Historias de unicornios y soberbia
Gran Angular

Periodista interesado en medios, contenidos, periodismo y cultura. Colaborador, reportero y editor con experiencia en medios impresos, electrónicos y digitales. Maestro en Periodismo sobre Políticas Públicas por el CIDE. Beca Gabo en Periodismo Cultural y Cine 2014 y 2020. También habla mucho de cine. 

Historias de unicornios y soberbia
Foto: AppleTV

Las historias de emprendimiento que en su momento fueron calificadas como unicornios de sus industrias, en otras palabras los proyectos visionarios y únicos que cambiarían al mundo, podrían comenzar a ser presentadas en sus cada vez más numerosas adaptaciones a series de televisión como fábulas con moralejas incluidas.

Como sociedad bien podríamos aprovechar algunas de estas series e historias de entretenimiento para hacer una necesaria reflexión sobre la forma en que como sociedad y como individuos hemos sido seducidos y engañados por esos cantos de sirena en forma de emprendimientos como Theranos o WeWork, bajo la idea de que reinventaban el mundo o industrias enteras, que desafiaban el status quo, el sistema, lo convencional, lo establecido.

Esos dos unicornios terminaron siendo quimeras que exponían lo absurdo y ridículo de los procesos que llevan a startups a recaudar cientos de miles de millones de dólares en inversión. En los pasados meses, The Dropout (producción de Star+) y WeCrashed (de AppleTV+) llevaron hasta nuestros hogares las historias ficcionalizadas y dramatizadas de Theranos y WeWork. La primera protagonizada por Amanda Seyfried, la segunda por Jared Leto y Anne Hathaway.

Theranos y Elizabeth Holmes afirmaron crearían una máquina capaz de realizar cientos de análisis de sangre con una sola gota, en una máquina no mucho más grande que un horno de microondas. Holmes fue capaz de alterar resultados y mentir a pacientes con tal de seguir adelante en su quijotesco delirio de que eventualmente solo por pedirlo alguien lograría desafiar las leyes de la física y la lógica que impiden la fabricación de algo así.

WeWork y Adam Neuman aseguraban que era posible crear un nuevo ambiente de trabajo, que pareciera entre fiesta universitaria y Starbucks con infinitas y ridículas amenidades, cuyo modelo de negocio basado en exorbitantes gastos en alquileres de bienes raíces algún día alcanzaría un punto de rentabilidad. Más mentiras y soberbias sobre cómo realmente funcionaba la entrada y salida de gastos y lo que sostenía un espejismo de crecimiento y de relevancia.

Detrás de las historias de unicornios que se suponía serían estas startups están los retratos de sus creadores. Absortos en su soberbia y en la idea de que querer y desear algo es poder realizarlo. Que la retórica y el marketing valen más que la ciencia, la investigación o las bases sólidas de negocio.

Excéntricos que aparecieron en portadas y canales de televisión de todo tipo. Y luego fueron objeto de serias investigaciones periodísticas que transformaron estos supuestos oasis y paraísos en desiertos y cementerios. Historias reales de supuesta innovación, o el camino hacia la misma, que terminaron en el ridículo y el escarnio del fracaso absoluto. Realidades e ideas que solo podían existir plenamente en las mentes de sus creadores, incapaces de reconocer sus limitaciones o puntos ciegos.

Y que, admitámoslo, se trataba de personajes que fueron celebrados y aplaudidos por millones (y con millones) como los supuestos revolucionarios que después de un tiempo no supieron hacer otra cosa más que creer aún mas en sus propias visiones, sin importar qué tan desapegadas de la realidad de la ciencia o los negocios estaban. Deja mucho para pensar.