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The Guardian

Los activistas de la privacidad ganan batallas a los gigantes tecnológicos, ¿por qué la victoria sabe a nada?

Evgeny Morozov

Tal vez gastamos energía logrando concesiones de privacidad, cuando debimos construir una base más crítica del poder de las big tech.

"La industria de la tecnología abordará la creciente ansiedad del público sobre las noticias falsas y la adicción digital al duplicar lo que yo llamo solucionismo". Foto: Denis Charlet / AFP / Getty Images

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Para los activistas de la privacidad, el 2021 trae una victoria tras otra. Primero Alphabet, la matriz de Google, anunció en marzo que dejaría de rastrear a usuarios individuales cuando pasan de sitio a sitio. Esta decisión fue parte de la campaña de Alphabet para dejar atrás el uso de cookies de terceros, una tecnología vieja pero controversial, a la que se le culpa cada vez más de la cultura de intercambio de información de hoy. 

En lugar de rastrear a usuarios individuales con cookies, Alphabet planea usar machine learning para poner a los usuarios en grupos de acuerdo con similitudes en sus comportamientos. La publicidad estará dirigida a estos grupos, no a los individuos. De todas formas Alphabet necesitará algo de información para poner al usuario en el grupo apropiado, pero los anunciantes no tendrán que tocar el navegador del usuario. 

Ahora viene el segundo capítulo de este amplio reposicionamiento de la industria. A principios de mes, Apple introdujo una actualización importante a su sistema operativo, que simplifica cómo los desarrolladores de apps externas como Facebook rastrean a los usuarios de Apple. Estos usuarios ahora deben aceptar explícitamente que se recopile su información. Mientras que Facebook inicialmente se opuso a la estrategia, ya ha moderado su perspectiva, incluso prometió desarrollar tecnologías publicitarias para “mejorar la privacidad” que dependan menos de la información de los usuarios.

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Aún así me pregunto si estas victorias sorprendentes para el movimiento de la privacidad podrían ser al final pírricas, al menos para la agenda democrática. En lugar de contar con el poder político de la industria tecnológica, los críticos de la tecnología más prominentes tradicionalmente se enfocan en culpar a la industria tecnológica de múltiples violaciones a las leyes existentes de privacidad e información. 

Esta estrategia asume que esas transgresiones legales continuarán a perpetuidad. Ahora que Alphabet, y pronto tal vez Facebook, se apuran para usar machine learning para crear anuncios personalizados que también preserven la privacidad, uno se comienza a preguntar si poner tantos huevos en la canasta proverbial de la privacidad fue una decisión sabia. Al estar aterrorizados por la ubicuidad y la eternidad del “capitalismo de la vigilancia”, ¿hemos hecho que sea demasiado fácil para que las compañías tecnológicas cumplan con nuestras expectativas? ¿Y hemos desperdiciado una década de activismo que debió enfocarse en desarrollar explicaciones en por qué deberíamos temer a las big tech?

Probablemente algo similar suceda en otros dominios marcados por pánicos morales recientes sobre las tecnologías digitales. La industria tecnológica abordará la ansiedad pública sobre las fake news y la adicción digital al mantener su postura en lo que llamo “solucionismo”, con plataformas digitales que movilicen nuevas tecnologías para ofrecerle a los usuarios una experiencia a la medida, segura y completamente controlable. 

Apple, como siempre, lidera el camino aquí, al ofrecerle a los usuarios una serie de noticias curadas y herramientas para medir su productividad y bienestar digital. En febrero, Facebook también lanzó una prueba, por ahora solo disponible en Reino Unido, que pone en las publicaciones sobre el cambio climático un banner que dirige a los usuarios al portal de la compañía dedicado al cambio climático. 

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El movimiento naciente, y probablemente bien intencionado, por una “tecnología humana” se mantiene para sucumbir como una victoria pírrica. Los gigantes tecnológicos probablemente encontrarán la manera de ser tanto humanos como muy rentables. Irónicamente, entre más pinten a la industria tecnológica como antiprivacidad o antihumana, gana más legitimidad pública para ganar al meramente hacer alarde de su habilidad de cumplir con los valores tan importantes para sus críticos. 

Esto sugiere que necesitamos una crítica diferente, más amplia de la industria tecnológica. ¿Hay alguna manera mejor de contrarrestar su mentalidad solucionista que pone en la sociedad? Sí la hay. Sospecho que buscamos críticos potentes de la industria en los lugares equivocados. Asumimos que la vigilancia y las fake news son lo que los economistas llamarían “externalidades” fijadas a las que de otra manera serían prácticas de negocios buenas, progresivas e innovadoras. 

¿Pero esa asunción se mantiene? Es momento que veamos a través de la innovación de la industria tecnológica, y preguntemos, a quién se le permite innovar, y bajo qué condiciones, en el sistema actual. Para todos los cambios creativos que sus líderes nos prometen, la industria tecnológica entrega un platillo inapetente que invariablemente presenta los mismos ingredientes: usuarios, plataformas, anunciantes y desarrolladores de aplicaciones. 

La imaginación institucional de la industria tecnológica simplemente no admite a otros actores que puedan interpretar un papel para modelar los usos benéficos para la sociedad de las infraestructuras digitales. Sin contar a Wikipedia, que nació tres años antes que Facebook, no hay contrapartes digitales para las variadas y altamente innovadoras instituciones que emergieron para llenar las necesidades humanas de comunicación y educación: la biblioteca, el museo, la oficina de correos. 

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¿Quién sabe qué otros tipos de instituciones son posibles en el ambiente digital actual? En lugar de resolver eso, los políticos le han dado todo este proceso de descubrimiento a la industria tecnológica. En lugar de construir infraestructuras que puedan facilitar toda esa experimentación a gran escala, se conforman con las infraestructuras existentes que opera (a veces como servicios con un costo) la industria tecnológica. 

Naturalmente, los jugadores principales de la industria quieren asegurar que cualquier institución digital nueva nazca como una startup, o al menos como una app, para insertar y monetizar a través de sus plataformas y sistemas operativos. Como resultado, el entorno digital no es tan proinnovación como parece. Activamente aborrece a las instituciones y asociaciones que no juegan con las reglas de los intermediarios principales. Triunfa al construir aplicaciones para museos y bibliotecas, pero es terrible al encontrar cómo sería realmente el equivalente digital de un museo o biblioteca. 

Hasta donde sabemos, esto también podría ser una startup, la respuesta institucional default que produce el solucionismo para cada problema. ¿Pero por qué meter cada idea nueva y buena en la misma chaqueta de startup? En la mayoría de los casos, esa chaqueta impone sus propios imperativos: los usuarios tienen que monetizarse, la información tiene que recopilarse, y se tienen que vender suscripciones. ¿Por qué limitarnos a solo esos caminos?

Lo que queremos es algo genuinamente nuevo. Una institución que sabrá suspender partes de las leyes y regulaciones existentes, como una biblioteca con la ley de propiedad intelectual, por ejemplo, para utilizar el potencial completo inherente a las tecnologías digitales en el nombre del bien público. 

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El respeto reciente a la privacidad por parte de los gigantes tecnológicos no debe engañarnos. Después de todo, es su ocupación monopólica de nuestra imaginación lo que nos impide ver a la tecnología no como ciencias aplicadas, sino como una potente institución política para transformar a otras instituciones. Eso constituye el problema más grande para la democracia. Y es solo al reclamar esa imaginación, en lugar de saturarnos de solucionismo confortable, que podemos aspirar a domarlos. 

-Evgeny Morozov es el fundador de The Syllabus, y el autor de varios libros sobre tecnología y política.

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