Como una flecha salvaje (por el año que termina)
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

<strong>Como una flecha salvaje (por el año que termina)</strong>
Foto: Anita McIntyre, Blue print for a capital, cerámica pintada.

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y el tiempo estranguló mi estrella

sones de nenúfares ardientes

desconectan mis futuras sombras

un vaho desconcertante rellena mi soleado rincón 

la sombra del sol tritura la esfinge de mi estrella

las promesas se coagulan

frente al signo de estrellas estranguladas

y el tiempo estranguló mi estrella

pero su esencia existirá

en mi intemporal interior

brilla esencia de mi estrella!

Alejandra Pizarnik

Es esa luz larga a la mitad del día o los reflejos dorados que incendian en el invierno las pupilas. Son los recuerdos disparados como una bala que a penas alcanzan a olisquearse pero ahuecan el cráter del estómago y la costa de la nuca tapizada de conchas y guijarros romos. Son los críos crecidos, los viejos ya desmemoriados, los cuerpos engrosados o enclenques pero, sobre todo, son los sueños truncados, las sorpresas tomadas como toro por los cuernos y la embestida de lo que se citaba con la respiración, pero ni siquiera se intuía y llegó. Eso es la vida y la vida se mide, recuerda y añora, con el parámetro del tiempo, unidad rara para los de a pie, apasionante para los científicos y atemorizante para los amantes de vivir.

El tiempo de los seres humanos —tan corto pero contundente en algunas ocasiones, tan aparentemente longevo e insignificante en otras— es distinto del tiempo de la humanidad, estimado en 350 mil años según hallazgos arqueológicos recientes en Marruecos. También es distinto del tiempo de la Tierra —apabullante con sus cerca de 4.54 billones de años en fechado radiométrico de meteoritos y rocas lunares— del tiempo del universo —que Einstein consideraba sempiterno, pero Hubble demostró estar en expansión y, por ende, haber tenido un inicio que la astrofísica Jo Dunkley acercara a los 14,000 millones de años— y del tiempo mítico, ese tiempo de los dioses según cada horizonte cultural, época, cosmología y cosmogonía.

El tiempo de los individuos, que quizá nos atañe un tanto más a cada uno de nosotros, ya sea por prisa, miedo, ansiedad, melancolía o simple conciencia de finitud biológica es distinto, incluso, del tiempo histórico y, como no, del tiempo filosófico del ser enmarcado en reflexiones frecuentemente inaprensibles, avecindadas en el éter del conocimiento y circunstancialmente imposibles para el ser ocupado en sobrevivir las dificultades de la existencia cotidiana. 

En ese plano humano, digamos real, es múltiple también. En momentos de ansiosa espera o terrible incertidumbre, así como en instantes de extremo placer erótico o casi espiritual dicha amorosa, el tiempo parece extenderse y, por a penas un momento, eternizarse en la memoria, tatuándola inexorablemente: allende, el tiempo humano invade el tiempo divino y se convierte en perpetuidad ontológica y terrena. En cambio, en la cotidianidad demandante de actividades trascendentalmente insignificantes pero pragmáticamente necesarias (al menos eso parecen a la luz de la productividad, la demanda, la superficialidad y los fútiles caprichos del humano frívolo) el tiempo parece reducirse, encogerse, volverse una miniatura fantástica coleccionable y ser siempre insuficiente.

Ante situaciones límite y frente a los eventos incalculables pero decisivos, de atesorable vida o inevitable muerte, lo humano pareciera querer multiplicarse, ensayarse o evaporarse. Tantas veces anhela uno hacerse de un alma perennifolia (como si los folios fueran las hojas de la horas nuestras de cada día) cual cipreses, olivos o algarrobos, para verlo todo de lejos, sentirlo y compilarlo, sin daño alguno. Ser eterno árbol de fuego con flores solares y follajes helicoidales, flirteando con lo celeste.

