Sin tiempo para morir
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Sin tiempo para morir

Es un hecho: no corren tiempos felices. Luego de más de 20 meses de una pandemia que ha tomado casi 4.8 millones de vidas en todo el mundo, además de las consecuencias sociales, económicas y personales que ha acarreado, pocas personas podrían decir lo contrario.

El cineasta Stanley Donen, cocreador de la célebre Bailando bajo la lluvia (1952), tenía una frase: “si no puedes reír, baila”. El cine, como muchas de las aristas del entretenimiento, es de vital importancia para hacerle frente a los tiempos oscuros, aunque, como dijera el poeta León Felipe, cuente “cosas de poca importancia”.

Las etapas más oscuras de la humanidad han estado enmarcadas por los momentos más luminosos del séptimo arte. De hecho, se dice que los musicales y las comedias tienen su auge precisamente en años anteriores al desastre: no por nada la era dorada del primer género coincidió con la Gran Depresión en Estados Unidos.

Aunque se puede caer en la tentación de la depresión, motivada también por la pobre propuesta en las carteleras de las cadenas de cines, que apuestan por blockbusters, personajes inmortales, como James Bond, y las siempre taquilleras películas de horror, basta con echarle un ojo a la historia del cine para notar que, ante la adversidad, hay personas que deciden no rendirse.

Aunque pudiera parecer raro, uno de los movimientos cinematográficos que, a mi juicio, ha producido las historias más sensibles sobre el espíritu humano es el neorrealismo italiano. Hecho con materiales baratos y actores sin formación, pero con una imperiosa necesidad de contar historias nuevas, este movimiento lo tiene todo: es trágico, cotidiano y, al mismo tiempo, hermoso e inusual. Ojo: los finales no suelen ser el típico desenlace feliz, ni sus héroes son excepcionales, pero en ello radica su encanto, puesto que son personas con las que identificarse es muy sencillo.

Se dice que su punto de inicio fue la cinta Roma, ciudad abierta (Rossellini, 1945). Es la dramática historia de un cura que decide no denunciar a los partisanos, lo cual termina costándole la vida. Hecha con saldos de películas que fueron rescatados de entre los escombros, la cinta es un gran ejemplo de cómo la unidad ayuda a superar las condiciones adversas, incluyendo una cruel ocupación militar.

Situada en el contexto de la posguerra, Ladrón de bicicletas (De Sica, 1948) cuenta la historia de Antonio quien, luego de pasar por un largo periodo sin empleo, consigue un trabajo pegando carteles. Las cosas se complican cuando le es robada su bicicleta durante su primer día de labores. Durante su periplo en búsqueda de su herramienta, le ofrece grandes lecciones a su hijo Bruno, quien pronto aprende que la vida no tiene final feliz, en la mayoría de los casos, pero que vale la pena seguir intentando.

Sobre la soledad y el olvido versa Umberto D. (De Sica, 1952), película que narra las desventuras de un anciano que busca desesperadamente sobrevivir a la posguerra acompañado solo por su feo perro, e invisibilizado por la nada cuestionable ambición de sus conciudadanos por sobrevivir ellos mismos.

Del mismo director, Milagro en Milán (De Sica, 1951) es una fábula que retoma una bienaventuranza: la de que la mayor felicidad se encuentra entre la gente que no tiene nada, puesto que nada guarda y nada puede perder.

Toto nace, como manda la tradición, en un huerto de coles. A la muerte de su mamá adoptiva, es llevado a un orfanato y, cuando sale de allí, tiene que intentar ganarse la vida en el Milán de la posguerra, donde conoce a un grupo de personajes paupérrimos que ocupan un terreno sin permiso del dueño. Esa pobreza y la ingenua bonhomía de Toto, además de esa escena de arte mayor en el cine, donde se ve a una parvada de menesterosos volando en escobas sobre la Catedral de Milán, son cartas abiertas al optimismo.

No sabemos cómo será la pospandemia, así como tampoco conocemos quienes la vivirán –o la viviremos, ojalá–. Sin embargo, la revisión del neorrealismo y sus cintas icónicas nos permite darnos una idea de que, sin importar lo cruel o duro que sea el destino, siempre hay gente dispuesta a creer que podemos seguir vivos, vivos y soñando con volar sobre las adversidades.