La CIA, el viejo PRI y los sandinistas
Memorial

Periodista que intenta entender desde la complejidad. Conduce el noticiero Tendencias ADN40 a las 17:30 horas en la señal digital de este canal. Ha publicado reportajes de investigación en El Universal, BuzzFeed News, Aristegui Noticias, Emeequis y Radio Centro. Twitter: @maumondeo

La CIA, el viejo PRI y los sandinistas
Foto: Pixabay

Esta historia comienza en febrero de 1982, cuando Jorge fue detenido en Ahuachapán, un departamento salvadoreño localizado a unos 5 kilómetros de la frontera con Guatemala. Desde 1978, este hombre era militante del movimiento estudiantil sandinista y estuvo en la lucha armada del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que derrocó al dictador Anastasio Somoza Debayle.

Jorge no era su nombre real, era uno de sus alias. Hoy tiene una vida como profesor de ciencias en una universidad muy respetada de Sudamérica y prefiere no contestar a mis preguntas, pero esta historia no se trata sobre él sino sobre lo que confesó durante su detención, palabras que, una a una, fueron recogidas a golpe de máquina por la Agencia Central de Inteligencia (CIA en inglés) para informar a sus superiores en Washington.

En el documento obtenido para esta columna se dice que después de la victoria del FSLN en 1979, uno de los líderes de las juventudes sandinistas (identificado como Wilmer) ordenó a Jorge instalar una escuela de entrenamiento guerrillero en México. Este lugar fue llamado el “Instituto de Saltillo” y se ubicó en Coahuila.

Jorge estuvo en el “Instituto de Saltillo” de febrero a septiembre de 1981. En su confesión dijo que había 40 alumnos en la escuela: 20 eran salvadoreños, seis eran mexicanos y el resto eran nicaragüenses, además de dos instructores nicaragüenses y un cubano. “A los estudiantes les enseñaban técnicas sofisticadas de guerrilla, eran instruidos en el uso de varias armas y explosivos y eran entrenados en logística de guerrilla”.

Cuatro años antes de la detención de Jorge por las fuerzas salvadoreñas, el presidente José López Portillo no parecía muy convencido de apoyar al sandinismo a derrocar a Somoza. Así lo escribió en uno de sus diarios: “Hace tres o cuatro días, el sábado para ser preciso, me vino a ver el Embajador Lucey de los E. U. A. para invitarme, junto con Venezuela y Costa Rica, a hacer algo en relación con Nicaragua. Me mantuve, a pesar de la tentación contra Somoza, en la estricta tesis de la no intervención. No sé cuál sea el juego de Carter. Le retira su apoyo a Somoza. Se le infiltran los castristas, se asusta y parece querer legitimar con nosotros su acción intervencionista”.

Eso fue una anotación del 5 de septiembre y dos semanas después volvió a escribir del tema: “Me habla Roel de Washington. Los Estados Unidos quieren que México forme parte de una comisión que intermedie en Nicaragua, invitando a Somoza y a otros implicados, a constituir un gobierno provisional. Los yanquis ‘pusieron el coco’ y andan desesperados por que alguien se los desvista. Yo no. Que se hagan bolas. Ellos apoyaron a Somoza. Ya no les sirve y quieren un gato que ‘les saque las castañas’. No”.

Y aunque después cambió de opinión, con un papel decisivo de México en el triunfo de los sandinistas, las confesiones de Jorge recogidas por la CIA sugieren que el apoyo pudo haber ido más allá de los canales diplomáticos. El documento afirma que “él supo que había campos de entrenamiento similares en Jalisco, Zacatecas, Durango y Chiapas. Él reporta que estaban recibiendo ayuda del PRI”.

¿Qué hacía Jorge, un guerrillero nicaragüense, en la frontera de Guatemala con El Salvador? Según su confesión, en enero de 1982 el jefe de los instructores del “Instituto de Saltillo” (identificado como William) le informó que sería transferido a El Salvador, a un campo en el este del país y que su principal función sería entrenar a las inexpertas guerrillas salvadoreñas. Había planes para lanzar una ofensiva en El Salvador en octubre de ese año.

Jorge viajó con un grupo de otras nueve guerrillas, algunos con pasaportes y documentación mexicanos. Su salario mensual sería de 300 dólares y tendría que encontrarse con un contacto llamado David en las afueras del pueblo de Apaneca, ubicado en el departamento de Ahuachapán. Desde ahí, David guiaría a Jorge al campo de entrenamiento guerrillero.

Pero Jorge fue capturado por militares salvadoreños en el pueblo de las Chinamas, antes de llegar a Apaneca, y fue entregado a los detectives de la Policía Nacional para su interrogatorio. Él dijo llamarse Jorge y ser empleado de la embajada mexicana; cuando los policías lo llevaron a la embajada, esta tenía una puerta abierta. En ese momento el guerrillero preguntó a los empleados que estaban dentro del edificio: “¿Quién es Jorge?” y de inmediato fue ingresado a la embajada por otro hombre para protegerlo, quien le dijo a los policías que no podían entrar por ser territorio extranjero.

Según el documento de la CIA, la policía salvadoreña suponía que el individuo que tomó del brazo al guerrillero para salvaguardarlo en la embajada era el verdadero Jorge y que aquel utilizó su nombre para poder llegar a la sede diplomática, como la única manera de salvar su vida. Ese mismo día, otro funcionario de la embajada pidió asilo político para el guerrillero y otros dos salvadoreños.

¿Hasta dónde llegó el apoyo de México a los proyectos de expansión del FSLN? Aún quedan huecos para terminar de contar esta historia completa y este documento de la CIA es apenas un fragmento.

Lo que sí sabemos es a dónde llegaron el PRI y lo que ahora se hace llamar el sandinismo: uno en plena debacle electoral, con una propuesta sin sentido para armar a los mexicanos contra la delincuencia; y el otro con Daniel Ortega al frente de su quinto mandato como presidente de Nicaragua, en medio de traiciones a sus antiguos compañeros de lucha y de persecuciones a voces críticas dentro del país.

La historia del poder es también a veces la historia de lo absurdo, de las máscaras, de los que se miran en el espejo para no reconocerse más.

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