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The Guardian

El mundo necesita bebés, pero tenemos que replantear lo que esperamos de las madres

Sonia Sodha

La decisión de tener un hijo es dura para muchas mujeres. Es por eso que la población se reduce.

Foto: Pixabay

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La primavera pasada no tardaron mucho en salir las predicciones de un boom de bebés Covid. Encerrados, solo con Netflix, ¿qué iban a hacer las parejas? “¿Qué no saben que hay anticonceptivos?”, dijo alguien secamente mientras el Reino Unido esperaba con ansias un permiso para salir y el Servicio Nacional de Salud se encontraba en peligro mortal.

Este enfoque infantil de “¿más o menos sexo?” con frecuencia sirve como sustituto de un debate adecuado sobre la fertilidad. Existe una paradoja en el corazón de la política poblacional. No hay una decisión más personal y transformadora de vida que la de tener o no tener un hijo, con quién y cuándo. Sin embargo, el agregado a todos esas decisiones íntimas es el índice de fertilidad: una estadística seca y poco acertada que te dice cuántos hijos tiene una mujer en promedio, y que está preocupando a los creadores de políticas de los países ricos.

Eso es porque los índices de fertilidad han estado disminuyendo en Reino Unido y en todas partes porque las mujeres tienen menos hijos en la actualidad, y estadísticas de las últimas semanas demuestran que la pandemia ha tenido un efecto aún más depresivo. Hay 23 países cuyas poblaciones tienen un pronóstico de verse reducidas a la mitad para 2100. Esto no es malo para la huella de carbón global, tal vez, pero las consecuencias económicas masivas para sociedades que se añejan y tienen índices de natalidad que se reducen y la fuerza laboral cada vez menor tiene que apoquinar la pensión, la salud, y los costos de cuidado son muy complicadas. Habrá que ver si el apoyo político para el estado de bienestar puede lidiar con esos problemas. Las poblaciones que se reducen son fáciles de atrapar para la derecha populista ya que la migración tiene que llenar algunos huecos y los políticos se aprovechan para buscar chivos expiatorios en los que vienen de fuera para los problemas económicos del país.

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Ante esta situación, el debate se queda corto. Mucho de lo que se debate puede resumirse en: “vamos a educar a las mujeres sobre su fertilidad para que tengan hijos antes”, olvidando convenientemente que se necesitan dos para bailar tango. Las estrategias para solucionar cada vez son más ridículas como el “bono de bebés” de 800 euros de Italia o la inversión de Japón en sitios de citas.

Hay dos motivos para la disminución del índice de natalidad. Las sociedades se vuelven más ricas y la gente tiende a buscar familias más pequeñas. Y en parte como producto de diferentes situaciones de trabajo y por la transición más holgada de la adolescencia a la adultez para establecerse más adelante, la gente tiene menos probabilidades de tener el número de hijos que quisiera.

Ayudar a la gente que quiere hijos a tenerlos es algo que debe hacerse. En parte se trata de un asunto financiero. Es difícil pensar en hijos cuando tienes que pagar una renta y tu trabajo no te paga y que siempre existe el riesgo de que te corran cuando termina el contrato. No sólo no estamos pensando en estas situaciones, los conservadores han reducido drásticamente durante la última década el apoyo financiero para los padres que ganan poco.

También se trata de pagar un tratamiento de fertilidad para los que quieran y puedan resultar beneficiados, como las mujeres solas o las parejas del mismo sexo. Sin embargo existe un aspecto misógino en todo esto. ¿Por qué tiene el estado que subsidiar las decisiones de vida de mujeres que decidieron supuestamente anteponer sus carreras a los hijos? Y esto ha provocado que el Servicio Nacional de Salud reduzca de forma dramática su financiamiento para los tratamientos de fertilidad. La reducción de la fertilidad masculina apenas se menciona en este contexto: es más fácil culpar a las mujeres estériles egoístas.

No es suficiente detener todo allí si tomamos en serio la intención de detener la reducción de la población. Tenemos que considerar por qué la gente decide activamente tener menos hijos. Por una parte, es resultado del empoderamiento femenino generado por la educación de las mujeres, la revolución en los lugares de trabajo y la píldora anticonceptiva. Las mujeres ya no están obligadas a asumir la identidad de madre y excluir todo lo demás. Pero también tenemos que confrontar la gran mentira de que las mujeres pueden tener todo ahora: por supuesto que no. La paternidad exige sacrificios pero ese sacrificio cae de manera desproporcionada en los hombros de las mujeres y la pandemia sólo ha agudizado la situación.

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En las carreras esto es muy evidente: la paternidad aumenta la diferencia de sueldos porque las mujeres reciben mejores compensaciones financieras por tomarse un tiempo para cuidar a los niños y luego, como en promedio ganan menos que los hombres, resulta lógico que ellas, y no los padres, regresen a trabajos de medio tiempo, la mejor manera de frenar una carrera. Pero hay muchas cosas más: el trabajo de casa; la labor emocional de asegurarse de que todos estén bien, el aislamiento que puede resultar de un sacrificio social no parejo, los aspectos de la vida que no tienen nada que ver con la maternidad que pueden hundirse sin dejar rastro. Si queremos que más gente quiera más hijos, tenemos que pensar en cómo crear una cultura en la que la norma sea que todos los que tengan hijos pequeños, incluidos los padres, trabajen medio tiempo y compartan la carga de manera más equitativa. Políticas como los permisos de por lo menos tres meses de paternidad pueden ayudar a establecer estas normas.

Está también la cuestión de cómo tener hijos cabe en la forma en que creamos y acabamos con las relaciones románticas. No es malo que la gente se case después si les permite tomar decisiones más sanas y sabias o si hay menos relaciones en el curso de la vida porque la gente se siente más capaz de abandonar relaciones tóxicas. Todas las relaciones a largo plazo funcionan pero nos olvidamos de que mucho del modelo de “el chico conoce a la chica, fin” hace que mucha gente infeliz se quede en relaciones terribles y las mujeres aguanten el abuso doméstico. Cuidar hijos con una pareja después de una relación que acabó mal no es precisamente fácil. Tener hijos es una decisión conjunta pero muchas relaciones se hunden porque una persona no está lista para tenerla y la otra la busca con desesperación. Tal vez en el futuro veamos más padres solteros o paternidades platónicas.

Estos son los grandes temas sociales que no tienen soluciones fáciles. Simplemente podríamos aceptar el producto de opciones individuales orgánicas, pero por las tendencias actuales, deberíamos prepararnos para una transición económica gradual y oscura hacia una sociedad más pobre. O deberíamos enfocarnos en acelerar el camino a una mayor equidad de género para que no tengan que ser las mujeres las que hagan más sacrificios y empecemos a hablar sobre los enfoques más modernos de las relaciones para tener hijos. Pero no podemos engañarnos con la idea de que los bonos de bebés resolverán el dilema de la población.

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