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La diplomacia bajo asedio
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

La diplomacia bajo asedio
Ecuador bandera

La invasión a una embajada no es insólita, pero sí es muy poco común -por no decir rara- una operación como la del gobierno ecuatoriano contra la embajada de México en Quito. La enorme mayoría de las invasiones y sitios a embajadas corresponde a actos de protesta o terrorismo, casi siempre desactivadas por las fuerzas de seguridad del país anfitrión.

Conforme a una reseña de la Rand Corporation, el renombrado centro de investigación de estrategia y políticas públicas, durante los convulsos años setenta 43 embajadas en 27 países fueron tomadas por terroristas y cinco fueron objeto de intentos infructuosos de penetrarlas, sin contar incidentes de saqueo u ocupación temporal. Casi la totalidad de los ataques violentos en la primera mitad de esa década corrieron a cargo de grupos palestinos en territorio extranjero, enfocados en las embajadas de Estados Unidos. La mayoría de los ataques de la segunda mitad de la década tuvieron lugar en entre 1978 y 1980 y respondieron a la situación política de El Salvador, donde ocho embajadas fueron ocupadas por la guerrilla, e Irán, donde destaca la memorable invasión y toma de rehenes después del triunfo de la Revolución Islámica. Vistas en conjunto, América Latina lideró en esa década la toma de embajadas, seguida de Europa y después Medio Oriente.

En dos tercios de los casos, los atacantes presentaron demandas al gobierno del país anfitrión más que al de la embajada, y en la mitad de ellos, tuvieron el objetivo de exigir la liberación de prisioneros. En un episodio notable de 1980, dieciséis guerrilleros colombianos del M-19 invadieron la embajada de la República Dominicana, secuestraron a 15 embajadores allí presentes para la celebración de la independencia dominicana, incluido el de Estados Unidos, y exigieron la liberación de 311 once guerrilleros presos y el pago de 50 millones de dólares por parte del conjunto de los países de los embajadores secuestrados. Al final del sitio, más de dos meses después, obtuvieron 2.5 millones de dólares, fracasaron en el objetivo de liberar prisioneros y se beneficiaron del asilo ofrecido por Fidel Castro en Cuba.

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Otro reporte de la Rand encuentra que las embajadas occidentales sufrieron ocupaciones en 33 ocasiones entre 1979 y 2019, sin contar bombardeos, balaceras o algún otro tipo de atentado. La enorme mayoría de los ataques fueron dirigidos a embajadas de Estados Unidos (El Salvador, Nicaragua, Macedonia, Serbia, Libia, Túnez, Líbano, Siria, Baréin, Arabia Saudí, Yemen, Irán, Sudán, Pakistán, Corea del Sur), pero también fueron invadidas embajadas de Reino Unido (Irán), Alemania (Sudan), Japón (Perú), Israel (Cairo), Italia (Libia), Dinamarca (Siria y Líbano) y Noruega (Siria).

La reacción de las fuerzas de seguridad del país anfitrión resultó en que la mayoría de las invasiones duraran dos horas o menos. La toma de rehenes brindó cada vez menos resultados para los atacantes, en parte porque los países aprendieron de la experiencia de Estados Unidos en Irán y se adaptaron las instalaciones y procedimientos para reducir la efectividad de ese tipo de agresiones.

La invasión de la embajada de México en Ecuador no encaja con los casos anteriores porque fue llevada a cabo por un estado, no por un grupo guerrillero o por ciudadanos en busca de asilo, como ocurrió durante los golpes militares sudamericanos. Se asemeja, aunque lejanamente, a los demás episodios en tanto su motivación fue cambiar la situación legal de uno o varios individuos, en esta ocasión de un político asilado a criminal (las guerrillas habrían buscado liberar a prisioneros). Como sea, se trata de una aberración y una flagrante violación al derecho internacional, como se ha enfatizado en medios y como múltiples gobiernos lo han expresado.

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Reconforta la reacción unánime de los gobiernos latinoamericanos contra el gobierno de Ecuador, pero no deja de ser inquietante que los dimes y diretes estén tomando prominencia en las comunicaciones entre presidentes y gobiernos de la región. El lenguaje de las redes sociales, con su simplismo, estridencia y falta de inteligencia emocional, parece estar tomando como rehén al lenguaje que se esperaría de los gobernantes. Esa ruta de descalificación mutua no solo es contraria a los principios básicos de la política exterior -de respeto a la soberanía y la no intervención que son referente desde los acuerdos de paz de Westfalia de 1648-; carece además de un destino feliz, como lo ilustra el reciente incidente en Ecuador. Si a los diplomáticos no se les deja practicar la diplomacia, si las sedes diplomáticas son violadas porque tal o cual circunstancia no satisface a un gobernante, se restringe el espacio para el diálogo, la cooperación y la construcción de la paz. La desembocadura bien puede ser la erosión del respeto a las diferencias y una mayor polarización de la política regional.

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