El gran proyecto: cómo el Covid-19 cambió la ciencia para siempre
Foto: Ani Kolleshi en Unsplash

Para los científicos, el 5 de junio fue un punto decisivo en la lucha contra el coronavirus. Ese día, un equipo liderado por el Profesor Yong-Zhen Zhang en la Universidad Fudan en Shanghai secuenció en código genético del virus detrás del brote de un mes de neumonía en Wuhan. El proceso tardó 40 horas. Después de analizar el código, Zhang le informó al Ministerio de Salud. El patógeno era un nuevo coronavirus similar al Sars, el virus mortal que causó una epidemia en 2003. La gente debe tomar precauciones, advirtió. 

El gobierno impuso un embargo en la información sobre el brote y Zhang y sus colegas estuvieron bajo presión para no publicar el código. El apagón no podía mantenerse. El 8 de enero salió la noticia de la naturaleza del patógeno y se confirmó un día después por las autoridades chinas. Guardarse el código ya parecía ridículo. 

Eddie Holmes, un biólogo evolucionario de la Universidad de Sídney, y colaborador de Zhang, lo llamó para presionar para la publicación. Zhang estaba poniéndose el cinturón para un vuelo hacia Beijing. Mientras el avión dejaba la pista, ambos decidieron romper la mordaza. El 11 de junio de Australia, el día que China anunció su primera muerte oficial por la infección, Holmes publicó la secuencia en un sitio web llamado virological.org. Fue un acto crucial para los investigadores alrededor del mundo. Holmes lo llama “zona cero para la lucha científica contra la enfermedad”. 

Fue el comienzo de un esfuerzo destacable, sin precedentes, para probar, tratar y finalmente vacunar contra el Covid-19. Como un científico lo pone: “En los últimos 11 meses, se ha hecho probablemente el trabajo de 10 años”. 

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Nada tiene sentido en 2020 fuera de la sombra de la pandemia. El número horrendo de muertes y familias destruidas; la destrucción de negocios y vecindarios; los daños a la salud mental, que todavía se tiene que medir; los fracasos de los gobiernos y líderes; las incontables oportunidades perdidas. Tampoco lo hace el llamado a las armas, la movilización frenética de la ciencia global. En laboratorios y hospitales de todo el mundo, y desde computadoras en sus cocinas, los investigadores se unieron para luchar contra la crisis. “Cualquiera que tenga algo que ofrecer literalmente ha dejado todo, y ha trabajado en nada más que Covid”, dijo Gabriel Leung, el decano de medicina en la Universidad de Hong Kong y asesor para el gobierno de Hong Kong. Francis Collins, el director de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EU, el financiador más grande de investigación biomédica en el mundo, está impresionado con la respuesta. “Nunca he visto nada como esto”, dijo. “Todos tienen manos a la obra”. El esfuerzo fenomenal cambiará a la ciencia, y a los científicos, por siempre. 

Publicar el código genético del virus fue como disparar una pistola de salida. Mientras los gobiernos observaban con nervios si China podía contener el virus, los investigadores empezaron a trabajar. Le tomó dos días a los NIH, que se unieron a la compañía de biotecnología Moderna, para diseñar una vacuna con el código. En la Universidad de Oxford, un equipo liderado por Sarah Gilbert, profesora de vacunología, hizo prácticamente lo mismo. Otros, como la firma alemana BioNTech, también arrancaron rápido. 

CEPI, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias, ya había entrado en acción. Creada en 2017 en la crisis de ébola, CEPI ofrece un nuevo enfoque radical para asegurarse de que el mundo no responda a los brotes de enfermedades tan lento. Antes de que las alarmas sonaran en Wuhan, la organización ya comenzaba a trabajar en vacunas para unos cuantos patógenos, incluído el Mers-CoV, el coronavirus detrás del síndrome respiratorio del Medio Oriente, que emergió en 2012 en Arabia Saudita. Inversiones posteriores apoyaron las “plataformas de respuesta rápida”, nuevos enfoques para hacer vacunas rápido, si un patógeno desconocido llamado Enfermedad X por la Organización Mundial de la Salud se asoma. Le dio momentum a las investigaciones para vacunas incluso antes de que el virus apareciera.

