Esta relación de amor-odio que tengo con Apple
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
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Esta relación de amor-odio que tengo con Apple
Vista de una tienda de Apple, en una imagen de archivo. Foto: EFE/Maja Hitij

Debo confesarlo: tengo una relación de amor-odio con Apple. Cuando comencé a utilizar el iPhone y la iPad hace como una década, me enamoró su interfaz amigable, sencilla, con pocas complicaciones para alguien que lo único que quiere es comenzar a utilizar el teléfono sin leer el instructivo. Y aunque cada vez hay mayor oferta y diversidad en las interfaces móviles, simplemente me cuesta desprenderme del iOS. Quizás sea la costumbre.

Un segundo enamoramiento llegó cuando, a la luz de las revelaciones que hizo Edward Snowden sobre el espionaje masivo de Estados Unidos y sus aliados, le pregunté a un reconocido experto en ciberseguridad cuál era el smartphone que usaba: el iPhone, me dijo, porque hasta ese momento no había evidencia de que hubiese sido vulnerado.

Pero como en toda relación de amor, llega el momento del desencanto. Gracias a Apple, conocí y viví en carne propia el concepto de “obsolescencia programada”, definida por la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) como “la intencional que hacen los fabricantes para que los productos dejen de servir en un tiempo determinado”.

A estas alturas, para nadie es extraño que, en cada actualización de su sistema operativo para móviles, Apple ralentiza sus iPhone, les degrada la duración de la batería, le exige más recursos para funcionar (memoria, capacidad de procesamiento) lo que, eventualmente, hará que el teléfono o tableta colapse a cada rato, o que la pila no dure más que un par de horas.

Y con el paso del tiempo, el desencanto ha sido mayor. Las investigaciones del Citizen Lab de la Universidad de Toronto relacionadas con el espionaje electrónico dejaron en claro que la invulnerabilidad de los dispositivos Apple es una mera fantasía.

Justo a inicios de esta semana, Apple lanzó una actualización de emergencia a sus dispositivos para corregir una vulnerabilidad que fue explotada por la firma de ciberespionaje israelí NSO Group para infectar dispositivos con el malware Pegasus. Este malware ha sido utilizado de forma abusiva por gobiernos, incluyendo el mexicano durante los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, para espiar a activistas, periodistas, opositores y defensores de los derechos humanos. 

La nueva vulnerabilidad, llamada “FORCEDENTRY”, fue descubierta por el Citizen Lab mientras investigaba la infección a un dispositivo de un activista saudí. Los hallazgos del laboratorio confirmaron que NSO Group utilizó la vulnerabilidad para explotar e infectar de forma remota los dispositivos a través del sistema de mensajería iMessage.

Aquí entra un dilema: ¿actualizar el sistema operativo del iPhone para corregir una vulnerabilidad y correr el riesgo de que mi dispositivo se vuelva casi inservible; o dejarlo vulnerable pero funcional? Muchos dirán lo obvio: actualizar, siempre actualizar. La pregunta tiene su fundamento: la obsolescencia programada nos ha llevado a desconfiar de cada actualización aunque el fabricante nos diga que es para corregir errores críticos.

En el mejor de los escenarios, tenemos la opción de actualizar o no el sistema, pero llega un momento en que nos quedamos sin opciones y nos condenamos a la obsolescencia. Además del iPhone, soy usuario de un Apple Watch que terminé de pagar a mediados de este año. ¿Cuál fue mi sorpresa? Que es imposible actualizarlo, pues aún restaurando a los valores de fábrica, los archivos de sistema requieren tanta memoria que ya no dejan el espacio libre necesario para instalar una nueva versión del sistema operativo. Si quisiera actualizarlo, mi única opción sería comprar un reloj inteligente nuevo. Otra muestra más de la obsolescencia programada. 

Vale la pena revivir las discusiones sobre la obsolescencia programada por dos motivos: 

Primero, porque al instalar una actualización para proteger nuestros dispositivos, nuestra privacidad y nuestros datos frente a criminales y abusos de autoridad, también corremos el riesgo de que nuestra herramienta principal de comunicación y de trabajo quede inservible.

Y segundo, aprovechando los nuevos lanzamientos de Apple anunciados el martes: ¿vale la pena gastar más de 41 mil pesos mexicanos en un teléfono que está condenado a la obsolescencia por decisión de su fabricante? Para mí, eso es medio año del pago de la renta del lugar que habito; para un trabajador promedio de la Ciudad de México con un salario de 546.35 pesos diarios, representa 77 días de su trabajo, de acuerdo con un análisis hecho por el diario Reforma

Como personas consumidoras debemos valorar los pros y los contras de comprar un nuevo dispositivo, o incluso impulsar las acciones colectivas para exigir que se detengan las prácticas abusivas como ya ha ocurrido en países como Francia, España o Chile. Si no es por defender nuestros derechos o por nuestra seguridad, al menos por el medio ambiente: según datos ofrecidos por la Profeco, cada persona genera 8.2 kilogramos de basura electrónica anualmente en México.

Personalmente, si tuviera a la mano los 41 mil 999 pesos que cuesta el nuevo iPhone 13 Pro Max de 1 Terabyte de capacidad, mejor compraría 14 acciones de Apple que, al momento de escribir esta columna, tendrían un precio de 41 mil 227 pesos. Al final, ese dinero seguiría con Apple, pero con la esperanza de obtener una ganancia y no perderlo en la obsolescencia.