Cuando la muerte no llega a las redes sociales
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
Twitter: @yak3001

Cuando la muerte no llega a las redes sociales
Foto: Pixabay

Quienes me conocen saben que en muy pocas, contadísimas ocasiones, envío felicitaciones públicas a alguien en su perfil de Facebook, Instagram, LinkedIn o Twitter por su cumpleaños. No es que haga caso omiso a esas notificaciones que me llegan cuando algún contacto celebra un aniversario más de vida, sino porque me aterra saber que pudiera estar deseando longevidad a alguien que ya murió.

La primera vez que vi esto fue con Martín por ahí del 2013. Martín era un colega con quien hice mi servicio profesional en la redacción de noticias de una televisora en el 2009. Al paso del tiempo nos alejamos, así que en ese entonces quise retomar la conexión. Entré a su perfil de Facebook y me topé con un muro lleno de recuerdos, lamentos y pésames. Me dio bastante tristeza, debo confesarlo.

Pero cada 11 de noviembre, Facebook me envía una notificación para recordarme que le felicite. Los algoritmos de la red social nos conocen de cuerpo y alma, pero no advierten cuando alguna persona ha dejado el plano terrenal, a menos que alguien les avise. Y nadie les ha avisado de Martín.

No era raro ver hasta hace un par de años que el perfil de Martín se llenara de felicitaciones, de recuerdos, de deseos de prosperidad y de longevidad. ¿Quién les diría a estas personas que mi colega, que este año cumpliría 36 años, ya no estaba en este mundo para leer sus palabras? ¿Acaso eran palabras honestas o simples frases para quedar bien, porque las redes sociales nos presionan para quedar bien con nuestros contactos-amigos-seguidores?

Sí, me molestaba que esas personas no fueran para hacerle una llamada, de mandarle directamente un mensaje o de hurgar un poco en sus publicaciones para descubrir que Martín ya era polvo de estrellas –digo, yo no lo hice, pero tampoco me aparecía solo una vez al año para refrendar una amistad que, en la práctica, no existía–. 

Al principio lo interpretaba como hipocresía, incluso yo me llegué a sentir hipócrita cuando solía felicitar a gente que tenía años sin ver y que para nada me interesaba un reencuentro, pero hoy lo veo como parte de las dinámicas de estas redes sociales que están por evolucionar a metaversos: darnos la falsa sensación de cercanía cuando en realidad estamos tan alejados unos de otros.

Primero fue con Martín. Al paso de los años también lo he visto con con Paco, con Luis, con Salvador, colegas y amigos a quienes les dejan, cada año, felicitaciones genéricas por compromiso, pues las redes sociales nos dicen que les enviemos una felicitación sin saber si la están pasando bien o si ya ni siquiera la están pasando en este mundo.

Asumimos, pues, que la existencia de un perfil en las redes sociales significa, en automático, la existencia de vida. Esto nos abre más temas para reflexionar, por ejemplo el de la herencia digital.

Hay quienes ya designaron a su persona “heredera digital” para alguna red social. Pudieron hacerlo fácilmente con Facebook o Google, pues estas plataformas permiten designar a un contacto que tome el control de tus cuentas cuando fallezcas. Sin embargo, no todas las plataformas contemplan esta figura, y la única forma de hacerlo es compartiendo nuestras contraseñas a alguien que gestione nuestra huella y nuestros bienes digitales post mortem. 

El pasado 4 de agosto se publicó una serie de adiciones al Código Civil de la Ciudad de México en las que reconoce las cuentas de correo electrónico, sitios, dominios y direcciones electrónicas de internet, archivos electrónicos (imágenes, fotografías, videos, textos); así como claves y contraseñas de cuentas bancarias o de valores y de aplicaciones de tecnología financiera, como bienes que se pueden heredar en un testamento.

Esta reforma legal establece que “los datos necesarios para el acceso a los bienes o derechos digitales podrán ser resguardados por el mismo notario en el apéndice del instrumento correspondiente al testamento o, en el caso de la actuación digital notarial a que se refiere la Ley del Notariado para la Ciudad de México, en un sistema de almacenamiento permanente”. 

Si la persona heredera no incluyó sus bienes digitales en el testamento, “el albacea o el ejecutor especial procederá de inmediato a solicitar su eliminación a las instituciones públicas y/o privadas que conserven dicha información a fin de salvaguardar el derecho al olvido a favor del autor de la sucesión”.

Hay que verlo con la misma lógica de los bienes físicos: si no se deja un testamento con nuestro inventario y a quién se lo vamos a legar, nuestro patrimonio, nuestra identidad e incluso la tranquilidad de las personas que nos rodean se puede vulnerar. Esto cobra mayor relevancia ahora que se ha emprendido un camino hacia el metaverso, donde la única diferencia entre la vida del mundo físico y el digital será el dispositivo con el que nos relacionemos con el mundo.

Esto es todo un reto en México, donde más del 90% de la población con acceso a internet cuenta con una red social, pero sólo un 6% de la población mayor de edad ya realizó su testamento, según el Colegio de Notarios de la Ciudad de México. Esto implica que debemos pensar en ejercer nuestros derechos y responsabilidades de contar con un perfil en estas plataformas, incluso las designaciones de responsabilidades después de la muerte. 

Y más allá de reconocer la importancia de incluir la herencia digital en los testamentos, quisiera hacer una reflexión sobre la importancia de volver a conectarnos, no con un mensaje y una felicitación genérica porque Facebook, LinkedIn o Twitter lo dicen, sino con una muestra de interés real, con un chequeo periódico de las personas que son o fueron alguna vez importantes en nuestras vidas, y con las que queremos conservar algún tipo de conexión. Que esto sirva para honrar a quienes seguimos con vida y a quienes se nos adelantaron en el camino.