“Siempre tuvimos en el fondo de nuestras mentes que si algo atacaba tendríamos que pivotar lo que sea que fuera la nueva enfermedad”, dijo Melanie Saville, la directora de investigación y desarrollo de vacunas de CEPI. Antes de saber si el coronavirus avanzaría, CEPI ejerció una opción de “fuego en vivo” en sus contratos. Primero se enfocaron en cuatro grupos: Moderna y la firma alemana CureVac desarrollaban vacunas de ARN, la firma estadounidense de biotecnología Inovio hacía vacunas de ADN y la Universidad de Queensland tenía la tecnología de “pinza molecular” para desarrollar vacunas rápidamente. “Ya trabajábamos con estas personas. Podían llegar corriendo”, dijo Saville. 

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No era la única carrera. Armados con la secuencia genética del virus, los equipos alrededor del mundo identificaron partes del código que distinguían al patógeno de otros virus, incluídos otros seis coronavirus que infectan humanos. Entre ellos Mers-CoV y Sars-CoV, la cepa de la pandemia de 2003-2004 nombrada como el síndrome respiratorio severo agudo que causa. En menos de dos semanas, los científicos ya tenían pruebas sensibles para la enfermedad, un paso crítico en la batalla. 

El aspecto diabólico

La pregunta simple al inicio de un brote es qué tan mal se va a poner. La respuesta viene con varias medidas que ahora son parte del discurso diario. ¿Cómo se transmite? ¿Cuáles son los síntomas? ¿Cuánto es el periodo de incubación? ¿Qué tan exentos de reinfección están los recuperados? ¿Cuánto dura la inmunidad? ¿Cuál es el número R promedio de personas que un infectado contagiará? ¿Cómo daña la enfermedad a las personas? ¿Qué proporción de los infectados muere, y quién es más probable que sucumba? En enero, todas esas preguntas necesitaban respuestas urgentes. 

Mientras los pacientes llenaban los hospitales de China, los doctores trataron de recopilar información. Textos precipitados y análisis apresurados llenaron los servidores de preimpresión, los repositorios en línea que almacenan los borradores manuscritos antes de su revisión y publicación en diarios. Aunque la información fuera imperfecta, esta forma de compartirla era invaluable y sin precedentes: una imagen emergía progresivamente. El virus se esparce como otras infecciones respiratorias, con gotas de los caminos respiratorios como la ruta principal. Una vez que la infección se asienta, pueden llegar la fiebre y la tos y muchos pierden su sentido del gusto y del olfato. El número R depende de cómo se comporte la gente, pero en enero, Leung y otros informaron que R iría de 1.4 a 3.9. Durante la pandemia de influenza de 1918 R fue de 1.8. En la pandemia de influenza porcina de 2009 fue de 1.46. 

Los doctores se dieron cuenta pronto de que las infecciones se daban en grupos o racimos. Cuando los equipos internacionales analizaron estos grupos, se dieron cuenta de la sombría realidad. Los pacientes con Sars-CoV y Mers-CoV se enfermaban antes de volverse muy contagiosos, lo que hacía que los brotes fueran contenibles. Pero ese no suele ser el caso con el nuevo coronavirus, Sars-CoV-2. Muchos esparcen la infección antes de que los síntomas aparezcan, y muchos nunca se enferman. Collins lo llama el “aspecto diabólico” del virus. “Realmente nos mandó a una curva en términos de que los métodos comunes de contención en salud pública no funcionan muy bien, porque la gente no sabe si es un súpercontagiador”. 

