Dave Chappelle o el problema de no tener escala de grises
Peso muerto

Comediante de stand up oriundo de CDMX. Inició en la comedia en 2012 y desde entonces ha tenido varias participaciones en Comedy Central y tres especiales de una hora en Netflix. Se ha presentado en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Recientemente comenzó su participación en la escena de stand up comedy en Los Ángeles. Luego de un breve paso por la barra de opinión de Canal 11, hoy se dedica a meter sus narices en temas de la agenda pública en su podcast Status Qlo y en La-Lista. Instagram: @ballartavaleverga

Dave Chappelle o el problema de no tener escala de grises
Dave Chappelle, en el centro de la polémica. Foto: Especial

Siempre he pensado que la explosión del #MeToo fue el punto de inicio de la revolución woke mundial. Aunque ideológica, no podemos dejar de llamarla como lo que es: una revolución y ciertos sucesos no dejan de tener símiles en revoluciones materiales: las acusaciones contra grandes productores de Hollywood, siendo Harvey Weinstein el más representativo de todos ellos, fueron la Toma de la Bastilla de la revolución liberal progresista.

Y al igual que la Revolución Francesa trajo a este mundo los derechos del Hombre, no dudo que la revolución actual conlleve un cambio de paradigma, más incluyente, en un futuro. Pero como en los días de El Terror en 1793, es hoy en Twitter donde se llevan a cabo las ejecuciones públicas de todo aquel que sea percibido como clase beneficiada por el Antiguo régimen: celebridades, analistas políticos, figuras públicas, autores, etc., usted nómbrelo, encontrará a alguien de estas áreas que, desde 2016, ha sido llevado al patíbulo de Twitter y sentenciado en un juicio-farsa ante las cortes revolucionarias por decir algo que contravenga las disposiciones de la insurgencia.

En este escrito no se discutirá aquellos a quienes se les ha encontrado culpables de acciones atroces, pues no hay nada que discutir: merecen el castigo que sobre ellos la ley ha impuesto, pero sí se hablará sobre quienes por ofensa de palabra han sido condenados sin derecho de réplica. Estadísticamente en todo movimiento revolucionario siempre se ha consolidado un selecto grupo de contados individuos que detentan la máxima autoridad revolucionaria y son quienes tienen a su cargo la conducción ideológica del movimiento. Una élite, comúnmente aburguesada, que no acepta contradicción a su mandato. La ideología nacida de valiosas dudas humanas muta en dogmas inquebrantables.

Y guiándose con estos decretos revolucionarios, un segmento menor a esta élite se encarga de llevar como ganado al matadero a todo aquel que opina distinto. A quien cuya visión es percibida como negra, pues no hay espacio para grises entre la jerarquía revolucionaria.

Una vez en la horca, el acusado es sentenciado a una vida sin aquello que le ocasionó problemas con la narrativa cuasi religiosa de los insurrectos.

No le asesinan pero le despojan de toda vida. “Quitarle a un hombre la manera de ganarse la vida es igual a matarle“, apunta certeramente Dave Chappelle en su más reciente especial de stand up comedy The Closer, que ha ocasionado una marejada de confusión, odio, discusión, debate y controversia entre la intelligentsia y los medios de comunicación estadounidenses, teniendo un impacto mediano entre los sectores progresistas liberales del internet latinoamericano. 

La controversia, me parece a mí, no nace de los temas que aborda, sino la constante duda de ¿qué es la comedia? Impresionante que un concepto tan humano nos sea ignoto, aunque no es de sorprenderse pues pareciera que los conceptos más cercanos al hombre –el amor, el odio, la comedia– sean los más difíciles de comprender pero los más fáciles de sentir.

Hay una urgencia en la sociedad del siglo XXI por discutirlo todo desde una plataforma política sin ganas de adentrarse en el trasfondo filosófico que dio origen a toda postura ideológica, cuya aplicación material dio a luz a la corriente política que defiende dicha ideología. La filosofía es la ciencia que formula las preguntas para las cuales la ciencia otorga la respuesta. Nadie viene a preguntar en este debate, todos buscan condenar, señalar y sentenciar.

Aunque discrepo con Chappelle en algunos puntos que parecieran (para el ojo poco entrenado) declaraciones políticas personales, concuerdo totalmente con él en que a expensas de los chistes las posturas personales a veces son recortadas o tergiversadas a propósito por el comediante para la obtención de la risa. Chappelle expone su adhesión al Team TERF (Trans-exclusionary radical feminist o Feminista radical que excluye a los transexuales) y aunque no soy partidario de ello, no me siento –como practicante del stand up, una de las artes escénicas menos comprendidas y por lo tanto más estudiadas– en la posición de refutar a un veterano con 34 años de experiencia las razones tras ese chiste en específico. 

Lo que el movimiento revolucionario sigue sin querer ver es el ángulo racial que el discurso de Dave Chappelle trae a la discusión. Y esto ha sido una constante en todo proceso revolucionario: todo elemento ajeno a la élite que maneja el discurso ideológico no tiene cabida en la formulación del dogma revolucionario, por más válido que sea el punto, la osadía hereje de entrometerse en asuntos que se perciben internos debe ser castigada con la mayor brutalidad.

La comedia siempre ha existido para cruzar la línea, y digan lo que digan la línea fue trazada por el hombre blanco hace 2000 años; tener a alguien como Chappelle cruzándola es un precedente para cuestionar la existencia de la misma, no para censurar con retórica y apelativos a quien a costa de su carrera, su modo de ganarse la vida, se arriesga a que le quiten todo por el afán de una élite de salvaguardar la integridad discursiva de un movimiento revolucionario en lugar de luchar por la dignidad de los millones de individuos por quienes dicen pelear.