Hay un plan
De Realidades y Percepciones

Columnista. Empresario. Chilango. Amante de las letras. Colaborador en Punto y Contrapunto. Futbolista, trovador, arquitecto o actor de Broadway en mi siguiente vida.

Twitter: @JoseiRasso

Hay un plan

Cuando jugaba de niño antes de iniciar el juego nos enfrascábamos en eternas discusiones. ¿Quién debería interpretar al personaje principal? ¿Por dónde íbamos a atacar al castillo? ¿Quién sería el primero en empezar? ¿Quiénes podían jugar? ¿Quién era el indicado para escoger el equipo? ¿Quiénes eran policías y quiénes ladrones?

Echábamos un volado, apostábamos la suerte en un piedra, papel o tijera; gallo o gallina o lanzábamos los dados a ver quién sacaba el número más alto.

Planeábamos y discutíamos cómo construir el fuerte más resistente con los colchones de la sala. Cómo comunicarnos con la casa del vecino con dos vasos de plástico y un hilo. Cómo hacer un sistema de alarmas a base de estambres y llaveros por si algún “robachicos” entraba por la noche a la casa. Jugábamos a planear.

Planes que quizás nunca se llevaron a cabo porque mi mamá nos llamaba a comer, teníamos tarea, cita con el dentista, alguien se enojaba o simplemente porque no nos poníamos de acuerdo.

Recuerdo que me frustraba no pasar la etapa de la planeación. No poder jugar. No tener ningún resultado.

Con el paso del tiempo me di cuenta de que parte del juego era eso, planear, aunque no se concretara nada. Éramos niños y planear una nave espacial para alcanzar la Luna eran parte del juego.

Pasados los años encuentro a un presidente como ese niño que todos fuimos. Emocionado planeando lo que le gustaría cumplir, aunque no lo logre ni tenga los conocimientos para hacerlo. 

Planea la gestión de gobierno con la misma ingenuidad y ocurrencias de un niño. Jugando con sus soldaditos de plomo, volando avioncitos de papel, levantando torres de naipes y la obsesión de no querer prestar el balón. Planea sin tener plan. Planea intenciones. 

Un niño perdido en un palacio que no sabe cómo salir entre tantos cuartos, que no pide indicaciones, que no sabe dónde está, pero que siempre dice, tener un plan.  

Esa respuesta evasiva. El escape. La nula rendición de cuentas. La magia para evitar las preguntas incómodas. El acto reflejo de quien no reconoce su propia incompetencia. La eterna promesa. El “no se preocupen, que hay un plan”

Señor presidente en el país no cesan los feminicidios: No se preocupen ya estamos trabajando en ello. 

Señor presidente no hay medicinas: No se preocupen que ya llegarán. Hay un plan coordinado con todas las áreas de gobierno.

Señor presidente las extorsiones aumentan, las desapariciones se siguen sumando, la violencia no para: No se preocupen que todos los días nos reunimos a planear cómo combatir la inseguridad. Es más, ya celebramos, con todo y pastel, la reunión número mil del gabinete de seguridad.

Señor presidente hay más pobres que antes de su sexenio: No se preocupen, acaso creen que no tenemos un plan.

Un plan. Hay un plan. Siempre un plan. 

A diferencia de cuando jugábamos a planear o planeábamos jugando; me aterra saber que nuestro país se gobierna por una pandilla de incompetentes que se la pasa planeando sin hacer la tarea y echándole la culpa al otro niño, al maestro, al que lo acusó, a la pelota o hasta al árbitro.

Un grupo de personas donde sus decisiones son tomadas bajo los efectos de una sobredosis de resentimiento al equipo contrario sin importarle los resultados.

Un presidente con actitudes de niño jugando con la vida de millones de mexicanos, un niño en berrinche jugando con fuego.

Pero no se alarmen, hay un plan, aunque todos sabemos que, en el fondo, tampoco lo hay.