Soy actor, denme un personaje y una circunstancia y les mostraré el alma de (algunos) hombres (blancos)
Poder prieto

Actor de cine, teatro y TV, creador escénico y plástico. Es egresado de CasAzul Argos y de la Universidad De La Salle Bajío. Además es docente en algunas de las instituciones de profesionalización artística del país. Un prieto, nieto de mujer indígena, orgulloso, desobediente y disidente que encontró en el arte del actor una posibilidad compasiva y amorosa de entender al otro y, por tanto, al mundo.

@albertojuarezmx

Soy actor, denme un personaje y una circunstancia y les mostraré el alma de (algunos) hombres (blancos)
Foto: Pixabay

“Que no quede nadie que yo no logre ser. Quiero tener todas las patrias, vivir todas las épocas (…), tener todos los colores, hablar todas las lenguas. Quiero ser el grande y el pequeño, el sabio y el ignorante, el rico y el pobre, el rey y el mendigo. (…) Quiero ser actor, denme un personaje y una circunstancia y les mostraré el alma de los hombres”. 

Con esta pasión, Jorge Fons describe el ideal del actor: explorar y representar la experiencia humana. Al graduarme, venía junto a mis documentos este texto que sacaba lágrimas a los apasionados y nóveles histriones, ávidos de sumarnos a la escena nacional. Lo que nadie nos explicó es que en una industria dominada por el anhelo extranjero, la experiencia del sabio, el rico y el bueno está reservada para quienes tienen el fenotipo impuesto por el invasor, el resto debíamos conformarnos con ser el ignorante, el pobre, el irrelevante o el delincuente.

Todos los actores deberíamos poder representar todos los personajes sin importar color, nacionalidad o etnicidad, para eso estamos entrenados y nos valemos de herramientas como la caracterización ¿no?… Sí, deberíamos. Pero la realidad es que el manto de Tespis (ese que Occidente nos vendió como el primer actor, ignorando otras teatralidades más antiguas) no nos cubre a todos por igual. Ese es privilegio de los amparados en el sistema de poder, porque ni a mí ni a mis colegas racializados nos han llamado nunca para interpretar a algún personaje blanco, ni se nos ofrece la opción de blanquearnos como parte de la caracterización… al contrario, “no dar el casting” es la razón para ser excluidos. Alguna vez un director muy conmocionado me dijo que lamentaba mucho que yo fuera tan buen actor, pues nunca iba a hacer las grandes obras universales porque ni Chejov ni Shakespeare habían escrito para prietos o indios. 

Pero una vez más la dinámica de poder se impone y cuando esta industria ha querido apropiarse de la tradición, cultura e historias del barrio, de pueblos originarios o las experiencias de las diversidades, se vuelven paladines defensores del derecho creativo de sus blanquísimos elencos a “explorar el alma humana sin mirar colores”. Estas prácticas, por inocentes que parezcan, replican miradas exotizantes y verticales de problemáticas que desconocen, refuerzan el discurso de que este arte es exclusivo para los privilegiados, que no hay actores en los pueblos originarios y cuando hay, no merecen reconocimiento pues “estaban actuando de ellos mismos”. Cuando la empresa que monopolizó el entretenimiento y la compañía que representa el quehacer teatral del país replicaron prácticas como el brown o black face y lo defienden como una inocente caracterización, no solo exhiben el desconocimiento o, peor aún, la indolencia de los orígenes criminales de estas prácticas, sino que también refuerzan el estigma de que en México no hay negros, en un país que hasta apenas 2019 reconoció legalmente a sus comunidades afromexicanas. 

Creo firmemente que el arte del actor es el arte de la compasión, el rito de un humano que se pone en los zapatos de otros para contar su historia, sí, en un mundo ideal puede representar a cualquier humanidad, pero este aparato ha vuelto esta libertad exclusiva de quienes tienen de su lado el privilegio y mientras ese esquema no cambie, la ficción no nos exime de cometer actos y prácticas racistas. Estamos cada vez más habituados a mirar y escuchar narrativas sobre personajes hegemónicos, las historias de personajes racializados son menos, si esos pocos espacios los ocupan personas hegemónicas, se deja fuera de sus propias narrativas a los actores racializados, replicando una vez más un discurso de invisibilización y desplazamiento. 

Ha corrido tinta alrededor del impulso humano de representar y así como nos es vital, también lo es el ser representado, identificarse en lo que se mira para sentirse parte de una comunidad. Esta lucha es para que las nuevas generaciones no tengan que cuestionarse si se vale soñar con ser actor, que puedan identificarse con un superhéroe por sus facciones, jugar con una muñeca con su mismo color de piel, mirar a una heroína con sus mismos ojos rasgados, porque sí, nuestro trabajo inspira, transforma y dignifica, pero sobre todo pone acento en el reconocimiento de la otredad como punto de partida, agente de cambio y eso, en este mundo, nos hace mucha falta.