El Premio Nobel de la Paz nunca fue un objeto. Nunca fue una moneda, ni un salvoconducto, ni una ficha intercambiable en el tablero del poder. Es, ante todo, un significante mayor de la civilización occidental: un reconocimiento que condensa ética, memoria histórica y una idea —cada vez más frágil— de responsabilidad moral frente al mundo.
Por eso, cuando el Nobel aparece reducido a gesto, a obsequio trasladable, a símbolo de segunda mano, algo se rompe.
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El Nobel ha sido entregado a figuras cuya sola mención devuelve gravedad al reconocimiento: Nelson Mandela, Martin Luther King Jr., Aung San Suu Kyi. No por infalibles, sino porque encarnaron, en su momento, una tensión real entre poder, ética y sacrificio personal. El Nobel no los elevó: los expuso.
Durante años, María Corina Machado parecía inscribirse en esa tradición. Su trayectoria frente a las dictaduras de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, su capacidad de convocar a la calle, de sostener una oposición bajo persecución, amenazas y exilio permanente, le habían ganado algo más valioso que un premio: legitimidad simbólica. Su cuerpo político —marcado por el riesgo— hablaba por ella.
Precisamente por eso, lo ocurrido en Oslo y su posterior desplazamiento a Washington para entregar simbólicamente el Nobel a Donald Trump no es un gesto menor. Es una fractura.
Trump no es un accidente del sistema: es su síntoma más ruidoso. Un hombre que ha banalizado la ley, relativizado la verdad, instrumentalizado la violencia y convertido la política en espectáculo narcisista. Un líder que no ha promovido la paz, sino la imposición; no el consenso, sino la polarización; no el diálogo, sino la fuerza. Presentarlo como destinatario moral del Nobel de la Paz exige una negación activa de la realidad.
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Aquí ocurre algo más profundo que un error político. Desde una lectura sociológica y psicoanalítica, el gesto de Machado funciona como un acto de desplazamiento del valor: lo que el Nobel significaba para ella —prestigio, autoridad ética, palabra propia— es transferido al Otro poderoso, en busca de validación.
El reconocimiento deja de operar como soporte del discurso y se convierte en ofrenda. No es servilismo en sentido clásico. Es algo más contemporáneo: la conversión del capital simbólico en moneda de cambio. El Nobel ya no como límite, sino como instrumento. Ya no como lugar desde donde hablarle al poder, sino como objeto entregado para obtener acceso al poder.
Y ese es el punto más grave: María Corina no necesitaba entregar el Nobel para dirigirse a Trump. El Nobel ya le confería una posición suficiente, incluso superior. Podía escribirle. Interpelarlo. Exigirle. Confrontarlo desde la autoridad moral que el premio le otorgaba. En lugar de eso, eligió devaluarlo.
El resultado es devastador: el gesto no engrandece a Trump —solo alimenta su megalomanía— y sí reduce a quien lo ofrece. El Nobel, convertido en fetiche diplomático, pierde densidad histórica. Se vuelve hojalata: brillante por fuera, vacío por dentro. Hannah Arendt escribió que “el poder surge cuando las personas actúan juntas, pero la violencia aparece cuando el poder se ha perdido”.
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Parafraseándola, podríamos decir que cuando el símbolo se entrega, el discurso se vacía. Y cuando el discurso se vacía, lo que queda no es estrategia, sino exposición.
Tal vez este episodio marque un antes y un después. No solo para María Corina Machado, sino para la comprensión misma de lo que significa hoy el reconocimiento, la ética y la política en un mundo donde incluso los premios más sagrados parecen negociables.
Porque cuando el Nobel se usa como moneda, pierde su significado más profundo e intazable; por eso, cuando la dignidad se trueca, el precio siempre lo paga quien ofrece, no quien recibe.