Romantizar el barrio
Poder Prieto

Es actriz y activista guerrerense/mestiza. Egresada de CasAzul, Artes escénicas Argos. Sus proyectos más destacados han sido La orilla de las islas, documental comunitario dirigido por Julio López, y Consensuados, miniserie de YouTube. Junto con compañeres fundó la revista digital El Rostro Negado MX. Ahora es miembra activa del colectivo Poder Prieto.

Twitter: @ketlra_

Romantizar el barrio
Foto: Pixabay

En la escuela nos enseñan que debemos amar a nuestra patria. Que morir por “nuestra gente” y nuestra tierra es lo más valeroso que puede hacer un ser humano y, sobre todo, unx mexicanx.

Nuestrxs abuelxs nos decían que conservar la raíz, hacerla valer y expandirla era lo más digno que unx integrante de esa tribu, familia o colectivo podía hacer. No hacerlo se considera traición, amerita el destierro e, incluso, la muerte.

En el barrio crecimos con esas dos consignas: morir por nuestra tierra y hacer valer a nuestra banda. Incluso si esa banda y ese espacio nos lastiman y nos frenan en muchos aspectos de nuestra vida.

Cuestionar las prácticas y violencias dentro del espacio al cual llamamos “barrio” no está mal, de hecho es necesario para poder entender realmente EL BARRIO, luchar contra aquello que lo ha colocado en el lugar en el que se encuentra, así como a su gente, y cambiar las cosas. Lo que está mal es romantizar y, principalmente, romantizar un terreno que no conocemos.

No te pierdas:¿De dónde venimos?

Romantizar el barrio es negar la realidad que hay dentro de él. Es borrar injusticias, desigualdades y violencias que se alojan en sus calles, sus viviendas y sus raíces que –como ya lo mencioné en algún momento– son muchas y diversas.

Romantizar el barrio, y que comúnmente esa romantización nace de gente que no pertenece a él, es violento para las personas que nacemos y crecemos ahí. No nos permite dar un paso al cambio porque, según esas voces que romantizan, hay espacios que deben seguir igual porque de otra forma no serían tan “llamativos” y, por ende, tan “vendibles”. Sobre eso les hablaré en otro momento.

Hay dos extremos, pienso yo: romantizar y negar. Ambas cosas no nos conducen hacia ningún lado favorable.

El barrio guarda en sus entrañas una serie de violencias que parten de una violencia mayor y cruel: el racismo sistémico. Ese racismo es el que provoca que haya más bandita del barrio que salga en las noticias como presuntos delincuentes, presuntos secuestradores, presuntos violadores, presuntos seres que solo tratan de sobrevivir. Y atacar ese mal mayor, el del racismo, tardará. Pero mientras tanto, hay banda que aspira a cambiar las cosas. Y si cambiar las cosas significa salir de ese sitio, ¿por qué llamarlos traidores?

“Quiero salir de aquí. Quiero tener una casa en tal colonia, rodearme de tales personas, hablar de estos otros temas y volver a casa cuando necesite volver, y no porque deba”. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Estamos cayendo en la trampa del “aspiracionismo blanco”? Probablemente. Pero a veces, sino es que muchas veces, entrar en la trampa es la única forma de poder destruir a la trampa misma.

En fin, les invito a no juzgarse por los deseos que vengan a su cabeza. Por las aspiraciones que tengan. Por desear mirar más allá, sin que eso signifique romper la raíz, porque lo sabemos de más: la raíz nunca se va a romper, y raíz que se quiebre al primer jalón, era raíz de hule. No estamos condenadxs a quedarnxs en la misma tierra que nos dio respiro. Las raíces sólo valen la pena si son capaces de resistir largas distancias y largos cambios.

Jamás estaremos demasiado alejadxs de aquello que si dejamos, extrañamos, y si seguimos ahí, deseamos no dejar.