciertamente han habido muchas señales de debilidad, como la presentadora de un noticiero de la BBC para quien las noticias parecían presagiar un colapso mientras leía la declaración del palacio para anunciar el fallecimiento del duque. ¡Hay que apechugar, madam! Otros lo amaron, naturalmente. Hubo excelentes reseñas en la sección de comentarios del MailOnline, donde las emociones parecían una especie de celebración. Nigel Farage inmediatamente decidió que el tributo de la fundación del príncipe Harry no fue suficientemente emocional, y que evidenciaba “desprecio”. ¡Hay que apechugar, señor! Nigel y muchos otros se hubieran beneficiado de estar encerrados en el internado Gordonstoun durante la era de Felipe, donde los hubieran obligado a despertar para tomar duchas heladas y correr descalzos, y donde les hubieran sacado a golpes la tibieza.

Mientras tanto, la cobertura absoluta del viernes en la BBC se convirtió en el evento como más quejas en la historia de la televisión británica, pero un total de 116 británicos también se quejó de que la “Beeb” facilitaba mucho las quejas sobre la cobertura. Es cierto. Nadie EN la familia real se ha enojado tanto como algunas personas SOBRE la familia real, ni siquiera George III.

Hablando de Estados Unidos, yo disfruté un reportaje en Deadline, la biblia de las noticias de la industria del entretenimiento, “Cobertura general del fallecimiento del príncipe Felipe resulta ser enfurecedora para los televidentes británicos”, porque parecía ver el evento como una simple catástrofe de ratings. De pronto entendí que el apoyo irresoluto del mundo del espectáculo estadounidense por Meghan Markle se basa parcialmente en el comercialismo atávico de Hollywood. Deben sentir una incomprensión pura porque la familia real rechazó a uno de sus más grandes figuras para la taquilla. En esta lectura, los Windsor son como un estudio de la época dorada que simplemente no logró retener a una intérprete altamente lucrativa. Al final, fue un fracaso en el manejo del talento, todo un sacrilegio para los espectáculos.

Acá, la muerte del duque fue uno de esos momentos que muestra claramente cómo las redes sociales cambiaron la conducta de las personas. El crítico de cine David Thomson describe con precisión cómo la llegada de Sky Sports cambió la conducta de los futbolistas en el campo. La explosión en el número de cámaras y ángulos los convirtió en actores completamente distintos de sus predecesores de una época visual más simple. Ahora, los futbolistas son estrellas de televisión, y sus gestos y expresiones se han ajustado consecuentemente al medio, predominantemente para beneficio de la audiencia. Como lo dice Thomson, “ellos saben que son parte de un sistema de acercamientos y cámara lenta”.

Algo similar sucedió a escala masiva con las redes sociales. Las personas son mucho más performativas en línea de acuerdo con su conciencia de ser constantemente observados. Mi colega Jonathan Freedland me hizo reír hace poco cuando señaló cómo Twitter convirtió a todo el mundo en el arzobispo de Canterbury, porque de algún modo sentimos que cada importante evento en las noticias requiere un pronunciamiento oficial. Muchas personas ahora se consideran responsables de publicar el tipo de respuestas formales a la muerte de Felipe que antes se reservaban para expresidentes de Estados Unidos o la reina de Dinamarca.

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No hablo del tipo de cosas que puedes imaginar a una persona diciendo en conversación con otros en un tiempo donde no había tantos pixeles, “No sabía que sus hermanas no eran bienvenidas a la boda”, o “mi mamá lo conoció en WI y dijo que era encantador”. No, sólo hablo de este tipo de cosas: “Lamento enormemente el fallecimiento del duque de Edimburgo. Fue una influencia modernizadora para la Casa de Windsor, y su espinazo exterior ocultaba las pasiones que sólo unos cuantos entienden. Mis condolencias para la Reina”. Pues muchas gracias, tipo anónimo de 41 años en internet, y bienvenido a la fiesta de Pooter. Pero realmente, este es el tipo de pontificación que antes se esperaba sólo por parte de las personas más pomposas completamente vacías de escrúpulos o posición pública, como los columnistas de periódicos.

Una nación de arzobispos columnistas. Esa es otra cosa que seguramente el príncipe Felipe no quería ver. Pero bueno, ni los aficionados de la realeza ni los detractores de ella se preocupan completamente desinteresados por los que la realeza quiere. Las emociones son para nosotros, no para ellos. De ellos prácticamente solo requerimos que sirvan como manchas de Rorschach, en las que sólo vemos lo que deseamos y se nos revela sólo a nosotros. A sabiendas o no.

Marina Hyde es columnista de The Guardian.