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RacismoMX

Coordinadora de contenido. Cineasta trans que se enfoca en hacer proyectos sobre defensa de derechos humanos y grupos vulnerables. Trabaja en el área de producción y storytelling. Ha trabajado en comerciales, películas independientes y videos para corporativos y organizaciones. Su guión Tania sobre trata de personas fue nominado a mejor guión por el Festival de Cine de Oaxaca. TW: @Hija_Del_Mall

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Foto: Instagram keilasimpsonsousa

El pasado 1 de mayo se celebró en la Ciudad de México el Foro Social Mundial. Este evento reunió a personas defensoras de derechos humanos y activistas de todo el mundo para articular diferentes movimientos sociales. Una delegación de Brasil llegó a México por invitación del foro y entre sus participantes se encontraba Keila Simpson, mujer afrodescendiente de 55 años, activista trans y directora de la organización ANTRA, la cual ha luchado desde mucho tiempo atrás por los derechos de la población LGBT+ en Brasil, uno de los principales países con mayor número de crímenes de odio en el mundo en contra esta población.

A su llegada a México, Simpson fue retenida de forma arbitraria por parte de las autoridades migratorias mexicanas al no tener concordancia entre su nombre legal y su expresión de género y no tener a la mano los documentos que comprobaban su estancia como turista. Debido a la falta de protocolos por parte del Instituto Nacional de Migración para tratar personas transgénero sufrió violencias –como ser llamada con pronombres masculinos, siendo que es una mujer–, además fue detenida por aproximadamente 10 horas, sin traductor y al final fue deportada a Brasil. Keila, al ser una mujer trans y negra, fue leída como un cuerpo sospechoso por las autoridades migratorias, perfilando de esta manera su cuerpo hacia algo que es motivo de riesgo por no encajar en la norma. Si Keila fuese una mujer cisgénero blanca, ¿hubiera sido perfilada igual? La respuesta es no.

Lo que le sucedió a Keila no es un hecho aislado, ya que esto se repite en diferentes lugares de tránsito en todo el país. Recuerdo que en la Central Camionera México Norte, un grupo de agentes del Instituto Nacional de Migración llegaron a una sala donde había algunas personas con tonos de piel negra y morena a pedir documentos. La actitud de los agentes migratorios distaba mucho de ser amistosa para los presentes y su pretexto para estas acciones era detener a los migrantes ilegales. Ninguna persona blanca fue cuestionada acerca de su estado migratorio en la sala. De acuerdo con el Departamento de Estado de Estados Unidos, en México viven cerca de 1.5 millones de ciudadanos estadounidenses y según el Inegi casi el 37.8% viven como “ilegales”. Si el Instituto Nacional de Migración está consciente de estas cifras y lo que busca es detener la migración ilegal, ¿por qué únicamente cuestiona a personas no blancas su estado migratorio?

De acuerdo con estos perfiles, los cuerpos no normativos, negros, prietos y trans son sujetos de sospecha y criminalización. Este temor hacia las corporalidades no blancas y que pertenecen a las disidencias de género viene por una lectura que ha sido construida históricamente por un sistema impuesto donde lo único válido y deseable es tener un cuerpo blanco, hegemónico y que cumpla con los estándares de género normados. Esta representación de los cuerpos ideales se ha impuesto desde la época colonial, cuando lo ideal era alejarse de todo lo que era ser indígena y acercarse a las imposiciones culturales europeas, donde también entra el binarismo de género y anhelar la mezcla con los españoles para acercarse más a lo blanco y así poder “mejorar la raza”.

Esta imposición ha cambiado de forma a lo largo de la historia del país, pero al final el fondo siempre ha sido el mismo. Simplemente basta con echarle un ojo a la cultura pop mexicana para darse cuenta cómo las personas no blancas y con expresiones de género no normativas han sido representadas a lo largo del tiempo en revistas, películas y medios de comunicación en general. Este tipo de representaciones ha creado desde hace siglos en el inconsciente colectivo nacional una serie de estereotipos que se han filtrado a la realidad apoyando de esta forma las brechas de desigualdad social y problemas estructurales. Sin embargo, las representaciones mediáticas no son la única causa de esto, ya que la educación en casa, escuelas, aparatos de Estado, legislaciones y normas sociales han dictado qué cuerpos pueden ser de confianza y cuáles no.

Estas lecturas sesgadas de los cuerpos han creado la idea de que hay cuerpos sospechosos a los cuales hay que temerles, porque por el prejuicio que hay hacia estos fenotipos se cree que estos son los delincuentes, los que van a contagiar enfermedades y ponen en riesgo a las personas más blancas que se cruzan con ellos. Estas lecturas han traído consecuencias graves que van desde la falta de acceso a derechos básicos como el libre tránsito hasta la limitación del uso de espacios, como en el reciente reglamento del condominio Cumbres de Santa Fe que pretendía que el personal de servicio no saliera a las áreas comunes de los edificios violando los derechos de desplazamiento y laborales de las y los trabajadores.

Estas percepciones racistas sobre los cuerpos también tienen consecuencias en problemas globales que afectan al país. México actualmente vive una crisis humanitaria por la migración haitiana y centroamericana que buscan una vida mejor lejos de sus países de origen. Pero estos grupos migrantes se han topado con un sistema migratorio y jurídico hostil que muchas veces termina discriminándoles de forma violenta; pero ese mismo sistema pone una cara amable y amistosa para los ucranianos que quieren escapar de la guerra y venir a México a buscar refugio. ¿Por qué no mostrar ese rostro amistoso con los migrantes haitianos y centroamericanos también? Este rechazo lo único que da a entender es que para las instituciones gubernamentales hay una migración deseada, la cual es blanca, y una indeseable que hay que combatir. Esta perspectiva abre la puerta para que las poblaciones que cruzan el país desde otros rincones de Latinoamérica y el Caribe sean mucho más susceptibles a vivir agresiones que incluso han costado vidas.

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La lectura de los cuerpos sospechosos tiene evidentemente una connotación racista y México, al tener un evidente problema de racismo, cae en prácticas que terminan siendo discriminatorias y violentas. Es importante que el gobierno de México repare el daño causado a Keila Simpson, ya que durante las horas que estuvo en México sufrió severas violaciones a sus derechos humanos. En cuanto a las autoridades mexicanas, es necesario que dejen de ver a las personas no blancas y disidentes de género como sinónimos de peligro y garantizar sus derechos humanos, así como una estancia libre de violencia en el país.

Como mexicanas y mexicanos, debemos observar lo que está sucediendo sin el velo prejuicioso racista y transfóbico que nubla la vista ante la violencia que sufren estas poblaciones únicamente por su tono de piel o identidad de género. Es momento de reflexionar y dejar de cuestionar a los cuerpos no normativos y empezar a cuestionar más bien por qué estas lecturas de sospecha hacia ellos son aceptadas.