La información de campo le permitió a los científicos rastrear el brote mientras se esparcía en ciudades, países y continentes. Esa información alimentó a más ciencia. En las manos de modeladores de brotes, los datos alimentaron proyecciones de cómo evolucionaría la pandemia. 

En el Reino Unido, a los ministros les aconseja de estos temas el grupo científico de modelado de influenza pandémica, o Spi-M, llamado así porque la influenza se considera la amenaza más grande de enfermedades infecciosas. En respuesta al brote, Graham Medley, profesor de modelado de enfermedades infecciosas en la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical, que tiene a Spi-M, expandió rápidamente el grupo para atraer más cerebros. La estrategia juntó a los mejores grupos de modelado de brotes en el país por primera vez. “Es su personalidad lo que ha hecho esto”, dijo Julia Gog, miembro de Spi-M y profesora de biología matemática en la Universidad de Cambridge. “Él es ultracolaborador. Nunca es sobre él, sino sobre lo que el grupo puede hacer”. 

Un problema que no se comenta mucho en la movilización masiva de la ciencia durante el Covid es la distracción de investigadores con buenas intenciones pero menos informados. Científicos entusiastas pero inexpertos enlodaron las aguas y perdieron tiempo en la crisis. El modelado no estuvo libre del problema. Mientras Spi-M atraía interés y experiencia a las preguntas de cómo progresaría el brote, había veces en las que cualquiera con un doctorado en matemáticas, o incluso sin él, sabía más. Los equipos de Spi-M de modelación, incluido el grupo del Colegio Imperial de Londres liderado por Neil Ferguson, un profesor de biología matemática, respaldaron el primer confinamiento nacional del Reino Unido en marzo. Los modelos, canalizados por el Grupo Científico para Consulta en Emergencias (SAGE), mostraron que sin una reducción dramática en el contacto entre personas, las admisiones a hospitales y muertes aumentarían mucho. El confinamiento puso a Gog y a su hermano en la casa de su madre en Sussex. La familia hizo un acuerdo para cenar en la mesa a la hora que Gog terminara de trabajar, aunque eso fuera a las 11:30pm. 

Antes del confinamiento, el Fondo Wellcome ayudó a construir un consorcio de genetistas para secuenciar los genomas de coronavirus de los infectados. Esto estableció un nivel de vigilancia genética nunca antes visto en un brote infeccioso. Significó que los virus se pueden comparar, lo que permite que los científicos monitoreen mutaciones, investiguen brotes locales y rastreen la transmisión del virus. El consorcio genómico de Covid-19 del Reino Unido (Cog-UK) tiene a más de 200 académicos y científicos de los NHS que leen y depositan genomas de virus en la base de datos de la Infraestructura de Nube para Bioinformática Microbiana (CLIMB), financiada por el Consejo de Investigación Médica. 

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Globalmente, los científicos han secuenciado más de 200,000 virus Sars-CoV-2 y casi la mitad son de Cog-UK. La información se comparte de inmediato. Armados con el código viral de una erupción, los equipos de salud pública pueden investigar. ¿El brote en un asilo vino de la misma persona? ¿Brotes distintos se sembraron por vacacionistas que volvieron del mismo sitio? “No puedes recrear exactamente quién infectó a quién, pero te da una idea de cómo ocurre la transmisión”, dice Andrew Rambaut, profesor de evolución molecular en la Universidad de Edimburgo. “Se trata mucho de la consciencia de la situación. Sabemos mucho sobre lo que pasa con la epidemia en el Reino Unido por comparar estos genomas diariamente”. En junio, la vigilancia genética reveló que la epidemia del Reino Unido creció más rápido por casos que vinieron de España y Francia. 

