Que a nuestros troncos les crezcan alas
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Que a nuestros troncos les crezcan alas
Foto: Ana Mendieta, Ánima, 1977, registro fotográfico performático, Smithsonian American Art Museum.

¿No / fue / golpeada / acaso?/ sin / atmósfera, /

sin / cojín / de / contexto / que / amortigüe /

los / golpes, / sin / un / hombre / en / la / luna, /

pero / sí / una / mujer, / golpeada / y,

sin embargo, mírenla cómo brilla /

cada órbita suya / un abrazo sangriento /

de las mareas internas /

que circulan por todas sus /

hermanas allá abajo”.

Tanya Huntington

Los caballitos del diablo son damiselas aladas, de encendido azul cobalto y equipadas con dos pares de membranas traslúcidas provistas de nodos por donde corre la vida y se vuelve posible el vuelo elegante y veloz de alucinantes insectos con aura mágica. El tórax se articula en tres partes de forma mecánicamente eficiente, con una cautivadora apariencia, grácil y esbelta. Los grandes ojos separados al frente de la cabeza, junto con los tres ocelos que miden la intensidad de la luz y las antenas que proporcionan información sobre la velocidad del aire, los convierten en una verdadera maravilla de la ingeniería natural. La exquisita perfección de lo sublime, nacida en el agua y abierta a la vida en vuelo. Juncos, nenúfares y lirios por debajo; nubes, corrientes y rocío a los costados. Los machos suelen tener colores más brillantes y llamativos, metálicos y refulgentes, como pintados por polvo renacentista de lapislázuli o salteados de azul Klein en una danza aérea. Las hembras resultan ser un tanto menos llamativas, teñidas de tonalidades marrones o verdosas, ocasionalmente más alargadas y robustas. Un tercio de las hembras se presenta de manera engañosa: son andromorfas, lo que implica que imitan la coloratura de los machos para evitar el acoso de estos: con bastante frecuencia y por supervivencia biológica de la especie, hay una insistencia feroz en fecundar a la hembra, vaciándola del líquido seminal de parejas anteriores y obligándola a que deposite los huevecillos recién inseminados en la superficie acuosa, garantizando la paternidad de los nuevos miembros. Las hembras pueden, sin embargo, resistirse, defender su vida y elegir otro compañero o, simplemente, volar en libertad hacia otros tallos floridos, en un paraje acuático más luminoso y ligero, bastante menos violento. Algunas de ellas lucharán y, en el intento, verán destruidas sus alas para impedir el vuelo en dirección contraria y, en casos extremos, sus cabezas serán devoradas por el labrum de sus parejas, en un intento por retenerlas. Pero la mayor parte de ellas sobrevivirá planeando la emancipación. En ello, el feroz rostro de Natura. Tensión limítrofe entre escapatoria y persistencia.

Tirantez de supervivencia en campo expandido. Reunión de los límites de aquello que, irremediablemente, revienta. Desplazamiento de la tragedia como condición irrefrenable de la existencia. Ana Mendieta, vista desde la distancia histórica, parece haber olisqueado su muerte, presentido la atrocidad que palpitaba en su destino: se cubrió de sangre y permaneció inclinada sobre una mesa para manifestarse, a través de una performance, contra una violación infringida a una compañera universitaria días atrás. Amortajó su cuerpo desnudo con flores blancas en un sepulcro olvidado, se convirtió en corteza terrestre moldeada por barro y tierra, incendió su propia silueta y vació sangre de animal a las puertas de su hogar para evidenciar la indiferencia social imperante frente a la violencia, particularmente si la víctima era una mujer y formaba parte de una supuesta minoría racial. Teresa Margolles, en tantas instalaciones precisas y contundentes, enfrenta la mirada indolente y miope del espectador, a los carteles que exhiben los rostros de mujeres desaparecidas, donde el frágil papel mutilado, roto y desteñido, es metáfora del cuerpo transformado por la violencia, el abandono y el ocultamiento, al grado de convertirlo en un ente irreconocible y anónimo donde, a pesar de todo, persiste la memoria del ser humano violentamente arrancado de la existencia. Los rostros de esas mujeres, pintados, alterados, rotos e ignorados, hablan de sus vidas y de la biografía de una sociedad atroz. Una sola imagen de Camila de la Fuente cimbró el espíritu de un país al convertir la silueta tectónica México, en el cuerpo ensangrentado de una y todas las mujeres y niñas asesinadas, evidenciando la putrefacción tácita de una nación.

