Spiderman contra Scorsese
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Spiderman contra Scorsese
Foto: Pixabay

El 23 de agosto fue una fecha especial para millones de fanáticos de los cómics y el cine de superhéroes en todo el mundo: se estrenó el tráiler de SpiderMan: No Way Home, la nueva entrega de la saga arácnida. Más allá de la expectativa, cumplida o no, sobre esta cinta que se estrenará a finales de año, llamó mi atención que entre los trending topics de la noche y la mañana siguiente se colaron dos nombres que no relaciono en absoluto con este subgénero: Scorsese y Tarantino.

Como buen periodista, eché mano de hemeroteca y descubrí que, hace dos años y a unos cuantos meses de estrenar El Irlandés, el legendario cineasta tuvo a bien comparar las películas de superhéroes con parques de diversiones.

“Sé que, si fuese más joven, podría haber estado emocionado por estas producciones cinematográficas y quizás hasta hubiera querido hacer una. Pero crecí en el momento en el que crecí y desarrollé un sentido de las películas –de lo que eran y de lo que podrían llegar a ser– que está tan lejos del universo Marvel como la Tierra lo está de Alfa Centauri”, señaló Scorsese en una columna publicada por The New York Times.

Las hordas –que, como dijera Marx, difícilmente son inteligentes- en redes sociales no perdonaron las palabras que, como dice mi suegra, son como piedras: no tienen regreso, y aprovecharon el estreno para mostrar la “superioridad” de este subgénero y llenaron de insultos al autor, un reconocido estudioso del cine.

Esas películas están hechas como si fueran hamburguesas y no abordan la comunicación ni comparten nuestra imaginación. Es como hacer un producto que dará ganancias a grandes corporaciones; son ejercicios cínicos”, complementó otro célebre cineasta, el británico Ken Loach.

Esto pudiera parecer anecdótico, pero no es así. De hecho, es el episodio más reciente de una batalla antigua, que data de los inicios del cine mismo y que difícilmente alguien podría definir con exactitud: ¿qué es el cine: arte, divertimento o negocio?

En sus orígenes, el cine era un experimento con la luz y la sensibilidad de los materiales. Así lo entendieron los pioneros de la Escuela de Brighton y los hermanos Lumiere, quienes intentaron usarlo con distintos fines, pero esencialmente el divertimento. Si bien capturaron escenas de época, como la famosa llegada del tren o la salida de los obreros de su fábrica, no dudaron en filmar divertimentos como el regador regado, quizá la primera cinta cómica.

Del otro lado del mundo, en Estados Unidos, el inventor Thomas Alva Edison vio la oportunidad de un negocio multimillonario. Sus “nickelodeons”, minicines que, a cambio de una moneda, ofrecían vistas de romances o piezas de corta duración para una persona, fueron la semilla del cine como fenómeno de masas.

Todo iba más o menos por ese lado hasta 1907, cuando los hermanos Laffité y un grupo de banqueros decidieron que podían emplear el cine para crear piezas artísticas, alejadas del vulgar cine de fórmula de persecuciones o policías; así nació el Film d’Art o, llanamente, cine de arte.

Esta “sofisticación” del cine se hizo a través de la compra de talento: los mejores escritores y dramaturgos, los más reconocidos pintores y los escenógrafos más populares fueron contratados en grandes producciones que evocaban dramas históricos, escenas de la Biblia e incluso obras de teatro. Carecían, sin embargo, de movimiento, pues consideraban que los cambios de cámaras y enfoques no solo eran prescindibles, sino antinaturales y de mal gusto.

Hay que reconocer que tuvieron una gran idea: para aumentar la grandilocuencia de sus películas, crearon teatros y cines art decó, con esas grandes y pesadas cortinas de terciopelo que aún nos tocaron a la mayoría de los cinéfilos mayores de 30 años. El cine pasó de ser un entretenimiento de masas a una expresión de las élites.

A lo largo de las décadas, las tres fórmulas se han mostrado inflexibles. Quienes, como Scorsese, ven al cine como una expresión artística, no suelen coincidir con esas figuras del cine industrial, la cual ha hecho viable a la cinematografía como negocio que va más allá de la exhibición misma para convertirse en una especie de culto; al mismo tiempo, quienes ven en el cine un medio de consumo al alcance de todos, no concuerdan ni en la pesadez de unos ni en las ganancias de otros.

Pero, a pesar de ello, siempre hay puntos de encuentro. Si bien no hay películas en el género de superhéroes que hayan sido ascendidas a la categoría de arte –no, ni siquiera la primera Guerra de las Galaxias, con lo histórica que fue–, sí han existido cineastas muy serios dirigiéndolas: el legendario Kenneth Branagh, al que se le deben algunas de las mejores adaptaciones contemporáneas de Shakespeare, dirigió Thor (2011).

Contra la queja de Loach, quien afirma que están lejos de la realidad, temas como la excesiva vigilancia del gobierno sobre las opiniones de los ciudadanos e incluso el libre albedrío han sido abordados en cintas como Capitán América y el Soldado del Invierno (Russo, 2014) y Thor: Ragnarok (Waititi, 2017).

En la misma génesis de los personajes de Marvel hay algo de inconformismo. Hay que recordar que el mítico Stan Lee colaboró en un principio con DC y que, cuando salió de allí, rompió los moldes con personajes como el mismo Spiderman, un superhéroe adolescente y medio atolondrado que, para más INRI, era fotoperiodista. Algunas de las películas de superhéroes no solo siguen abrevando de ese absurdo: también retoman algunos guiños a obras clásicas.

“Algunos dicen que las películas de Hitchcock tenían cierta similitud entre ellas, y quizás sea cierto: el mismo Hitchcock se hizo esa pregunta. Pero la similitud de las películas de franquicia de hoy es otro asunto. Muchos de los elementos que definen el cine tal como lo conozco están en las películas de Marvel”, continúa Scorsese quien, al final del día, todo lo que extraña es el valor de los antiguos productores o directores para decir lo que deseaban.

Ah, si las hordas supieran leer.