El derecho a no desaparecer
De Realidades y Percepciones

Columnista. Empresario. Chilango. Amante de las letras. Colaborador en Punto y Contrapunto. Futbolista, trovador, arquitecto o actor de Broadway en mi siguiente vida.

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El derecho a no desaparecer
Foto: Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México

Cada vez que escucho el spot publicitario de la Cámara de Diputados celebrando la creación del Centro Nacional de Identificación Humana (CNIH) a fin de garantizar a todas las personas desaparecidas el derecho a ser buscadas y localizadas, no puedo evitar sentir un sinsabor que me quita el hambre.

Es verdad que en el contexto de la crisis forense y de violencia que vivimos, la conformación de un centro que represente sumar los esfuerzos forenses de los colectivos de madres buscadoras, autoridades y sociedad civil es un logro y una respuesta urgente a una herida abierta que, lejos de sanar, cada día se profundiza y se hace más grande.

Es correcto pensar que se trata de construir una ruta con estrategias coordinadas, herramientas, bases de datos, especialistas, recursos y voluntades, para que podamos acercarnos a la identificación de miles de personas desaparecidas, a la verdad y a la justicia.

Por ellas, por ellos y por las más de 105 mil personas desaparecidas en el país, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, la creación del centro es un paso hacia adelante.

Pero, por otra parte, no puedo evitar pensar que crear un centro con dichas características y legislar el derecho a que todos y todas seamos buscados y localizados se trate de un fracaso mayúsculo de la sociedad que hemos construido.

Un logro ante un fracaso. Una serie de gobiernos desbordados por la incompetencia y un Estado que no logra dar seguridad a la población. Que no logra detener las ráfagas de balas, las sentencias de muerte en las calles, la extorsión, las masacres y la oleada creciente de desapariciones.

La creación del Centro Nacional de Identificación Humana es la evidencia palpable de una tragedia colectiva.

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Es la fragmentación de un Estado que ha sido incapaz de evitar la desaparición sistemática de hombres y mujeres. Una sociedad que normaliza los homicidios dolosos, la inseguridad, las distintas formas de violencia y la impunidad. Es la realidad que sepulta los discursos bajo toneladas de huesos calcinados.

Son las fosas comunes y clandestinas que siguen sumando cuerpos sin nombre y apellido. Son los gritos y lamentos de miles de familias que siguen formándose en la fila con palas y corazones rotos.

Así que, a pesar de considerarlo un logro dadas las circunstancias en las que vivimos, no me genera ninguna tranquilidad saber que tengo el derecho a ser buscado y localizado si mañana me matan o desaparecen.

Aquí lo que tiene que garantizarnos el Estado es la certeza de que nadie va a desaparecer. Que ni una sola mujer tenga que vivir el miedo de salir a las calles con el riesgo de ser violada y asesinada. Que las madres no tengan que desenterrar pistas arriesgando la vida. Que ni una sola bala perdida encuentre destino y la delincuencia organizada y desorganizada no vivan protegidas bajo el manto dorado de la impunidad.

Espero que cada día sean menos los cuerpos que identificar, que el centro dé buenos resultados y los familiares encuentren paz y justicia.

Que el sueño sea no necesitar un centro de identificación humana y que algún día se legisle, en la vida cotidiana, el derecho que nos garantice a todos y a todas a no desaparecer nunca. El derecho y la garantía a no desaparecer. Ese spot publicitario sí me gusta.

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