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Realeza

A los fans de ‘The Crown’ les fascina la telenovela real de Harry y Meghan

Antes de que CBS transmita una entrevista con Oprah Winfrey, ya se ha producido un show de fuegos artificiales a ambos lados del Atlántico.

El príncipe Harry y Meghan van a ser entrevistados por Oprah Winfrey. The Duke and Duchess of Sussex and Oprah Winfrey. Foto: AFP/Getty Images. Daniel Leal-Olivas

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No hace mucho tiempo, los fanáticos estadounidenses de The Crown pensaron que tenían que esperar hasta 2022 para su próxima dosis de intrigas palaciegas británicas, peleas familiares de la clase alta, polémicos encuentros amorosos, venganza y traición. Pero ahora, con la entrevista muy promocionada de Oprah Winfrey con Harry y Meghan, el duque y la duquesa de Sussex, que ha prendido fuegos artificiales en ambos lados del Atlántico incluso antes de que salga al aire este domingo por la noche, la saga real está de vuelta en pleno apogeo y llamando la atención como nunca.

Ha habido mucho jaleo los últimos días: Meghan acusó al Palacio de Buckingham de “perpetuar falsedades”, según uno de varios avances de la entrevista de Oprah, y simpatizantes de palacio contraatacaron con acusaciones de que Meghan acosó a su personal antes que ella y Harry se apartaran de sus deberes reales y abandonaran el país. Si bien esto pudiera dividir la opinión pública en Gran Bretaña, en EU los anglófilos y los aficionados a la vida de los royals simplemente disfrutan del espectáculo.

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El New York Times califica la extravaganza de dos horas de Oprah como “una de las entrevistas televisivas más esperadas y publicitadas de los últimos tiempos”. Según CNN, los duques de Sussex roban pantalla incluso antes de que se transmita la entrevista, otra forma de decir que, independientemente de lo que pienses de Harry, Meghan o las personas a las que Harry se refiere como sus “abuelos”, ellos se perfilan como una inimaginable fuente de oro de ratings.

Ciertamente, CBS está aprovechando el evento en todo lo que vale, promocionando la entrevista como la mejor que Oprah ha hecho y bombardenado con cortes en los que Oprah exclama: “Has dicho algunas cosas muy impactantes aquí”. Esta entrevista preludia la noche más memorable en décadas para la CBS, en una época en que las otrora poderosas cadenas de TV de EU luchan por lograr relevancia frente los canales de noticias de cable y los servicios de streaming.

Nada de esta exageración y emoción estuvo siquiera cerca de ser relevante el verano pasado cuando Harry y Meghan se mudaron al esplendor de su nuevo hogar en Montecito, el exuberante y dorado pueblo de la ladera cerca de Santa Bárbara, donde están rodeados de estrellas del entretenimiento en palacios de su propias, incluidas Ariana Grande, Ellen DeGeneres y la propia Oprah.

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Debido a la pandemia de Covid-19, a los Sussex se les negó cualquier fiesta pública significativa. A pesar de firmar lucrativos contratos de producción con Netflix y Spotify, durante un tiempo pareció que iban a seguir el camino de David y Victoria Beckham: grandes celebridades hogareñas que, en 2007, se perdieron rápidamente entre el elenco de estrellas del sur de California.

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Sin embargo, las cosas cambiaron rápidamente el mes pasado, después de que Meghan ganó su demanda de privacidad contra el periódico británico The Mail on Sunday, una victoria que aparentemente animó a los Sussex a salir de la reclusión y presentarse a su nuevo país anfitrión con la seguridad de que no serían acosados por los paparazzi como se sentían en Gran Bretaña.

A cada paso desde entonces, han logrado romper las reglas de la etiqueta real y al mismo tiempo se presentan como agradables y accesibles, un acto de equilibrio que lo logró de forma memorable la madre de Harry, la princesa Diana.

En una aparición en el Late Late Show de James Corden a finales de febrero, Harry apareció no con traje sino con ropa informal (el paso en falso real número uno). Viajó en un autobús turístico descapotable a través de Los Ángeles (paso en falso número dos), admitió que había visto y que no le molestaba The Crown (número tres) y, para diversión de Corden, reveló que Su Majestad le había enviado a su bisnieto Archie (hijo de Harry y Meghan) una máquina de hacer wafles común y corriente (número cuatro).

No todos los fans estadounidenses de los royals están familiarizados con la historia de Eduardo VIII y Wallis Simpson, pero existe un entendimiento básico de que Meghan Markle, como estadounidense divorciada sin conexiones aristocráticas, es vista en los círculos reales como un paso en falso en sí misma. El hecho de que sea mestiza y haya trabajado como actriz antes de su matrimonio es casi seguro que también es un golpe en su contra, más problemático, en cierta forma de pensar, que los ataques contra Simpson, quien era un segregacionista y simpatizante nazi que se rumorea que tuvo una aventura con el canciller de Hitler, Joachim von Ribbentrop.

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En EU, por supuesto, Meghan representa al equipo local y no provoca ninguno de los sentimientos negativos que aparecen en las encuestas de opinión británicas. La relativa falta de formalidad que muestran ella y su esposo se considera atractiva, no desagradable. El público estadounidense no se ofende en lo más mínimo que ella se refiera al Palacio de Buckingham como “la firma”, al igual que, hace más de un cuarto de siglo, no dejaron de amar a Diana después de que la sorprendieran llamando a los Windsor “esa maldita familia” en una llamada telefónica interceptada.

La comparación con Diana es ineludible, sobre todo porque los espectadores de The Crown, cuya cuarta temporada se lanzó en Netflix en noviembre pasado, se han quedado en el momento de suspenso en 1990, cuando Margaret Thatcher está a punto de ser expulsada como primera ministra y el matrimonio de Diana con el príncipe Carlos. revienta, para horror de la reina Isabel y de los tradicionalistas que la rodean.

La Diana de la vida real se convenció de que el establishment quería atraparla, y Harry y Meghan parecen sentir lo mismo: la diferencia es, como revelan los avances, que Harry está agradecido de no enfrentar la tormenta solo, como su madre se vio obligada a hacerlo, y decidió repetir la misma trágica historia.

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Los hechos de la semana pasada al parecer le dieron la razón. El palacio, aparentemente sin que le distrajera demasiado la hospitalización del Príncipe Felipe, lanzó una investigación sin precedentes sobre las interacciones de Meghan con su personal e insinuó que, tres semanas después del brutal asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi en 2018, a Meghan la vieron con unos aretes que le dio el hombre al que los servicios de inteligencia estadounidenses ahora culpan del asesinato, el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman.

En respuesta, los partidarios de Meghan han negado que ella actuara mal y han señalado que el Palacio de Buckingham nunca ha considerado oportuno iniciar una investigación sobre el príncipe Andrew y las muchas preguntas sin respuesta que rodean su relación con Jeffrey Epstein, el fallecido traficante sexual de niñas.

Para el público estadounidense afectado por todo tipo de desafíos recientes: la pandemia, el cierre de escuelas, los cortes de energía durante un clima gélido en Texas y un ambiente político interno duraderamente tóxico, toda esta intriga no viene como otra ración de toxicidad, sino como entretenimiento ligero.

“Los espectadores nunca podrían encontrar una telenovela que esté mejor hecha, mejor interpretada o con una visión más rica”, comentó recientemente Hank Stuever del Washington Post sobre la cuarta temporada de The Crown. La forma en que están yendo las cosas con Oprah, Harry, Meghan y el establishment duro al que se enfrentan podría ser algo mucho mejor.

The Guardian
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