Cada quien su Fitzcarraldo
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Cada quien su Fitzcarraldo
AD_AgnesField

Palacios sobre tumbas.

Tumbas sobre palacios,

como plegarias, vida replegada,

segada entre el más ruidoso silencio

y precisos sonidos de derrumbes. 

Bárbaros contra libros seculares.

Toda precariedad es palimpsesto

pálido de irreparables llagas.

Como a Sócrates su daimón me digo:

alguien debería hacer todavía más música.

Ida Vitale

Para mi madre fue la metáfora de subir una caja de veinte litros de leche hasta el cuarto piso del edificio; dentro del mismo cartón estaban contenidas sus culpas y remordimientos, mandas que engulló porque así tocaba. Para mi abuela, tan pequeñita y enfermiza, fue cargar a su madre quien, para entonces se había hecho de carnes mórbidas que la imposibilitaban de andar, para meterla en la tina y asearla con agua de azahar; en aquel peso muerto estaba aprisionada su depresión, contrapunteada con un catolicismo culposo y patetista. Para mi otra abuela fue llevar el peso de tres críos en un taller de cortinas de casa y cortinajes de mansiones señoriales; en cada lienzo de terciopelo, tergal o gasa, se ocultaban, pliegue a pliegue, sus sueños frustrados y los rencores que, no sabía, pero le guardaba a una vida tan dolorosa y pesada, cielo plomizo en un domingo apagado por la rabia.

Para mi bisabuela fue cargar con la vergüenza, ella que había sido criada tan digna y púdica, señorita decente y de buena familia de hacendados zacatecanos; la vergüenza de haberse quedado sin marido y sin dinero, de haber enterrado dos hijos, uno de meningitis y la otra de sífilis, y ahora ser el lastre de su hija adolescente, tener que coser ajeno en un mundo que ya no comprendía porque se había quedado sin Dios y sin ajuar de casa sagrada. Supongo que yo no tengo un Fitzcarraldo, pero  el de esas mujeres me edificó como balsa piedra y hoy me esfuerzo en construir para dar a esta existencia un potente significado: levantar una ópera en medio de la Amazonía peruana, cueste lo que cueste, así signifique cruzar por la tierra entre dos ríos un inmenso barco de vapor que, en el camino, ha perdido la gloria que alguna vez la mente creó para asirse a la vida que pasa: anhelo embestir, no sólo pasar, con la furia que da la felicidad de saberse en el vértigo de estar siendo, con la fragilidad de una membrana.  

La referencia, como puede adivinarse fácilmente, proviene de la cinta dirigida en 1982 por un jovencísimo Werner Herzog. No se trata necesariamente de levantar una embarcación de decenas de toneladas por la selva, sacrificando las vidas anónimas de jíbaros en una épica que, debajo de la evidente ambición colonialista, ocultaba la necesidad de un hombre (acaso de todos los seres humanos) por vivir y que, esa vida, significara algo. No es lugar este para  reflexiones decoloniales o anti imperiales y, mucho menos para juicios morales, sino una mesada limpia, un friso para pensar en eso que puede llamarse ambición, fantasía o sueño, pero también obsesión, culpa, sino o lastre; barcas, buques o botes, que no sólo nos transporten por la vida, sino que se conviertan en el leitmotiv de ésta, la que cada quien palpita mientras el destino así lo manifiesta.

Ese verso, expresión o figura que se desarrolla de distintas formas y se repite a intervalos, regulares o irregulares, soportables o verdaderamente intolerables, nunca desaparece de la obra que todo ser crea: la llamada vida. Estamos a tiempo, tú y yo, de que nuestro Fitzcarraldo sea el de la belleza, el placer, el amor, la reciprocidad y la ciudadanía, que aunque parezcan antagónicos o incompatibles, sí que son posibles de conjugar haciendo a un lado la podredumbre que, inoculada o nata, bien que reconocemos en nuestro ser. Cada Fitzcarraldo será del tamaño que deba ser, grandilocuente o íntimo, ermitaño o portento cantado a voz en cuello, eso ya se verá y es elección absolutamente particular. Pero sí que es momento de convertirlo en algo completamente propio, independiente de codicias terceras y rémoras, sobrecargas y contrapesos. 

La artista Agnes Denes es la metáfora perfecta de un Fitzcarraldo edificado, trasladado y puesto a flote, con la abrasadora fuerza de la poética del amor. En 1982, decidió sembrar y cosechar varias hectáreas de trigo junto al hoy extinto World Trade Center, en Manhattan. El terreno, naturalmente, estaba valuado en miles de millones de dólares, poseía una trascendental relevancia mercantil, simbolizaba todo el poder del capitalismo más salvaje y era disputado por los mayores emporios del momento. Denes, sin embargo, sembrando y cosechando junto a otras personas que participaron en ese performance de land art, logró lo imposible: no sólo hacer crecer un sembradío en medio de uno de los entornos urbanísticos más poblados y distanciados de lo rural, sino demostrar que cualquier sitio, incluso en el corazón rampante del capitalismo, es posible de transformarse, hacerse florecer y dar noble alimento, si se hace en la forma de una sociedad participativa, justa y, sobre todo, donde se antepongan el amor y el respeto al otro.

En un espacio que hubiera servido para enriquecer desmesuradamente a unos cuantos, creció trigo para alimentar (potencialmente) a cientos: nació un terrenal sol dorado que iluminó la posibilidad de revertir el orden imperante por uno más equilibrado, justo y verdadero. Que quede aquí la pregunta sobre la obra que cada quien desee levantar con sus días, cosechar con las manos puestas en tierra y remar con el amor de la poesía: a darle, con toda el alma, a la vida que nos llama.