“Yo no olvido el año viejo…”
La terca memoria

Politólogo de formación y periodista por vocación. Ha trabajado como reportero y editor en Reforma, Soccermanía, Televisa Deportes, AS México y La Opinión (LA). Fanático de la novela negra, AC/DC y la bicicleta, asesina gerundios y continúa en la búsqueda de la milanesa perfecta. Twitter: @RS_Vargas

“Yo no olvido el año viejo…”
El Año Nuevo es una fecha llena de esperanza Foto: Envato elements

Las celebraciones de Año Nuevo eran para mí el pozole de mi abuela Enriqueta; mi tía Martha Vargas con su casete de “Yo no olvido el año viejo”; Bronco y “Que no quede huella” escuchado hasta la saciedad; el brindis con Manolo en Morelia; una gastada cinta de Agustín Lara en el autoestereo de mi Jetta; las caminatas en Cuemanco el primero de enero; las resacas del día después… 

A finales de la década de los 80, en los años tardíos de mi adolescencia, cada 31 de diciembre me escabullía a la media noche, cuando todos brindaban, para quemar el diario que había escrito ese año. Lanzaba el cuaderno cerca de una coladera, lo rociaba con alcohol y le prendía fuego. Lo hice cuatro o cinco años seguidos. Era una manera de purificarme y dar vuelta a la página antes de comenzar un nuevo ciclo. Hoy me arrepiento de ese ritual, porque me hubiera gustado leer cómo pensaba por aquellos años.

Desde hace algún tiempo, el Año Nuevo ha dejado de tener un significado especial para mí, porque pienso que uno cierra ciclos, de manera indistinta, en varios momentos del año. Por ejemplo, cuando te levantas de una enfermedad, firmas el contrato para un nuevo trabajo, terminas o comienzas una relación o te cambias de casa. Pasar la página de un calendario, de esos viejitos que atrás traían chistes malísimos, refranes o alguna receta de cocina, aquellos que regalaban en las carnicerías de barrio o en los talleres de reparación de calzado, no deja de ser emocionante, pero para mí es un mero trámite.

El año que terminó hace unas horas tuvo varios comienzos para mí. No dejo de pensar que a finales de 2021 vivía en otra ciudad, estaba desempleado y no sabía con certeza qué iba a hacer de mi vida, en muchos sentidos. Hoy cumplo nueve meses en un nuevo empleo, esta columna está a punto de cumplir un año, regresé a mi ciudad, me entregaron el diploma de un diplomado que cursé en 2020, hice otro de escritura creativa y tengo un libro publicado de manera independiente.

Han sido 12 meses de reinventarme constantemente y no dejar de crecer, de recuperar amistades, dejar otras en puntos suspensivos, de consolidar viejos afectos y mandar a la basura todo aquello que me hacía mal. Retomé la actividad física de manera regular y terminé el año con ocho kilos menos de los que tenía el 1 de enero pasado. Más allá de los evidentes cambios físicos que cuatro sesiones de crossfit a la semana han hecho en mi cuerpo desde septiembre, a veces me veo en el espejo y no me reconozco. Tengo más canas, mis ojeras son más pronunciadas y de los 16 pelos que me salen de barba, la mitad son blancos. Pero he vuelto a sonreír. A pesar de las dificultades del día a día, hay un hombre de 51 años que mira el futuro de manera positiva y desvergonzada. A veces hasta cínica. Desde septiembre, después de las réplicas ridículas del terremoto que me dejó sin departamento hace cinco años, me he reído más que nunca y se me comienzan a marcar algunas líneas de expresión de tantas carcajadas. Además, me he dado cuenta que mi corazón no estaba tan oxidado ni maltrecho como pensaba gracias a Clo. Al Barba le doy las GRACIAS por darme un 2022 sin enfermedades ni lesiones y le pido que nos regale fortaleza y salud para el 2023.

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Este 2023 será un año muy importante para consolidar todos los cambios positivos que tuvo mi vida el año pasado. Para seguir creciendo junto a mi hija, para disfrutar a mi madre, mis hermanos y mis amigos, para pensar un poco menos en mí.

No quisiera despedirme del 2022 sin recordar a las personas que ya no están, como mi querida tía Victoria y el Gordo Julio. Le dejo un abrazo afectuoso a Baldo Muñoz, Gerardo Flores, Enrique Carrillo, Marilú Acosta y Manuel Guillén, amigos todos, que sufrieron pérdidas importantes durante este año.

¡Feliz Año Nuevo!