Nuestras vidas, ya hablando en términos medibles y canónicos, se contabilizan, miden, comparan, enmarcan y rigen con base en la mesura de los años, en casi todo el orbe, a partir del almanaque gregoriano. El calendario solar egipcio, sustituido por el juliano, en el siglo XVI dio paso a la bula Inter Gravissimas, donde se instituía el calendario de Gregorio XIII que corregía un desfase de, más o menos, diez días para hacer coincidir el fechado con los meses lunares posteriores a la primavera y, de esa manera, fijar la Pascua en una fecha determinada. Así, los meses de siembra, cosecha, festividades y ritualización cíclica han estado, desde siempre, relacionados con mayor o menor precisión, con cuestiones astronómicas y mediados por humanos no necesariamente ligados al conocimiento de las ciencias y el universo, sino al control de los pueblos a través de la fe, con el salvoconducto del tiempo.

Las posiciones de los astros (dioses o animales que vigilan en grupo desde el firmamento), de la luna (satélite de lo humano, lo marítimo y tantas veces lo femenino idealizado y deificado) y del sol (estrella cuya radiación electromagnética permite y rige la vida humana en lo real y lo simbólico) mueven los hilos del tiempo y de la tierra (reino de lo humano aparentemente inabarcable, exhaustivo, en los últimos siglos diminuto y francamente devastado).

De cualquier manera, la medición calendárica de la vida es solo un parámetro de referencia. Nada más. El verdadero tiempo, crecimiento, envejecimiento y temporalidad de los humanos, como individuos y especie, se mide en función de sus experiencias de vida, con base en su propia noción del trayecto, en su comprobación tangible del transcurrir; más aún, en sus ideas, sus vivencias, amores, linajes, obras, huellas y cuerpos, tendientes al irremediable deterioro, envejecimiento y desaparición.

Ya, pues: el tiempo ha sido tanto pero es tan corto, para quien escribe y para quien lee, tan distinto de verse, establecerse, mesurarse y compararse; tan ambiguo, tan relativo, constante y variable, polvo eres y en polvo te convertirás y se convertirá todo lo que ahora se alza absoluto y victorioso, tiempo al tiempo porque al César lo que es del César y al ser temporal no le queda nada más que la posibilidad de ser uno, a penas por un instante, acotado pero pleno. No queda otra, entonces, más que ser tiempo y correr a ser, correr a transcurrir, transcurrir a traslucir y discurrir, escurrir y darse a beber por otros, beberse y ser, ser, ser, que ya es hora de ir siendo lo que a cada cual le de la gana y ganarse las ganas de ser en el tiempo.

El tiempo que se tiene es poco según ciertas mirillas del portón del porvenir y mucho anteponiendo los gloriosos caleidoscopios del placer más puro: en todo caso, el tiempo es tiempo y, como entidad finita, ha de evaporarse. Lo que queda es vivirlo. Zygmunt Bauman vio bien la liquidez de estos tiempos con vínculos evanescentes, relaciones esquizoides y condiciones que cambian a una velocidad supersónica: eso es, existe y lo sabemos de cierto en el poco sentido que poseen tantas cosas que para la humanidad antes fueron importantes y ahora se escurren y desaparecen.

El tiempo es una flecha, ya lo decía el físico Paul Davies, en cuyo trayecto todo se ha desordenado hasta volverse entropía: hay un antes y un después que son absolutamente distintos, asimétricos y cuya distancia se construye con instantes de referencia para, entonces, poder hablar de un pasado y un futuro. Lo incierto, en realidad, es el presente donde se realiza el ensamblaje: ese presente es lo único que nosotros, tú y yo, tenemos.

Yo te elijo hoy: para condensar cada gota del presente como un océano índigo por el cual remar codo a codo, a veces un tanto distantes, otras de la mano y las más, ojalá, en un abrazo que haga valer esto a lo que fuimos arrojados y que tanto nos intriga, apasiona o lacera: la vida. Horneo, en cúpula de piedra, una barcaza de arcilla blanca resistente pero sutil, como una hoja de papel doblada cuando niña, donde escribir lo que fuimos y, plenamente, anhelamos ser: vida bien vivida justo antes de naufragar. 

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