La vigilancia genética actúa como un sistema de emergencia temprana al detectar mutaciones preocupantes. El coronavirus tiene mutaciones aleatorias todo el tiempo y aunque la mayoría no tienen un efecto real, algunas podrían cambiar su comportamiento. Descifrar el impacto real de una mutación no es nada fácil. Una forma mutada podría transmitirse más rápido porque el portador estuvo con mucha gente, en lugar de que el virus se transmita más fácil. Una mutación que llamó la atención de los científicos se llama D614G. El virus mutado se volvió rápidamente el más común en el Reino Unido y todas las pruebas de laboratorio sugieren que se puede transmitir un poco más rápido que el que no mutó. 

Dónde y cómo trabajan algunos científicos también cambió. Antes del Covid, Akiko Iwasaki, profesor de inmunobiología en la Universidad de Yale, desperdiciaba horas en filas para seguridad en aeropuertos, en salas de espera y taxis, viajaba doméstica e internacionalmente semana tras semana. Ahora ella coordina desde su casa a su equipo de laboratorio y hace más. “Es muy eficiente”, dijo. “Puedo darle cada minuto a la ciencia”. 

“La investigación del Covid va a la velocidad de la luz”, añadió. “La gente no deja de trabajar para descifrar las cosas de forma colaborativa. He hablado con mucha gente alrededor del mundo para colaborar con varios aspectos de la investigación de Covid y he tenido interacciones positivas uniformes”. 

El trabajo de laboratorio alrededor del mundo confirmó rápido que el Sars-CoV-2 infecta células humanas al enlazarse con proteínas llamadas receptores ACE2 que sobresalen de las superficies de las células. La infección tiende a comenzar en las vías respiratorias superiores. Ahí, el virus puede contaminar mucosidad en el tracto respiratorio y salir en pequeñas gotitas al toser, hablar y respirar. En casos serios, la infección llega a los pulmones donde puede causar neumonía e inflamación potencialmente letal. 

Iwasaki se enfocó en algunas de las cuestiones cruciales. La más grande de estas es cómo difiere la respuesta inmune en pacientes con síntomas leves, moderados o severos. Más allá de los anticuerpos que inhabilitan al virus, el sistema inmune libera células T que eliminan al virus al destruir células infectadas. Resulta que la enfermedad es más fuerte cuando el sistema inmune monta un ataque descoordinado contra el virus. Las diferencias de sexo también importan. Las mujeres lanzan típicamente una mejor respuesta de células T que los hombres, y los hombres con muy baja respuesta de células T tienden a empeorar. “Es solo uno de los descubrimientos por los que estamos muy emocionados”, dijo. “Empieza a revelar algunas diferencias intrínsecas entre la respuesta inmune masculina y femenina y eso puede explicar algunas de las diferencias que vemos en la enfermedad”. Otros pacientes en el estudio parece que no pueden librarse del virus, o tienen problemas médicos que persisten por meses. 

Además de manejar su laboratorio, Iwasaki hace esfuerzos extraordinarios para explicarle la ciencia del Covid al público, en parte para contrarrestar la desinformación alrededor de la enfermedad. Ella tiene que lidiar con comentarios sexistas en las redes, como otras científicas prominentes. “Me distrae mucho, porque no solo tengo que lidiar con ciencia y comunicación, tengo que lidiar con justificar mi experiencia. No solo toma tiempo, también energía emocional”. 

Un resultado que cambió la trayectoria’

El trabajo meticuloso en el laboratorio de Iwasaki, y en otros como ese alrededor del mundo, ayuda crear una imagen de cómo se comporta el virus. El conocimiento ganado abrirá el camino para mejores tratamientos y estrategias de prevención. Aunque esos son para el futuro. Mientras los hospitales se llenan con pacientes de Covid-19, los doctores saben que necesitan encontrar fármacos existentes que ayuden. Con el índice de mortalidad que llegó a un tercio entre las admisiones del Reino Unido en la primavera, los tratamientos efectivos no pueden llegar demasiado rápido. 

