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El futuro de la historia del petróleo en México
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

El futuro de la historia del petróleo en México
Refinería de Petróleos Mexicanos de Deer Park, Texas. Foto: Especial

Si en la segunda mitad de este siglo alguien se diera a la tarea de escribir la historia petrolera de México, ¿qué diría sobre los últimos 50 años? El periodo cubre treinta años de bonanza de producción, cuyo término llegó en 2004, y los años subsecuentes de declinación prácticamente ininterrumpida, todavía vigentes. ¿Aprovechó el país bien la riqueza petrolera o la sobreexplotó y malgastó? ¿Por qué no pudo sostener los niveles de producción que alcanzó hace 20 años? ¿Por qué, fuera de la extracción de crudo, las operaciones de Pemex arrojaron pérdidas sostenidas? ¿Fue el petróleo una palanca para el desarrollo nacional, como lo plantearon prácticamente todos los gobiernos de esta época, o un obstáculo?

La historia sobre la producción petrolera sería quizá la menos compleja de integrar. La técnica y la suerte se encontraron a principios de los años setenta para brindar a México uno de los premios mayores de la epopeya petrolera mundial: el enorme yacimiento de Cantarell, el segundo más grande del planeta después del Gawar de Arabia Saudí. Los expertos de Pemex terminaron de conectar diversas fuentes de información, a partir del testimonio brindado por el pescador Rudesindo Cantarell sobre la presencia de manchas de “chapo” o crudo en la sonda de Campeche, para confirmar la existencia de este tesoro. El yacimiento se sumaría a otros ya en explotación y por descubrir que convertirían a México en una nueva estrella del firmamento petrolero justo cuando los países de la OCDE buscaban fuentes de oferta alternativas a Medio Oriente.

Siguió una etapa de creciente producción de crudo, gas y sus derivados. Las cifras de la Comisión Nacional de Hidrocarburos indican que, de producir menos de medio millón de barriles diarios de hidrocarburos líquidos en 1974, solo ocho años después se había multiplicado la producción por seis. Y aunque durante la década de los ochenta una sobreoferta mundial provocó el desplome en el precio del crudo y una reducción de la producción mexicana a 2.5 millones, para los años noventa empezó a elevarse continuamente hasta llegar a un pico de casi 3.5 millones de barriles diarios en 2004.

En los veinte años posteriores comenzó el declive de la producción del poderoso Cantarell, responsable de dos tercios de la producción total. De aportar dos millones de barriles diarios en 2004, su contribución bajó a menos de 18 mil barriles diarios a principios de 2024. A pesar de esta pérdida cuyos determinantes técnicos son fuente de discusión (¿hubiera sido mejor explotar el yacimiento con menor intensidad?), los técnicos de Pemex lograron mantener y aumentar la producción de otros yacimientos a lo largo de este período, de 1.4 a cerca de 1.6 millones de barriles diarios.

¿Qué hizo el país con los ingresos del crudo a lo largo de esos 50 años de auge y declive de la producción? Aquí entraría una narrativa mucho más enredada y agridulce. Para empezar, México vivió dos auges de ingresos petroleros -reales o esperados- en este periodo, uno de cuatro años (1977-1981) y otro de 10 años (2004-2014). El primer auge se debió a la confluencia de producción creciente, altos precios y alto acceso a financiamiento. Fue una época de entusiasmo desenfrenado, reflejado en cuatro años de crecimiento espectacular -8% anual, como si se tratara de la economía china en sus mejores años- pero de fundamentos endebles. Desembocó en una profunda crisis.  El segundo auge, en contraste, consistió en producción decreciente y precios al alza, con acceso al financiamiento moderado. Esta vez el entusiasmo fue menor: la economía creció a un ritmo incapaz de elevar el ingreso promedio por persona.

Entre ambos auges la estrategia económica fue condicionada por la renegociación de la deuda externa (1982-19988), la apertura económica (1988-1994) y la urgencia de pagar por el rescate de la economía mexicana (1994-2000). Si el petróleo iba a ser palanca de desarrollo porque financiaría los (discutibles) subsidios para avanzar con la industrialización y moderar el costo de la vida cotidiana, su contribución se evaporó en pagos de la deuda externa, financiamiento público a falta de ingresos tributarios de otras fuentes, gasto bien intencionado pero de mala calidad, gasto clientelar, corrupción, entre otros. El desarrollo industrial anhelado provino más bien de inversiones privadas, asociadas a la estabilidad de reglas económicas proporcionada por la firma de tratados de libre comercio.

En el tránsito de estas cinco décadas Pemex se convirtió en la empresa petrolera más endeudada del planeta, mientras sus pares públicos y privados de otros países reportaban utilidades boyantes. Su equilibrio operativo y financiero se perdió en algún momento de sus incesantes cambios de directivos y su pugna por ingresos con la Secretaría de Hacienda, cada cual esgrimiendo argumentos sobre su legitimidad en el uso de esos ingresos e intercambiando recriminaciones sobre sus intenciones y eficiencia. Los presidentes, a pesar de su poder sobre ambas, no resolvieron esa tensión.

Auge y declive en la producción, ingresos gastados improductivamente, empresa en quiebra técnica. Quizá alguien en la segunda mitad de este siglo narre -con el beneficio que la perspectiva del tiempo solo puede dar- cómo fue que las decisiones de funcionarios preparados y provenientes de todo el espectro político desembocaron en este desenlace. Sería una buena lectura.

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