Es obvio
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

Es obvio
Foto: Wikimedia Commons

Asombra que en una era de enorme incertidumbre como la nuestra, expertos y más de un observador casual se ostenten poseedores de gran certidumbre y seguridad. En los medios aparecen gobernantes absolutamente seguros de las políticas que han puesto en marcha frente a las crisis modernas de salud, economía y seguridad, cuyos determinantes están lejos de comprenderse a plenitud y son todavía motivo de exploración. En las páginas de opinión y en las redes sociales se presentan expresiones de profunda y vehemente convicción sobre el tipo de políticas que los gobiernos deberían adoptar. 

Un día cualquiera alguien brinda un diagnóstico de las dificultades económicas contemporáneas sin el menor rastro de duda. Alguien más pronuncia como obviedad que está en manos del presidente de Estados Unidos Joe Biden, o bien de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), detener la escalada en el precio de la gasolina, pero no tienen la capacidad o la voluntad para combatirla. Otros observan, dependiendo del lado de la frontera geográfica donde se ubiquen, designios claramente siniestros o benévolos en las políticas exteriores de Rusia, China, India, Arabia Saudí, Irán, Corea del Norte, Estados Unidos, la Unión Europea y un largo etcétera. Luego proponen “soluciones” desde la comodidad del sillón de la sala, el cubículo universitario o la charla de café.

A estas alturas del tiempo deberíamos saber mejor. Abundan líderes, políticas e ideas que se han estrellado una y otra vez con el inmisericorde muro de una realidad más compleja de la que atinamos a comprender o imaginar. Las políticas públicas son paquetes alternativos de costos y beneficios no siempre conocidos de antemano ni comparables entre sí.

En la década de los 60 era obvio para el gobierno de Lyndon B. Johnson que si los comunistas tomaban el control de Vietnam, sería la primera pieza del dominó ideológico mundial en caer y arrastraría a muchos otros países a seguir su ejemplo. El orbe capitalista enfrentaría así un desafío mayúsculo para sobrevivir frente al embate soviético. Para los economistas de ese mismo gobierno era también evidente que la economía podía conducirse como una nave, activando o desactivando botones para asegurar su crecimiento continuo. 

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Hacia la primera mitad de los 70, las obviedades de la década anterior dejaron de serlo. Estados Unidos perdió en Vietnam, pero no se escucharon caer las piezas del dominó. Los controles maestros que se suponía mantendrían la economía en crecimiento probaron su inefectividad frente al entorno de inflación y estancamiento, mejor conocido como estanflación. 

Y así en cada década. Ni las ideas de antaño funcionaron como se pensaba ni el mundo era el mismo. 

El afamado economista John Maynard Keynes observó en 1936 en su obra capital, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, que “es asombroso las cosas tontas que uno puede creer temporalmente si piensa demasiado solo, particularmente en economía”. Criticaba entre otras a la doctrina recibida –la supuesta obviedad– de la era sobre la forma de conducir la economía. El libro se hizo famoso por proponer una interpretación distinta de la realidad económica –desde una óptica menos proclive a encontrar infinitas capacidades autocorrectivas en los mercados– y sugerir cómo salir del atolladero de la Gran Depresión. 

Aunque sus críticos han señalado áreas donde el mismo Keynes quizá pensó demasiado solo y se equivocó en grande, su observación se sostiene y aplica a otras disciplinas y oficios: escuchar y contrastar poco a las incómodas perspectivas de los demás, desdeñar las insuficiencias identificadas por otros o suponer que se posee una conexión especial con la Realidad (así, con mayúscula) o la Divinidad, son solo ejemplos de las múltiples puertas de entrada a la equivocación sistemática.

Hace 2 mil 500 años, Sócrates andaba de preguntón por las calles de Atenas mostrando a los muy convencidos de lo “obvio” que en realidad no tenían tan claras las cosas. Por lo visto nos ha sido extraordinariamente difícil, si no es que imposible, asimilar su lección.