La ayuda vino de una forma que modificará como se hacen los ensayos clínicos en futuros brotes. En los primeros dos días de enero, Peter Horby, profesor de enfermedades infecciosas emergentes en la Universidad de Oxford, empezó a trabajar con colegas chinos que mandaron a Wuhan desde Beijing. Juntos montaron un ensayo en la ciudad para ver si los medicamentos antivirales remdesivir y lopinavir/ritonavir, una combinación anti VIH, ayudaban a reducir la enfermedad. Mientras sucedía el ensayo, Horby aplicó para una beca para continuar con el trabajo en China. Para cuando llegó el fondo las infecciones bajaban en Wuhan pero aumentaban en Europa. El financiador le dio luz verde a Horby pero dijo que el ensayo tendría que hacerse en el Reino Unido.

Horby formó un equipo con Martin Landray, profesor de medicina y epidemiología en Oxford, quien trajo con él la maquinaria completa de la unidad de ensayos clínicos de la universidad. El par unió dos tradiciones: medicina tropical y el tipo de ensayos a gran escala que se usan normalmente para evaluar tratamientos para enfermedades cardiovasculares, presión alta y otros. A principios de marzo, Horby y Landray vieron a Chris Whitty, el oficial médico de Inglaterra. Les dio el visto bueno para Recovery, el ensayo más grande del mundo para fármacos contra Covid-19.

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Sabíamos que teníamos que empezar rápido, así que queríamos fármacos que estuvieran listos ahora”, dijo Horby. Eso significó probar con cualquier cosa del cajón de medicinas que se viera prometedora. Un subgrupo de Nervtag, el Grupo de Consultoría para Amenazas Respiratorias Nuevas y Emergentes del Reino Unido, recopiló una lista de fármacos que irían al ensayo. Incluyeron el medicamento para malaria hidroxicloroquina, el medicamento contra VIH lopinavir/ritonavir y el esteroide dexametasona. El ensayo después se expandió para incluir más medicinas, nuevas y viejas. 

Todo no ha sido solo navegar. Horby esperaba que surgieran declaraciones anticientíficas en la pandemia, como en la crisis de ébola. Pero la naturaleza de la desinformación lo sorprendió. Donald Trump hizo declaraciones sin fundamentos para la hidroxicloroquina apoyadas por su asesor comercial, Peter Navarro. El comisionado de la FDA declaró falsamente que las infusiones de plasma de pacientes recuperados salvarían 35 vidas de cada 100 que las recibieran. “Esperarías elementos marginales, pero esto fue del establishment”, dijo Horby. 

A principios de junio, el ensayo Recovery no encontró beneficios clínicos de la hidroxicloroquina en pacientes hospitalizados. El anuncio encendió ataques de defensores del medicamento. “Habían dos caras. Una respuesta científica rigurosa y fuerte combatiendo contra una agenda mal informada no científica”, dijo Horby.  

Menos de dos semanas después del resultado de la hidroxicloroquina, el ensayo Recovery sacó oro. El esteroide disponible y accesible dexametasona demostró reducir las muertes un tercio en pacientes de hospital suficientemente enfermos como para necesitar oxígeno suplementario. Fue la primera buena noticia de la pandemia: un tratamiento que todos pueden usar para salvar vidas. Horby le dijo a su jefe sobre el hallazgo una tarde en una llamada por Skype. Su jefe se levantó y saltó por la habitación, reveló sus shorts rojos debajo de su camisa del trabajo. 

“Es la primera vez que tenemos un resultado en medio de un brote que puede cambiar la trayectoria”, dijo Horby. “Finalmente demostramos que puedes hacer ensayos clínicos a larga escala y tener un resultado en la emergencia que cambie las cosas, no solo post hoc para la siguiente, sino en el brote actual”. 

En Bethesda, Maryland, la casa de los NIH, Francis Collins trajo todo el poder de la agencia para resistir la crisis. Quedó claro en marzo que mucha de la respuesta de EU al Covid estuvo “dispersa”, él dijo. Académicos y compañías con las mejores intenciones lanzaron proyectos para vacunas, terapéuticos y pruebas para diagnósticos, pero no había coordinación ni plan. “El riesgo fue que mucha de la energía se iría a investigaciones fracasadas”. 

