Lula, la marea rosa y la energía
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

Lula, la marea rosa y la energía
2 de octubre, 2022. Lula da Silva saluda con una sonrisa a sus partidarios. Foto: Ernesto Benavides / AFP

El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil confirma el viraje latinoamericano hacia la izquierda. Desde 2018, los candidatos de esta orientación han ganado la mayoría en las urnas en prácticamente toda la región, comenzando por México y siguiendo, en orden sucesivo, por Panamá, Argentina, Bolivia, Perú, Honduras, Chile, Colombia y ahora Brasil. Las excepciones corresponden a El Salvador, Uruguay, Ecuador y Costa Rica, cuyos gobernantes llegaron al poder con una plataforma de centro-derecha o simplemente intermedia entre los polos ideológicos.

El mapa político regional ha adquirido así diversas tonalidades de rosa. No es lo mismo el rosa rojizo (¿magenta?) de Cuba y Venezuela, intensamente autoritario y estatista, que los rosas pardos de Brasil o Chile, más democráticos y dispuestos a aceptar, con o sin entusiasmo, un sistema económico donde conviven empresas públicas y privadas. Pero es claro que se trata al fin y al cabo de una familia de rosas convertidos en marea que identifican a países cuyos gobiernos aspiran a promover su versión de justicia social alejándose del neoliberalismo, sea cual fuere su significado.

Todavía hace 15 años, cuando Lula iniciaba su segundo mandato, podía trazarse una línea divisoria entre los gobiernos de la región según su grado de entusiasmo con el modelo económico anglo-sajón. De un lado aparecían países colindantes con la costa atlántica, Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela, sin ánimo de ligarse a la propuesta liderada por Estados Unidos. Del lado opuesto se ubicaban los países con salida al Pacífico como Chile, Perú, Colombia y México, aunque no Ecuador. Esa diferencia contribuyó al fracaso de las negociaciones para una zona de libre comercio desde el Yukón hasta Tierra del Fuego. Hoy la línea divisoria ha prácticamente desaparecido.

Es factible que en algunos países de la región los resultados electorales signifiquen más un voto de castigo que expresión de fervor izquierdista. Para ningún gobierno ha sido fácil superar los estragos de la desigualdad económica, el crimen, la corrupción y la pandemia. Bajo esta interpretación, el predominio de la izquierda es más circunstancial que de largo plazo.

La versión latinoamericana del cambio corresponde a una tendencia mundial. Ni Estados Unidos ni Reino Unido conservan el entusiasmo por el modelo económico que impulsaron hasta hace una década. En Europa y Asia, que nunca se casaron a plenitud con la propuesta económica anglosajona, va en aumento la intervención estatal por razones económicas y de defensa. El mundo ha entrado en otra etapa.

Para el sector energético, el arribo de Lula al poder apunta hacia un estado más activo e intervencionista. Durante su campaña, Lula afirmó que revisaría las privatizaciones y ventas de activos de Eletrobrás y Petrobrás, derribaría el mito de que las empresas de propiedad estatal son malas y descansaría en la industria petrolera como un motor del desarrollo económico. Afirmó asimismo su intención de moderar el alza de precios de los energéticos aun cuando no sea bien visto por los accionistas privados de Petrobrás: “No puedo enriquecer a un accionista y empobrecer a un ama de casa local que pagará más por una bolsa de frijoles porque los precios de la gasolina han subido”. 

Es tentador atribuir esta agenda a una izquierda nostálgica, pero los gobiernos del Atlántico Norte están actuando de la misma manera. Invertir en empresas de energía, cobrar impuestos sobre utilidades extraordinarias e intervenir para moderar el alza en el precio de los combustibles y la electricidad son ya parte de la conversación cotidiana en Europa y Estados Unidos. El complejo entorno energético mundial impone una nueva agenda sobre los gobiernos en todos los continentes independientemente de su ideología.

Uno de los principales asesores en energía de Lula, el senador Jean Paul Prates, declaró hace un par de meses que buscarían expandir la capacidad de refinación de Petrobrás y ampliar sus operaciones produciendo energías limpias, de manera que se convierta en una empresa global de energía. De seguir por esta ruta, Petrobrás se alinearía con las grandes empresas petroleras privadas europeas que empiezan a presentarse más como productoras de energía en general. 

Está por verse hasta dónde el giro energético de Brasil reverbera en las políticas del resto de la región. La participación privada en Petrobrás fue referente para las reformas de Ecopetrol y Pemex, por ejemplo. Lo cierto es que la idea de que la energía es demasiado importante para dejarla en manos del mercado ha cobrado aún más vigor tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo.

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