El problema no es Chumel
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
Twitter: @yak3001

El problema no es Chumel
Chumel Torres. Foto: jrsnchzhrs/Flickr.

Contexto, plis. Esta semana surgió en las redes sociales el hashtag #AdiósRappi como un llamado a desinstalar la app. ¿Por qué? En su publicidad apareció el youtuber Chumel Torres y a muchas personas de la tuitósfera no le cayó en gracia pues, recordemos, se ha caracterizado por sus expresiones racistas, clasistas, machistas y misóginas.

Se preguntarán entonces: ¿por qué planteo que una figura como Chumel no es “el problema”? Primero, tenemos que ver a este personaje como un producto que ha encontrado su mercado en una sociedad polarizada: hay quienes se identifican con él (y quizás no se atreven a expresarlo públicamente si no es en el anonimato de las redes sociales) y hay quienes repudian tanto a él como a lo que representa, y tienen la necesidad de hacérselo saber. Pues sí, aceptémoslo: hay gente que se identifica y comulga con el youtuber.

Dicho esto, se preguntarán ¿qué estaban pensando los directivos de marketing de Rappi para lanzar una publicidad protagonizada por ese personaje? Tratando de encontrar la respuesta, recordé un foro que había organizado el Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (Conapred) llamado Racismo y/o clasismo en México, programado para el 17 de junio de 2020. En esa ocasión, la personas virtieron su inconformidad en las redes sociales y terminó por cancelarse.

La idea de integrarlo al foro era convencerlo “en vivo” de que sus opiniones y expresiones discriminatorias son un error y convertirlo en un ser políticamente correcto. Como si fuera un reality show.

Pienso que algo así pretendía Rappi: mostrar al mundo que habían convertido a Chumel de hater a evangelizador. ¿Por qué? En junio de 2021, el youtuber publicó un tuit donde aseguró que los repartidores de Uber Eats y Rappi “ya se convirtieron en una pinche plaga”. Honestamente dudo que Rappi tuviera fuera del radar ese comentario, por el contrario, querían capitalizarlo.

La diferencia es que Rappi no tiene como misión el prevenir la discriminación, sino vender, generar retornos a sus inversionistas, sumar suscriptores a sus servicios y mantenerse vigente frente a su competencia en delivery como Uber Eats y Didi Food, o incluso fintechs. Y la conversación generada alrededor de Rappi pudo ser uno de sus objetivos.

Los llamados a desinstalar Rappi escalaron al grado de que figuras como Regina Orozco o Kirén Miret (quien es propietaria una heladería) se sumaran al boicot #AdiósRappi. Sin embargo, dudo que Rappi no previera el rechazo que iba a venir porque la polarización y el odio selectivo también vende. Chumel lo sabe. Rappi lo sabe.

¿El problema somos las personas usuarias? Si bien como consumidores tenemos responsabilidad sobre lo que adquirimos, no podemos fincarnos culpas sobre decisiones como las tomadas por Rappi. De hecho, hacerlo es muy peligroso.

Quizás hay personas que se valen de la infraestructura digital de las apps de delivery para pedir medicamentos mientras pasan por una enfermedad, o habrá negocios y repartidores que solo subsisten mediante estas plataformas. ¿Vamos a rappishamear a quienes no desinstalen la app? O, caso contrario, ¿vamos a atacar a quienes pidan dejar de usar Rappi? Esto último ya está pasando: Karén Miret denunció en Twitter que ha sido blanco de amenazas tras anunciar el retiro de su negocio de Rappi.

¿Qué hacer ante esta situación? Veo difícil pedirle a Rappi un compromiso social cuando, al igual que sus competidores, se niegan a reconocer a sus repartidores como trabajadores, y su prioridad es generar valor económico a sus inversionistas. Mucho menos se debería negar la existencia de personajes como Chumel, pues sería negar la existencia de un sector social (y ya vimos las consecuencias de negar a los incorrectos en Estados Unidos: la era Trump).

Quizás debemos salir más a menudo de las cámaras de eco a las que nos han orillado las redes sociales y las plataformas digitales; y reconocer, respetar y tratar de entender las diferencias no con radicalismos sino como una gama compleja de colores, pero siempre haciendo valer los mecanismos de protección y sanción ante situaciones de discriminación, discursos y actos de odio.

Así, poco a poco podríamos comenzar por cambiar las condiciones del mercado y de alguna forma lograr que la polarización deje de ser un instrumento rentable en las estrategias de mercadotecnia. Suena complejo, quizás utópico, pero valdría la pena intentarlo. Ah, y claro que sería deseable un poquito más de sensibilidad y responsabilidad social por parte de Rappi (y las empresas en general) antes de capitalizar la intolerancia para su propio beneficio económico.