Collins tomó un paso excepcional. Formó una sociedad entre la FDA, los Centros para Control y Prevención de Enfermedades y las compañías farmacéuticas más grandes para fijar prioridades y hacerlas suceder. Conocida como ACTIV, por Aceleración de Intervenciones Terapéuticas y Vacunas para Covid-19, a la colaboración le tomó dos semanas establecerse. En tiempos normales esto habría tardado años. “Todos sienten que tienen una responsabilidad para poner todos los recursos y habilidades y visión y resolver esto”, dijo Collins. Cuando Activ empezó tenía una lista de 640 terapias que podrían ayudar a tratar el Covid-19. Esta se redujo a un número manejable y los fármacos fueron a ensayos. 

Los NIH empezaron con las pruebas. Con 1,500 millones de dólares que aprobó el Congreso, la agencia hizo una convocatoria para pruebas rápidas de diagnóstico. Saltándose el proceso normal, los aplicantes presentaron sus mejores ideas para revisión. De casi 700 aplicaciones, más de 100 se consideraron buenas para lanzarlas al “shark tank”, un comité de expertos en negocios, ingeniería, manufactura y cadenas de producción. La mayoría de las ideas se quedaron cortas, pero 22 recibieron fondos. “Estamos jugando el papel que normalmente llevaría una empresa de capital de riesgo, pero funciona fantásticamente bien”, dijo Collins. En el mes, se espera que contribuyan con dos millones de pruebas de Covid extra al día. 

‘Hemos hecho cosas que dirían que no son posibles’

Ha sido un año memorable. Globalmente, investigadores aislaron el virus e hicieron pruebas rápidas. Monitorearon su evolución y cómo se transmite. Separaron las partes del virus y descubrieron cómo daña. Le dieron fármacos a los doctores para ayudar a los pacientes a sobrevivir y produjeron al menos tres vacunas, de Pfizer/BioNTech, NIH/Moderna y AstraZeneca/Oxford que previenen que la gente se enferme. 

Aunque no debemos confiarnos. Gabriel Leung de la Universidad de Hong Kong cree que mucho del esfuerzo científico es de “primer nivel”, desde un punto de vista biomédico y para desmentir un torrente de mitos, falsedades y conspiraciones. Pero ha quedado corto en formas importantes. Los investigadores entienden muy poco sobre las consecuencias en la salud mental por el Covid, y fallan en reconocer o fallan en contraatacar las profundas desigualdades de salud que la pandemia expone. Peor, él ve que la introducción de las vacunas repite la misma falla. “A menos que el mundo se una para distribuir vacunas, vamos a darle a los grupos vulnerables y desaventajados un golpe doble”.

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Otro asunto evidente es que tan bien, o mal, actuaron los gobiernos respecto a la ciencia a tiempo y de manera eficiente, añadió Leung. La mala traducción de ciencia en política empeoró la pandemia. Países, como el Reino Unido, que parecían bien preparados en teoría resultaron no estarlo. Los países evalúan su capacidad para manejar emergencias de salud de acuerdo a las regulaciones de salud internacional de la OMS. El Reino Unido cumple con casi todos los puntos de preparación. “Revisitar esos lineamientos y puntos es lo que se tiene que hacer”, nota Leung. 

La intensidad implacable de la investigación durante la pandemia tuvo efecto en los científicos. Gog dice que ella y muchos de sus colegas tomaron la decisión de trabajar en el brote aunque tenga un efecto duradero en su salud. ¿Tomaría la misma decisión otra vez si supiera lo que venía? “Con la sabiduría de la retrospección diría que sí. Si supiera como iba a ser, diría que no, no puedo hacerlo, me romperé. Cambias. No soy la misma persona que era en febrero. Si veo por lo que he pasado la semana pasada, puedo ver 10 cosas que antes me habrían derrumbado, pero ya no más”. 

