Entre la libertad y la caricatura
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Entre la libertad y la caricatura
Foto: Wikimedia Commons

El cineasta –y actor y productor y activista afrodescendiente– Melvin Van Peebles murió el pasado 22 de septiembre. Aunque muy probablemente no te suene su nombre, tanto su obra como el subgénero al que dio vida son tan relevantes en el cine que han inspirado a directores como Quentin Tarantino, Barry Jenkins o Spike Lee.

Nacido en Chicago, Van Peebles pensaba que no había una representación satisfactoria de los afroamericanos en el cine de Hollywood. De hecho, la mayoría de los roles destinados a actores de esta etnia eran para representar a sirvientes o a villanos: una muestra clara de cómo los veía el cine se nota en El nacimiento de una nación (Griffith, 1914), donde son retratados cual animales.

Su idea, sin embargo, no era la de imitar la narrativa clásica de la meca del cine. Si los afroamericanos iban a entrar al séptimo arte, deberían hacerlo bajo sus propios términos, con su cultura y sus iconos. Así nació la icónica Sweet Sweetback’s Baadasssss Song.

Filmada hace exactamente 50 años, en 1971, la cinta sigue las desventuras de un prostituto que es acusado de un asesinato que no cometió por dos policías blancos a los que sí asesina, para luego huir a México. Producida, actuada, dirigida y financiada por el propio Van Peebles, la cinta logró reseñas mixtas, aunque algunas, como la del crítico de cine Sam Washington, quien decía que por primera vez en la historia del cine había una película con una innegable conciencia negra.

Con un presupuesto de apenas medio millón de dólares, logró ganancias 20 veces superiores e inauguró un subgénero que llamó poderosamente la atención, tanto de la industria fílmica establecida, como de los cineastas independientes. Fue llamado blaxploitation, y algunas de sus características formales, más allá de la obvia cuestión de que los protagonistas eran siempre afroamericanos, radicaban en el uso desmesurado de violencia, sangre y sexo.

Cultivado a la sombra de la serie B, este subgénero retomó algunos iconos del cine para llevarlos a terrenos nunca antes explorados. Uno de los mejores ejemplos de ello es Blácula (Crain, 1972), que aborda la historia de un príncipe africano convertido en vampiro por el mismísimo Drácula que asola las calles de Los Ángeles.

Los peinados afro, las siluetas coloridas e incluso la figura del “pimp” o padrote dejaron de ser símbolos negativos para empoderarse en visiones realmente demenciales, pero con un carisma tan fuerte que pronto se apoderaron de cierto sector del cine a principios de los 70.

Muestra de lo anterior es la clásica The Mack (Campus, 1973), en la que el protagonista de la cinta sale de prisión para convertirse en un “honrado” proxeneta, al que policías corruptos obligan a regresar a la senda del crimen.

Sin embargo, también en estas cintas hay redención. Super Fly (Parks, 1972) narra la historia de un narcomenudista que quiere abandonar ese negocio realizando una última venta, pero cuyos planes no salen como él desea. 

Estos filmes, cargados de una clara connotación política –el movimiento de las Panteras Negras estaba en su apogeo en Estados Unidos–, también reivindicaron la postura de mujeres fuertes, incluso criminales, quienes eran capaces de matar y violar exactamente de la misma manera que los antagonistas masculinos.

Coffy (Hill, 1973) es una ruda enfermera que caza a los narcos que cobraron la vida de algunos de sus pacientes, mientras que Cleopatra Jones (Starrett, 1973) es una agente especial que también lucha contra los traficantes.

En suma, el subgénero blaxploitation nació como un grito contra el error histórico de invisibilizar a un amplio sector de la población, quien desarrolló un lenguaje –tanto visual como oral- propio, distintivo y hasta disfrutable.