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The Guardian

La transformación del sistema global de impuestos ya no puede esperar: José Ángel Gurría

José Ángel Gurría

La economía global devastada por el Covid está en una encrucijada: podemos comprometernos a alcanzar una mejor cooperación fiscal, o arriesgarnos a entrar en una guerra comercial motivada por los impuestos.

Joe Biden. Foto: AFP

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Durante casi un siglo, los impuestos internacionales fueron un mundo bizantino y premonitorio en el que sólo algunos conocedores se atrevían a entrar. Tuvo que llegar la enorme conmoción de la crisis financiera global de 2008 para cambiar las cosas.

En la ausencia de regulaciones fiscales modernas, los gobiernos necesitados de ingresos se dieron cuenta del punto hasta el que se había erosionado la soberanía. Inició una carrera hacia abajo, con una competición limosnera que llevó al desplome de las tasas de impuestos por ingresos corporativos, y el encogimiento de las bases tributarias.

Hemos progresado mucho desde entonces. El anuncio del presidente Joe Biden de un ambicioso plan de impuestos para EU le dio inercia a los esfuerzos de toda una década (liderados por el G20, con el apoyo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OECD) para restaurar la soberanía fiscal. Es la oportunidad de toda una vida para lograr la transformación completa del sistema internacional de impuestos, para proporcionarle mayor certeza a las empresas y a todos los que pagan lo justo.

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¿Por qué es necesaria la transformación global de impuestos? La economía ha cambiado dramáticamente en los últimos 40 años. Los negocios “físicos” abrieron paso a la economía digitalizada impulsada por intangibles, como derechos de autor y patentes, que son extremadamente móviles y demoniacamente resbalosas para el experto fiscal que trabaja dentro de un sistema diseñado para bienes tangibles tradicionales. La creación de valor se concentra dentro de unas cuantas compañías, las claras vencedoras de la globalización. Muchas de las empresas más grandes y exitosas suelen pagar las menores cantidades de impuestos sobre ingresos corporativos. La sensación de injusticia, tanto para los ciudadanos como para los gobiernos, se ha vuelto insostenible.

La crisis financiera global fue un despertador para los gobiernos. Los motivó a trabajar juntos para frenar la evasión fiscal ilegal por parte de individuos y la agresiva evasión de impuestos por parte de las compañías multinacionales. La iniciativa de erosión de base y cambio de ganancias (Beps) de la OECD/G20 ayudó a cerrar lagunas y modernizar las reglas. A través del sistema de intercambios automáticos de información iniciado por la OECD y aprobado por el G20, comenzamos a cambiar el rumbo. Desde 2009, se han identificado 107 mil millones de euros en ingresos adicionales de impuestos. Los países han intercambiado información sobre más de 84 millones de cuentas financieras offshore, con un valor de 10 billones de euros, e ingresos adicionales por consecuencia también llegarán.

El día de hoy, estamos en una encrucijada: o proseguimos con mayores esfuerzos para la cooperación fiscal, o nos enfrentamos al riesgo de que los países tomen medidas unilaterales. Esto no solo resultaría en el crecimiento de la incerteza fiscal, pero podría provocar una guerra comercial motivada por los impuestos, esto es lo último que necesita una economía mundial devastada por la pandemia de Covid.

Desde la presentación en 2015 del Plan de Acción Beps, los 139 miembros del OECD/G20 Inclusive Framework han trabajado en una solución basada en el consenso para “resolver los desafíos de impuestos de la digitalización de la economía”. Pero el progreso ha sido muy lento. El nuevo ímpetu de EU es justo lo que necesitábamos para concretar esta negociación para mediados de 2021.

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La solución propuesta por la OECD tiene dos partes. Primero, actualizar las reglas, para permitir que los países compartan mejor sus derechos fiscales para los ganadores de la globalización, en particular aquellos que han sacado ventaja de la digitalización de la economía. Nuestro plan es establecer nuevas reglas que permitan que una compañía extranjera pague impuestos en el país donde gana su dinero, incluso cuando esta compañía no tenga presencia física ahí. También abogamos por una distribución más justa de estas ganancias, para que los países que son mercado para las multinacionales también se beneficien. Después de años de dudas entre los países sobre cuáles compañías deben estar en la mira de la solución, esperamos que pronto emerja el consenso, concentrado en las compañías más grandes y lucrativas.

No obstante, el mayor desafío proviene de la decisión de EU para poner pausa a la “carrera hacia el fondo”. El proyecto Beps puso hasta el frente el concepto de impuestos mínimos sobre las ganancias de las multinacionales. Los cambios en el régimen fiscal de EU en 2017 introdujeron el principio de impuestos mínimos sobre las ganancias de las multinacionales resguardadas en el extranjero, con una tasa efectiva promedio de 10.5%. El plan de Biden es reforzar considerablemente esta regla, elevar la tasa mínima hasta el 21% y abogar por una movimiento global en esa dirección para limitar la competición fiscal entre países.

Un acuerdo sobre estos dos pilares reconstruiría la confianza en el sistema global de impuestos. Pero requerirá que los países se pongan de acuerdo en la paralización y el retroceso de medidas unilaterales.

Mientras me aproximo al fin de mi etapa como secretario general, tengo fe en que aprenderemos de la crisis anterior para construir hacia adelante de la mejor forma. Llegar a un acuerdo global de impuestos en 2021 sería la culminación de muchos años de trabajo duro y marcaría el inicio de una nueva era de mejores regulaciones para la globalización.

*José Ángel Gurría es el secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

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