Racismo en el cotidiano
Poder Prieto

Afrodescendiente. Activista y defensor de derechos humanos. Con licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública por la FES Acatlán. Exbecario del gobierno de Estados Unidos en el programa The International Visitor Leadership Program (IVLP).

Twitter:@r_pavon

Racismo en el cotidiano
Foto: Pixabay

El racismo existe más allá de nuestros ojos, negarlo no lo extingue. El racismo ha sido un problema tan serio que, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos prohíbe, en su artículo segundo, la discriminación por motivos de raza y color (cabe resaltar que en aquellos tiempos todavía creían que existían razas humanas). Desde entonces, diversos tratados internacionales han abordado la necesidad de prohibir la discriminación en todas sus formas, incluyendo el color de piel. En México se establecen a nivel constitucional estas prohibiciones, siendo la Constitución Política de la Ciudad de México la más avanzada en la materia, al plasmar en su artículo cuarto lo siguiente: 

“Se prohíbe toda forma de discriminación, formal o de facto, que atente contra la dignidad humana… motivada por origen étnico o nacional, apariencia física, color de piel, lengua, situación migratoria… o cualquier otra. También se considerará discriminación la misoginia, cualquier manifestación de xenofobia, segregación racial, antisemitismo, islamofobia, así como la discriminación racial y otras formas conexas de intolerancia”.

Sin embargo, y pese a que en México tenemos un marco normativo amplio para combatir el racismo, no ha sido suficiente. El racismo continúa perpetuándose en la proliferación de “las ciudades dormitorios”, en la criminalización de las personas por el color de su piel, en el perfilamiento racial de la seguridad privada en los centros comerciales, en la discriminación cotidiana de restaurantes y centros nocturnos. Lo naturalizamos gracias a los productos audiovisuales que buscan imponer la blanquitud como estereotipo de belleza, convencernos de que es normal que las personas racializadas vivamos así: lejos, precarizadas, criminalizadas, segregadas, discriminadas… con miedo. 

Todo esto tiene impactos múltiples en la vida cotidiana de las personas, suele afectar negativamente la autopercepción, la salud emocional, la calidad de sueño, la consecución del proyecto de vida. De tal forma que el racismo se convierte en un atentado sistemático contra el libre desarrollo de la personalidad y contra la dignidad de millones de personas. 

Pero, así como negarlo no lo erradica, visibilizarlo no es suficiente. Es necesario reconocer la verdadera importancia de la lucha y resistencia de las comunidades indígenas y los pueblos afromexicanos; exigir acciones contundentes que frenen los proyectos de segregación y exclusión de personas racializadas. Es necesario exigir historias más responsables en los medios audiovisuales, exigir a esta industria y sus directores narrativas y personajes con las que nos identifiquemos desde la diversidad. 

Es necesario poner un alto desde el cotidiano a las palabras y situaciones racistas que nos oprimen y que enfrentamos todos los días. 

¡Es urgente despertar, abrir los ojos, porque el racismo mata… también a través de la miseria y la marginación!