¿Y la democracia?
De Realidades y Percepciones

Columnista. Empresario. Chilango. Amante de las letras. Colaborador en Punto y Contrapunto. Futbolista, trovador, arquitecto o actor de Broadway en mi siguiente vida.

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¿Y la democracia?

Escuchar a Andrés Manuel López Obrador gritar “vivas por la democracia” mientras arremete contra el INE e invita con honores al presidente de Cuba, Miguel Díaz Canel, no solo me suena contradictorio sino que desmorona su discurso.

No es secreto que muchos de los líderes sociales que representan causas justas han utilizado a la democracia como el escalón que necesitaban para minar el andamiaje democrático desde adentro.

El mal uso del concepto de “democracia” corre el riesgo de convertirse en un activo más para la demagogia. Los líderes carismáticos, como Nicolás Maduro, dosifican sus interpretaciones personales y construyen un escudo de falsa transparencia para callar las voces críticas y controlar opositores. 

Es tal el descaro que el presidente de Venezuela durante la cumbre de la Celac se atrevió a retar a sus contrapartes de Uruguay y Paraguay a sostener un debate regional sobre democracia.  

Por lo anterior, no es de sorprender que el concepto de democracia se perciba un tanto devaluado en las conversaciones y sobremesas regulares. La tensión que existe entre democracia y república hacen que el manejo de las palabras sea sumamente sensible a la coyuntura política que vivimos. Quien se dice defensor muchas veces violenta el espíritu democrático: no respeta la división de poderes, la libre expresión y demás derechos que nos dignifican.

Y es que en el aire se respiran muchos conceptos de democracia. Alejados de la investigación y la academia puede leerse como una palabra diluida por la manipulación de los partidos políticos. Un término simplificado al derecho a votar en cada elección y desaparecer. Una utopía tan lejana para muchos como redituable para pocos.

Haber llegado por la mayoría electoral no necesariamente te hace demócrata. Representar las voces de millones de personas no te da el derecho a estigmatizar la crítica. Ser el candidato elegido no justifica la desarticulación de los contrapesos institucionales. Recibir la constancia ganadora no te da una llave maestra para brincar de poder en poder. No te hace poseedor de la verdad absoluta ni de obstaculizar las libertades.

La democracia no debe ser un discurso polarizador que acote las opciones entre dos bandos. No debe ser la reducción binaria que orille al elector a definirse entre dos opciones. No es sentirse acorralado. No es evitar el debate entregando funciones civiles a instituciones castrenses que garantizan lealtad ciega.

La democracia no se trata de ganar campañas financiadas con recursos ilícitos. No se trata de permitir la elección de candidatos por grupos criminales. No es guiarse por la venganza y el resentimiento. No es firmar acuerdos con partidos de ultraderecha. No es sostener estructuras preexistentes que privilegiaban intereses fácticos. No es destruir sin mejorar.

Ser demócrata es defender el Estado de derecho. Es defender un sistema de reglas para seleccionar personas que nos representen, con garantías y obligaciones. No es el endoso de nuestras almas ni un cheque en blanco para uso discrecional. Es un sistema político que supone certezas en las reglas y una sana incertidumbre en los resultados.

Sabemos que hay mucho por deconstruir en el imaginario colectivo, porque si queremos entusiasmarnos con la democracia, tenemos que empezar por entenderla como una democracia liberal, como ese concepto vivo que nace entre los ciudadanos de la mano de las instituciones autónomas. Es el respeto entre las diferencias a pesar de no estar de acuerdo. Es el consenso más allá de los intereses personales. Es pluralidad. Es el oxígeno que necesita la sociedad para arropar a las minorías y reafirmar el espacio para todos y para todas. 

La democracia no debe parecer inalcanzable. Debes vivirla en tu barrio. Es la lucha contra los estereotipos. Es denunciar las fallas de los gobiernos anteriores aceptando también sus aciertos. Es tomar los resultados y representar a quienes votaron por ti y a los que no.

La democracia no siempre es una mesa horizontal que se dé entre iguales. No siempre es piso parejo. Es entender las diferencias cuando se habla desde la desigualdad, desde los privilegios, la discriminación y el hambre. 

La democracia son acciones afirmativas. No son discursos como aperitivo a una cumbre multinacional. Es ser coherente entre el mensaje y la práctica. Es replantear el concepto de convivencia y toma de decisiones. Es ser resistente. 

La democracia no debe ser una moneda de cambio, es un valor que no se debe negociar. No es un activo para la demagogia. No se trata de seducir a los indecisos con falsas promesas. No se trata de aniquilar adversarios. 

La democracia supone un nuevo acuerdo para reivindicar las reglas del juego y el respeto a todas las personas.