La titánica tarea de cambiar de hábitos
Contextos

Reportero egresado de la UNAM. Durante los últimos dos años cubrió la fuente de educación, Ciudad de México y Derechos Humanos. También siguió el inicio y desarrollo de la pandemia de Covid-19 en la capital del país, así como sus repercusiones económicas y sociales. Actualmente está al frente de una publicación digital e independiente, la cual está dedicada a promover el danzón a partir de material periodístico. Twitter: @arturoordaz_

La titánica tarea de cambiar de hábitos
Protestas que exigen mantener la penalización del aborto frente a la Suprema Corte. Foto: Obturador

Cambiar de hábitos y actitudes es como dejar de lavar el pollo antes de cocinarlo. Esta semana tuve una pequeña discusión con mi madre al respecto. Le mostré una serie de artículos científicos, así como la opinión de varios chefs, que recomiendan no limpiar la carne antes de ponerla sobre la plancha.

Tanto el Centro para el Control de las Enfermedades y la Prevención de las Enfermedades (CDC, por su siglas en inglés) como el chef Juan Carlos Vega insisten en que manipular el pollo con agua antes de cocerlo puede propagar las bacterias en los recipientes y varias superficies. Lo más recomendable es cocerlo por arriba de los 60 grados Celsius para eliminar cualquier microorganismo.

Mi mamá me enseñó a lavarlo y yo lo he lavado durante toda mi vida, me rehúso a hacer lo contrario”, me reclamó mi madre cuando le brindé toda la información anterior. Aunque parecía estar confundida por los datos, no fueron suficientes para que lograra cambiar de opinión. Y la entiendo.

Estamos ante diversos cambios políticos y sociales: hace una semana la Suprema Corte de Justicia de la Nación reconoció la inconstitucionalidad de penalizar el aborto en México, mientras el Congreso del Coahuila es el primer estado del norte que está discutiendo si da luz verde a la interrupción del embarazo. Esto forma parte de la agenda de cambios en el comportamiento con perspectiva de género, inclusión y respeto a los derechos humanos.

Ante este contexto tan dinámico, surge nueva información que busca cambiar hábitos y actitudes en la vida diaria para lograr una convivencia sin violencia ni discriminación. Aunque esta agenda está interesada en plasmar cambios de manera ágil, como el lenguaje inclusivo, también hay que tener paciencia y comprensión para quienes se enfrentan a este cambio.

Lo que conocemos nos da seguridad y certeza, es difícil darle la oportunidad a una segunda opción cuando la primera nos funciona bien. ¿Por qué voy a cambiar mi manera de hablar si me ha funcionado toda la vida?, podría ser la pregunta de un adulto que se niega a una comunicación más inclusiva. ¿Por qué voy a modificar mi manera de tratar a las mujeres y personas con preferencias sexuales diferentes a las mías si así me enseñaron desde pequeño?, sería un cuestionamiento.

Impacto, miedo y negación pueden ser algunos de los sentimientos que nos genere algo nuevo que reemplace a lo viejo. Más cuando esos viejos hábitos se convirtieron en tradición y tienen un valor emocional porque nos lo inculcaron desde pequeños. Una devoción difícil de romper. “¿Por qué tengo que cambiar mi manera de ser y pensar, como me lo sugirió alguien de la mitad de mi edad?”.

La sociología comprensiva de Max Weber explica que unas de las acciones sociales se pueden realizar por acuerdo de valores y por tradición. La primera de esta se refiere a hechos que hacemos según nuestra religión, creencias políticas o formación; mientras que la segunda por actos que nos enseñaron por costumbre, los cuales seguimos sin cuestionar porque con ellos crecimos.

Bajo este panorama se entiende nuestro comportamiento. Nuestras acciones son aprendizajes, pero cuando la manera de vivir se ve vulnerada, nos puede ser difícil el cambio.

Aunque esta teoría alemana es de principios del siglo XX, nos puede ayudar a entender la dimensión de los cambios a los que nos enfrentamos. Es cierto que urge cambiar de actitud y hábitos. Hay que seguir con esa ardua lucha, pero también seamos comprensivos con quienes todavía les es difícil dejar de lavar el pollo antes de cocinarlo.