Debanhi Escobar y Luz Raquel Padilla no fueron asesinadas por la construcción abstracta del neoliberalismo. Nunca debimos conocer sus nombres, no supondríamos saber de ellas porque deberían caminar libres por la calle y atar sus cabellos al sentir el viento sentadas en la banca de un parque. En cambio, sus nombres ha pasado por las lenguas de comunicadores, jueces, ministerios públicos, peritos, forenses, deudos, colectivas, una ciudadanía indignada y un presidente que atribuye su asesinato y el de diez mujeres diarias, al hambre material de una política neoliberal. Un jefe de estado que ve el impacto de cierto periodo político de oposición, en la economía de un pueblo, así como en “lo material”. ¿La materia son los cuerpos violentados, asfixiados, mutilados y quemados de dos mujeres y miles más, cuyos nombres omite un estadista pero jamás olvidan sus familias? Pero es que ellas no eran materia, no señor, eran pensamiento, pulsión de vida, energía creadora, emociones a flor de piel, sueños e imágenes, flujo palpitante de existencia irrepetible. Conocemos sus nombres por la tragedia, pero ignoramos los de sus verdugos. Hemos visto sus rostros hasta el aullido de las lágrimas y la impotencia doliente, pero jamás el de sus victimarios. Ellos, hombres siempre anónimos, exculpados, con pruebas insuficientes, con evidencias poco concluyentes, con averiguaciones previas incompletas y carpetas de investigación apiladas por cientos de miles en el archivo muerto de un país enlutado. No, a ellas no las mató un sistema político, una serie de medidas económicas, ni el fantasma del pasado de antagonismo partidista: las mataron hombres con nombre y apellido, que sabían que podrían salirse con la suya, pasar desapercibidos, ser olvidados u omisos, seguir adelante con sus vidas por más de treinta años como el asesino de Liliana, la hermana llorada amarga y magistralmente por Cristina Rivera Garza en un libro que no es una novela, sino un canto a todas las mujeres de un país, a las que ya fueron asesinadas, a las que nos faltan y a todas las que podríamos correr con la misma suerte cualquier día a punta de navaja y estallido de metralla. Esos hombres se sintieron amparados por un torpe sistema de justicia, cobijados por un Estado fallido, acunados por un sistema patriarcal absolutamente violento y machista: florecidos en un país donde reina el terror, impera la corrupción y manda la más absoluta impunidad a todas luces permitida desde las más altas esferas del poder.

Comencé hablando de caballitos del diablo porque habría querido que Debahni, Luz Raquel, Ingrid, Fátima, Liliana, Mónica, Olga, Judith, Wendy, Mara, Victoria y todas las demás mujeres y niñas violentadas, asesinadas, desaparecidas, traficadas, abusadas, acosadas y aterrorizadas en México, vieran salir de su tórax dos pares de alas para volar en libertad, que sintieran crecer en sus mandíbulas una estructura para defenderse de sus depredadores y huir al viento cuando aún podían. Quisiera ver lo mismo en mi cuerpo porque temo por mi vida en un país que ha normalizado la violencia de género en su día a día. Escribo poesía para sembrar el suelo enlutado de flores y verdín, para desgañitarme gritando que no queremos más de herrumbre fúnebre y restos humanos imposibles de identificar. Uso la escritura, como Mendieta su cuerpo o Margolles la materia plástica, para exigir que las autoridades de esta tierra frenen la indolencia, la burla, el menosprecio, el reduccionismo, la exclusión y la omisión frente al mal mayor que ataca a una nación: su creciente marejada de irrefrenable violencia e incalculable horror. Se ha desbarrancado una nación, defenestrado un pueblo entero. No alcanzan los zapatos rojos y lo performático parece ya teatro del absurdo frente al luto que nos embarga y el horror que hora tras hora nos reclama. El proyecto político de nación ha llegado a su fin: es momento de ocuparse de los seres humanos, de las mujeres que engendran a un país de carne y huesos, de sangre y existencia real, ánima pura y concreción humana. ¡Que nos crezcan alas con cada palabra, que volemos juntas en libertad frente a la violencia que hoy nos hermana!