Al servicio de su majestad
Breve, pero a fondo

Periodista por convicción y formación. Con una trayectoria de 30 años, desarrolló su carrera en distintos medios, entre estos, Worldwide Television News, United Press International y Notimex. Fue corresponsal en Centroamérica, Colombia y EU. Ha realizado coberturas en México y el mundo. Colaboró por 20 años en El Universal. Coautor del libro Haití, Isla Pánico. Twitter: @jlruiz10 

Al servicio de su majestad
El rey Carlos III. Foto: EFE

Seguramente el pueblo británico aún recuerda el título de aquella película de James Bond Al servicio secreto de su majestad, aunque este filme se haya estrenado en 1969. Esto viene a cuenta porque la frase describe de alguna forma el sentir popular en esa nación tras la muerte de la reina Isabel II. En el ambiente pareciera que la consigna flotara y esto se pudo constatar por la fila que miles de personas formaron en procesión para despedir y dar tributo a la monarca, postrada en su féretro en el Westminster Hall, hasta el día de su funeral. Al servicio de su majestad no solo siguió vigente mientras vivía, si no que ahora parece haber cobrado mayor fuerza tras su muerte.

Todavía no terminan los actos fúnebres para despedir a la soberana de 96 años y ya el nuevo rey Carlos III aparece en la escena pública haciendo rabieta con detalles que parecerían ínfimos si se comparan con lo que le espera cuando esté al mando total de la Corona británica. Enfadarse por olvidar una fecha o por el tipo de bolígrafo y tinta para firmar un documento en el castillo de Hillsborough es irrisorio y hasta fuera de lugar: “por Dios, odio esta pluma”, “no puedo soportar esta maldita cosa”, “lo hacen cada maldita vez”. Así, entre maldiciones, Carlos III pasa su primera semana como sucesor al trono.

Sin embargo, eso de perder los estribos sin la menor intención de ocultar los enojos ante una audiencia numerosa pareciera ser ya un factor cotidiano entre las figuras públicas, incluso entre reyes o presidentes.

Aquí en México es muy común, por no decir normal, que el jefe del Ejecutivo también haga berrinches cuando alguien no dice estrictamente lo que él quiere escuchar y más aún cuando se atreven a criticarlo o a opinar contrario a lo que él piensa. Entonces no nos sintamos tan mal, ya quedó claro que en otras latitudes también existen gobernantes que aprovechan el poder para manotear y maldecir cuando la realidad no se ajusta a la suya.

La popularidad debería de medirse por los actos generosos que un gobernante lleva a cabo en su gestión, sin menoscabo de nadie y en favor de todos, así como por las acciones de unidad que empujen a una nación hacia su desarrollo y bienestar, pero en ocasiones ocurre lo contrario, mientras más caprichoso, beligerante u obstinado alguien sea, se encuentra más en la palestra pública y en boca de todos.

Difícilmente una persona cambia y hay ejemplos de sobra. Cuando menos en México, nuestro presidente refrenda cotidianamente esa frase que también él ha dicho alguna vez: “Voy derecho y no me quito”. Lo que en otras palabras podría significar que si te metes en su camino te va a embestir con todo el peso que el poder le otorga.

Entonces por qué no permitirle algunas maldiciones al nuevo monarca del imperio británico, si aquí, en un país democrático, donde sus gobernantes son elegidos por elecciones libres, se suele recurrir a la mofa y al insulto para hacer valer su verdad.

Por supuesto que lo que vimos con el sucesor de la reina Isabel II nos causó risa por las muecas que dibujó, sin embargo, el trato despectivo que mostró ante su esposa, la reina consorte Camila, y algunos de sus ayudantes, deberían ser tomados como datos de alarma.

Sin duda, el ejemplo de buena gobernanza, de trato igualitario y, sobre todo, el respeto a las ideas de los demás, es la base para que una nación avance en el camino de la cordialidad y en unidad. Veámonos en el espejo de ese episodio que sucedió en la residencia real en County Down, Irlanda del Norte, donde el rostro descompuesto de Carlos III mostró un lado que seguramente muchos no habían visto. Aquí, esas muecas las vemos en cada mañanera.

Corregir es más que válido. Ya lo dijo el presidente: cambiar de opinión también se vale. Al tiempo.

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