Pa 30: el poema oculto en una nebulosa
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Pa 30: el poema oculto en una nebulosa
La nebulosa de la tarántula puede revelar secretos sobre el origen de las estrellas. Foto: Cortesía NASA

Si bien se piensa,

la llanura del cielo

color no muda:

pero es claro el otoño

en la luz de la luna.

Fujiwara no Teika

En el año 1181 el poeta japonés Fujiwara no Teika escribió cien poemas que, en adelante, marcaron el ritmo y rumbo de la poesía de aquello que, desde Occidente con cierta extrañeza e ignorancia llamamos Oriente. Se trataba de la Centena del aprendiz. En la mayoría de aquellos poemas, consigue una vinculación cautivadora entre el paisaje que lo rodea y el estado de su alma, logrando una subrepticia introspección que impacta secretamente al lector, incluso de este tiempo. La prístina luna, los cerezos en flor de la primavera, un estanque donde los patos flotan mientras el poeta se ahoga en el dolor de la existencia en tierra firme; las colinas nevadas, el sagrado árbol sakaki, el futuro que se avecina con la exclusiva certeza de que nadie habrá de recordar el pasado y, mucho menos, a quienes en ese momento habitemos la insondable memoria del anonimato. Ahí abreva la poesía de Teika, que supera cualquier prueba espacio temporal y hace sucumbir, incluso, al  líquido espíritu, por llamarlo de algún modo, ultramoderno. 

A punto de sumergirme en la anestesia de una intervención quirúrgica, miraba una lámpara inmensa que iluminaba en demasía el blanquísimo quirófano, mientras contaba regresivamente en voz alta, según las indicaciones médicas. El dolor había sido tan intenso y sordo, que casi no lo sentía más y, al paso de los segundos, la aséptica luz comenzaba a perecer una estrella. Había llegado hasta ahí después de correr doce kilómetros por Paseo de la Reforma, dejando todo atrás: el matrimonio infeliz, el deber ser que dictaba el entorno social y, sobre todo, lo que hasta entonces había imaginado acompañaría al devenir en el que, si bien nadie sabría de mí, yo suponía cierto grado de felicidad y calma. En la carrera, de fondo y a velocidad creciente, había soltado esas amarras y algo en dentro mí había explotado, colisionando los órganos dentro de la cavidad abdominal e impactándome con el exterior que, impávido, seguía su propio ritmo y rodeaba mi explosión: el mundo no era más contención, sino albergue, telón de fondo para el nuevo albedrío. Antes de caer en el letargo subterráneo de la narcótica dormidera clínica, pensé en el poema de Teika y contemplé la gran estrella operatoria, abandonada al incontrolable azar de lo que viniera para mi cuerpo y mi recién determinado espiritual salto al vacío, a la Yves Klein.  

Hace un par de días, una peculiar coincidencia llamó mi atención. Una nota en la primera plana de un diario de circulación nacional, revelaba que el astrónomo Robert Fesen acababa de captar la imagen de filamentos estelares que revelaban la colisión de dos enanas blancas estrellas casi moribundas, débiles pero con una espesa masa, que generaron un estallido estelar que hoy roza nuestras pupilas con la potentísima belleza de la cual sólo es capaz la naturaleza astral.

La extraordinariamente hermosa y poética imagen del choque, tuvo lugar en el centro de la nebulosa Pa 30, una densa región del universo compuesta, para los físicos estudiosos, por gases como helio, hidrógeno, azufre y argón; para quienes recibimos la imagen telescópica con la mirada limpia (o ignorante) de ciencia, se trata de un fragmento de maravilla, magia pura, revelación mística. Lo absolutamente remoto, ubicado a años luz, llega hasta el presente con una abrumadora belleza, capaz de recordarnos, con su poesía, la finitud y pequeñez de la existencia humana pero, también, la inmensa dicha de poder vivirla para dar cuenta de este tipo de prodigios. Caigo en cuenta; no he explicado la coincidencia. Resulta que tal explosión hace eco en las miradas telescópicas terrestres el día de hoy, pero tuvo lugar en Pa 30 alrededor del año 1181, el mismo en que Teika escribiera el poema lunar que me llevaba a la analgesia y que, en realidad, me despertaría del sopor de quien había sido y no deseaba ser más. Colisión terrestre, colisión astral. Encuentro y choque, hallazgo y colapso, concordar para discrepar y, entonces, ser en paz.

La revelación del choque de esas dos estrellas a punto de morir, ocurrida el mismo año en que un poeta japonés miraba lo más alto del cielo para escudriñar dentro de sí mismo y la coincidencia de que, desfalleciendo yo, pensara en eso, es la supernova que, en ocasiones, el ser aquí necesita para hallar sentido, incluso si éste es arrojado desde una imagen —o el poderoso reflejo de ella, porque el choque real ha ocurrido y desaparecido ya— a años luz. Lo que hoy resplandece con prístino y reluciente vigor en el horizonte, pronto se desvanecerá hasta esfumarse y ser recuerdo, memoria cautiva de lo que alguna vez fue importante. O no: quizá nadie mire, pero ello no anula el fenómeno porque el destello verdadero sólo puede surgir del encontronazo más absolutamente interior.  

También, cerca de 1881, Qu Ding pintó con tinta sobre seda, en China, el Verano en las montañas que hoy expone el Met de Nueva York. Los grandes montículos, peñascos majestuosos que hacen de telón de fondo a la ribera, la boscosa costa, el sinuoso cuerpo de agua y las embarcaciones de vela, funcionan como un imán para perderse en el interior de la tela y hallarse con uno mismo, efecto introspectivo de la contemplación. En el cielo las inscripciones me resultan culturalmente ajenas, pero imagino, mirando ese horizonte fijamente que, a unos cuantos kilómetros, Teika escribía sobre la claridad celeste y, a años luz de distancia, las dos enanas blancas se impactaban titánicamente para, en su deceso irradiar la luz que ha viajado hasta el telescopio Hiltner y, de ahí, al diario que leo por la mañana, con los ojos llenos de madrugada blanca y la certeza de que el arte también se da así: de forma misteriosa y en mensajes entretejidos que esperan codificarse.