Exorcizar al macho: el orgullo LGBATTTIQ+
Rosa flaminga

Psicoterapeuta feminista, lesbiana tropical, me especializo en los avatares de la vida lésbica para resistir la discriminación y violencia sin que estas me sean ajenas, pues son parte del día a día.

Exorcizar al macho: el orgullo LGBATTTIQ+
Foto: Creative Commons.

En este mes del orgullo LGBATTTIQ+ duele ver que, en medio del brillo y lentejuela, de los colores y la alegría, se exhiba tanta violencia y discriminación misógina hacia las mujeres y personas LBTQ+, precisamente cuando se ha trabajado tanto por la libertad de vivir bonito, amar a quien queremos amar, de ser quienes somos, nombrarnos como queremos y exigir respeto por nuestras vidas. 

Queridos/es/as, este mes del orgullo LGBATTTIQ+ es un buen momento para exorcizar al macho interior. 

Puede que no exista una receta infalible para acabar con nuestro machismo, sin embargo, hay algunos puntos que han servido de guía para las personas que se han hecho responsables de detener sus prácticas de discriminación y violencia machista:

  • Detectar aspiraciones de supremacía machista 

Las verdades duelen y hablar de las aspiraciones de supremacía machista es una conversación incómoda, difícil y hasta peligrosa, ya que tan solo la mención de estos temas se percibe como una amenaza a esas masculinidades machistas y al sistema sexista. Sin embargo, para superar la crisis de violencia que nos aqueja, se requiere un profundo cambio en la subjetividad y colectividad de hombres para que la percepción de identidad y autovalía no dependa exclusivamente de la violencia hacia las infancias, mujeres y disidencias sexuales.

  • Cuestionar los costos de la membresía del “macho alfa”

En un sistema patriarcal y sexista podemos observar que las personas aspiran a ser parte del grupo opresor. Ante la promesa de gozar de cierto privilegio, se ven seducidos a exhibir virilidad, hombría o masculinidad como sinónimo de poder.

Ser un verdadero “macho alfa” (como se autodenominan algunos de estos individuos) requiere un alto grado de distorsión para facilitar la introyección de la violencia como medio para dominarse a sí mismo, además de aquellas personas que carecen de esos atributos. Pero ser un “macho alfa” no es una membresía de por vida, de hecho, mostrar evidencias de ser un verdadero “macho alfa” en una cultura feminicida, como la que impera en nuestro país, es uno de los detonantes simbólicos que propician una escalada en las prácticas de violencia hacia mujeres, niñas y personas LGBATTTIQ+.

Una supuesta afrenta que pone en entredicho la imagen y autovalía del macho conlleva una exigencia de recuperar su “honor”, usualmente a través de la violencia. 

  • Aceptar que todos/as/es tenemos interiorizado al machismo

Esa es la mala noticia, de alguna u otra manera, el machismo se nos ha filtrado hasta el tuétano, a lo más profundo de nuestro inconsciente. Es esa voz en off que nos va narrando-interpretando-representando. Del machismo nadie se escapa: hombres, mujeres, trans, intersexuales, lesbianas, bisexualas/es, gays, asexualas/es; vamos repitiendo patrones de relaciones inequitativas, pues el macho interior nos atrapa en ideas inflexibles de lo que somos, hacemos, deseamos y lo que permitimos o prohibimos a otras/os/es. 

Si bien todas la personas interiorizan cierto grado de machismo, hay que tener mucho cuidado con hacer esos discursos que minimizan la responsabilidad de los hombres y su papel como violentadores, pues no se puede equiparar el porcentaje de hombres violentos con el porcentaje de mujeres y personas LGBTTTIQ+ que ejercen violencia.

  • Confrontar nuestro papel en la violencia machista

Así funciona el machismo, como una estructura que nos va moldeando para repetir ese sistema de injusticia, en la que unos juegan el papel validado y justificado para controlar y dominar a quienes “les toca” estar en un papel de subordinación.  

Sin embargo, no estamos en la total indefensión ante el machismo, pues también podemos iniciar procesos de cambio a través de la reflexión y la toma de conciencia de las discriminaciones y violencias que ejercemos, recibimos o testificamos. Confrontar nuestro papel en la violencia nos deja sentir el peso de del machismo en nuestras necesidades vitales y nuestra relaciones, hasta llegar a un punto de quiebre en el que nos es necesario romper con esas opresiones.

  • Exorcizar al macho interior 

Para expulsar al macho interior hay que realizar una suerte de exorcismo de película, algo así como nombrar al diablo mayor y sus demonios para expulsarlos de nuestras narrativas. Si en la palabra no es fácil, imagina lo difícil que es sacarle de la cuerpa, corazona y mente, de nuestros sentires, pensares, acciones, omisiones, relaciones, placeres, deseos, prohibiciones, culpas, ansiedades, voluntades, sueños, anhelos.

Expulsar al macho interior nos desgarra, nos disloca las coyunturas y ligamentos, porque hay un gran cúmulo de lealtades, obligaciones, prohibiciones aglutinadas que nos forman/deforman, que se resisten a desaparecer incluso al arrancarlas de raíz, pues se multiplican y hunden los tentáculos adentro y más adentro de nuestro ser. 

Expulsar al macho lleva el riesgo de sentir que una parte de nosotres se muere también, pues esa es la historia que nos han contado y creemos a pie juntillas, de manera absurda y ridícula, porque la muerte del macho interior es liberación.

Exorcizar al macho interior es la potencia de vida para una/o/e misma/o/e y las/es/os otras/es/os.