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The Guardian

Objetivos como ‘cero emisiones’ no resolverán la crisis climática por sí solos

Mathew Lawrence

Hay objetivos nuevos y ambiciosos en Estados Unidos y el Reino Unido. Pero los gobiernos también tienen que descarbonizar la economía y reconsiderar cómo está planeada.

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Campo generador de Energía Eólica en Oaxaca (México).Foto: Francisco Santos/EFE.

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La semana pasada fue un momento crítico para la respuesta global contra la emergencia climática: Estados Unidos se comprometió a recortar sus emisiones en un 50% como mínimo para 2030, mientras que el gobierno del Reino Unido se comprometió a reducir las emisiones en un 78% para 2035, en relación con las cifras de 1990. Ambos anuncios fueron pasos importantes que reflejan el significado de una herramienta en particular sobre el manejo del clima: los objetivos. Desde las metas legalmente vinculantes del Climate Change Act de Reino Unido (2008), hasta las del Acuerdo de París (2015), los objetivos definen el sentido de dirección y las señalizaciones de la ambición. No obstante, por sí solos, los objetivos no bastan. Necesitamos más que sólo objetivos para traicionar hacia un futuro poscarbono. Necesitamos planear.

A pesar de lo que pueden sugerir los economistas del libre mercado, los mercados no son “libres”, ni emergen espontáneamente. Son creados y sostenidos por los gobiernos, las leyes y las instituciones políticas, que planean cómo operan y a qué intereses sirven. Más aún, la economía global, lejos de organizarse por la anarquía de la competición, está estructurada en sí misma por las instituciones con amplios poderes de planeación. Los objetivos podrán dominar los encabezados, pero estas instituciones de planeación son el centro de la batalla climática.

Los bancos centrales están en la cúspide de la planeación económica. Las acciones de los bancos centrales durante la emergencia de Covid-19, tales como comprar activos para estabilizar la turbulencia en los mercados financieros y controlar las tasas de interés, reflejan la función coordinadora que efectúan. Las instituciones financieras, desde bancos hasta tesorerías, también le dan estructura a la economía global y planean nuestro futuro económico y ambiental al elegir en qué negocios y actividades se debe invertir. Las decisiones sobre quién obtiene liquidez y quién no, son la diferencia entre un negocio que prospera o que muere, que se estanca o que explota.

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Todas estas instituciones económicas tienen un tema en común. Son responsables de la planeación, y por lo tanto, de dar vida a una versión particular del futuro que acelera el colapso ambiental y la desigualdad aguda. Los 60 bancos más grandes del mundo, por ejemplo, han proporcionado 3.8 billones de dólares en financiamientos a las compañías de combustibles fósiles desde 2015. La posesión de bonos corporativos del Bank of England hasta junio de 2020 es consistente con (y contribuye a) los aumentos catastróficos de la temperatura que alcanzarán los 3.5ºC por encima de los niveles preindustriales para 2100, y proporciona financiamiento sin compromisos a las compañías con uso intensivo de carbono. Estas prioridades también se reflejan en las políticas públicas del Reino Unido; mientras que el gobierno se ha comprometido a cumplir con objetivos climáticos, aún respaldan el desarrollo de la extracción de combustibles fósiles y de las infraestructuras de carbono intensivo, mientras que proporcionan apoyos inadecuados para el transporte público de bajo carbono o a las viviendas de cero emisiones netas.

Anunciar nuevos objetivos climáticos sin reconsiderar cómo está planeada nuestra economía global puede resultar velozmente en “greenwashing”. En 2018, el incremento de la producción de combustibles fósiles fue más de tres veces mayor que el de energías renovables. Desde entonces, los gigantes de los combustibles fósiles han anunciado objetivos de “cero neto” que aún implican un papel crítico para el petróleo, el gas y el carbón hacia el año 2100. De este modo, los objetivos climáticos pueden abrirle paso a planes pintados de verde que simplemente perpetúan el status quo del carbono intensivo.

El desafío político es asegurarse de que la planeación en sí misma sea más democrática y centrada en cumplir con nuestras necesidades y descarbonizar la economía. Para cumplir con los objetivos británicos y mundiales en cuanto al clima. Tendemos que reimaginar la planeación: las herramientas que utilizamos, los horizontes de tiempo implicados, las voces y valores que dan forma a los planes, y cómo se ponen en acto. Esto no se trata de centralizar el poder en un estado irresponsivo y arrogante, entregando nuestros futuros a la toma de decisiones algorítmicas, o de concentrar aún más el poder corporativo. Más bien, se trata de priorizar nuestra habilidad de planeación por el bien común: en nuestras casas, en nuestras comunidades, y en la economía democrática, desde los lugares de trabajo y los mercados hasta el estado.

¿A qué puede parecerse esto? Como predijo John Maynard Keynes cuando abogó por la socialización estable de las finanzas y la “eutanasia del rentismo” en 1936, las inversiones deben organizarse conforme a las necesidades, en lugar de las ganancias a corto plazo. En nuestra era de estancamiento económico constante, no podemos permitirnos esperar a que reviva el dinamismo capitalista para disparar las inversiones. En su lugar, los gobiernos deben coordinar una estrategia industrial ecológica e invertir fuertemente en la construcción de las infraestructuras, industrias e instituciones de bajo carbono que necesitamos. Hay mucho por hacer, y aún así, los planes actuales se quedan peligrosamente cortos; incluso el celebrado plan de infraestructura de Biden fracasa en entregar los niveles de inversión pública necesarios para descarbonizar al ritmo y escala que requiere una emergencia climática.

Si tenemos que reconsiderar cómo funciona la planeación, los bancos centrales tendrán un papel crucial. Al aceptar conscientemente su función de planeación, los bancos centrales pueden dirigir a las sociedades hacia una rápida descarbonización. Pueden hacer esto mediante el cambio del costo relativo del capital “verde” opuesto al “sucio”, por ejemplo, al imponer requerimientos de capital más altos para las industrias de carbono intensivo y al guiar los créditos hacia las actividades de bajo carbono. También pueden introducir reglas nuevas y socialmente justas de valoración del carbono que podrían asegurar que las inversiones privadas se dirijan hacia el combate de la crisis climática.

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Una parte de reconsiderar la planeación también implica reconsiderar las herramientas utilizadas para organizar la economía global: los contratos legales, los procesos de auditoría y contaduría, las reclamaciones de propiedad y los flujos financieros en el corazón de todo. Actualmente, estas herramientas y procesos se dirigen hacia maximizar a corto plazo los ingresos en una economía que excluye a los trabajadores y comunidades ordinarias de la toma de decisiones. Tenemos que redirigirnos hacia la garantía de bienestar social y ambiental.

Los objetivos son necesarios, pero son solo la mitad del panorama. Además de establecer metas ambiciosas, los gobiernos ahora necesitan descarbonizar la economía global y democratizar cómo se planea y organiza. Nuestra economía no es un estado natural, sino una creación maleable. Aún retenemos el poder de reimaginar hacia qué versión del futuro nos dirigimos, y ahora es urgente que lo asumamos.

– Mathew Lawrence es director del centro de estudios Common Wealth, y autor de Planet of Fire, publicado por Verso Books.

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