La administración Biden y la relación con México
El presidente de Estados Unidos, el demócrata Joe Biden. Foto: ETIENNE LAURENT/EFE.

Un breve lapso de tiempo puede condensar pedazos de historia. Es justo lo que acontece con la democracia estadounidense en los días que corren. El intento inédito de subvertir el resultado electoral, la irrupción violenta de seguidores de Trump en el Capitolio, la imponente capital de la libertad tomada por la Guardia Nacional en la víspera del relevo de poderes. Lo que parecía simplemente impensable se vuelve imagen y crónica. La aburrida normalidad democrática, esa condición largamente envidiada e imitada por el mundo entero, se sacude de pronto hasta los cimientos. La democracia más longeva y estable a prueba contra sí misma.

Los 4 años de trumpismo probablemente no sean la causa de la fragilidad del consenso democrático, sino el síntoma de males mayores. Por supuesto que la deslealtad y el acoso contumaz a las instituciones democráticas por parte de Trump tensaron los resortes de la gobernabilidad. Sin embargo, también es cierto que el racismo, la exclusión, la desigualdad, la precariedad de las redes públicas de protección solidaria y, en general, ese cúmulo de ansiedades provocadas por el cambio tecnológico y demográfico, han dejado de ser solo experiencias cotidianas para tomar forma de emociones de rabia, frustración y desesperación. Lo que parece un desliz de irracionalidad colectiva pasajera, en realidad está incubando una insatisfacción profunda con la democracia.

El primer reto de la dupla Biden/Harris será, pues, de carácter interior. Efectivamente, en el tablero de prioridades no estará como en otros tiempos la tensión bipolar de la segunda posguerra, la expansión de la hegemonía global o el riesgo hiperdifuso del terrorismo religioso. Por primera vez en mucho tiempo, antes que preocuparse por exportarla al mundo, Estados Unidos tendrá que ocuparse por cuidar la estabilidad y funcionalidad de su democracia. Rehabilitar con sentido de urgencia la legitimidad de la representación, hoy seriamente cuestionada por la conspiranoia del fraude electoral y el desapego social creciente. Reconciliar al país con la verdad, con la ciencia, con la prudencia y la moderación que cuidadosamente sembraron los padres fundadores en la compleja maquinaria de sus instituciones. Procesar los disensos de una sociedad dividida y polarizada no con el propósito de la uniformidad, sino para reanimar la pluralidad. De lo contrario, las tensiones sociales tenderán a radicalizarse o a desbordar en conflictos más profundos. El trumpismo habrá llegado para quedarse.

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Podría pensarse que, en este contexto, la relación con México pasará a segundo plano y que, mientras no se normalice la gobernabilidad interna, la administración Biden no presionará por su agenda. Lo cierto es que el grueso de las cuestiones relevantes para la relación bilateral tiene hoy un impacto doméstico, es decir, inciden en las posiciones que se asumen, debaten y deciden políticamente. Basta recordar que Trump utilizó a México y a los mexicanos para personificar los males mal digeridos de una parte del electorado, más que como una ocurrencia locuaz, como una estrategia para movilizar el voto que se ha quedado del otro lado de las puertas del ascensor social.

Para reconstruir la estabilidad política y desactivar las bases trumpistas, Biden tendrá que atender la presión interna en inmigración, seguridad transfronteriza y equivalencia laboral, además de procurar la agenda particularmente sensible para su propio electorado. No es previsible, pues, que la nueva administración relegue la relación con México. Ha nombrado personas que conocen bien nuestro país y la complejidad multifactorial de la agenda. Es un claro mensaje de que su política hacia México es parte relevante de sus equilibrios internos. Por eso, antes que bravatas nacionalistas, habrá que mostrar talento para aprovechar la oportunidad de que nuestros intereses convergen naturalmente con las necesidades políticas de la nueva administración. Para influir, en síntesis, en la nueva gobernabilidad.