Francis Collins concuerda que ha sido un viaje largo. “Ha sido agotador a veces. Me involucro con muchas competencias científicas intensas pero esto es diferente. Tienes esta sensación de que cada día cuenta, que en lo que trabajas puede salvar vidas y que no puedes cometer errores, no puedes darte el lujo de dar menos que el 100%”. 

Leung lo dijo más resumido. “¿Exhausto? Definitivamente. ¿Abatido? Todavía no”. 

La ciencia, como los científicos, cambió con el Covid. Nuevas colaboraciones, rutas de financiamiento y sistemas para compartir información le darán forma a las investigaciones de ahora en adelante. Las tecnologías que se desarrollan para pruebas rápidas se adaptarán para otras enfermedades infecciosas. En futuras pandemias, la vigilancia genética será la norma con científicos que de rutina secuencien patógenos por cada prueba positiva. Los ensayos clínicos, que se han vuelto más complejos, pequeños y caros, se deberían hacer continuamente en hospitales. “Eso lo hace más simple y escalable. Puedes responder preguntas mucho más rápido y más barato”, dijo Horby. 

El trabajo con la vacuna dejará el legado más emocionante. Al hacer el mayor trabajo en paralelo posible, con la participación temprana de voluntarios, y al remover espacios entre entre ensayos y la manufactura de dosis antes de la conclusión de los ensayos, los equipos de vacunas tienen inyecciones listas en un margen de tiempo que muchos consideraron imposible. Un nuevo estándar se fijó. 

Mientras tanto, la nueva tecnología para vacunas muestra su valor. Cuando emergió el Covid-19, no había ninguna vacuna basada en ARN aprobada. Las nuevas vacunas inyectan en el cuerpo material genético, mARN (ácido ribonucleico mensajero), que contiene las instruccione para hacer las proteínas de las “espículas” del coronavirus. En respuesta a estas proteínas se activan los caminos de la respuesta inmune, una respuesta que daría protección si  es que se encuentra al virus. 

Los resultados impresionantes de Pfizer/BioNTech y NIH/Moderna llevaron la tecnología al frente. “Creo que habrá una explosión en las inversiones en ARN en todo el mundo”, dijo Robin Shattock, profesor de infecciones de mucosidades e inmunidad que desarrolla una vacuna de ARN contra el Covid en el Colegio Imperial de Londres. 

El trabajo con ARN tiene sus raíces en las terapias de cáncer experimentales y personalizadas. Los científicos se dieron cuenta de que pueden identificar proteínas únicas en la superficie del tumor de un paciente, pueden mandar una vacuna de ARN que active el sistema inmune para atacar las células malignas. La pandemia ha demostrado el potencial para las vacunas de ARN rápidas, seguras y efectivas, lo que aumenta la confianza en terapias con ARN para cáncer, vacunas para otras enfermedades infecciosas y el siguiente brote global inevitable. 

Todavía hay obstáculos que superar. Las vacunas de ARN no son baratas. Las inyecciones de BioNTech y Moderna cuestan casi 10 veces más que la vacuna de Oxford. Parte del problema es el precio de los reactivos, pero Shattock ve que la industria crece y los precios caen poco. Otro problema es el almacenamiento. La vacuna de Pfizer debe almacenarse a menos de -70°C, lo que hace que la distribución sea una pesadilla en muchos países. Shattock encontró una manera de almacenar su vacuna de ARN por cinco o seis meses a temperaturas estándar de refrigeración, pero hay más trabajo que hacer. 

Shattock resalta que no hay firmas británicas de biotecnología que inviertan mucho en ARN. Sin ellas, él teme que el país se quede atrás en la inminente revolución de ARN. BioNTech recibió 375 millones de euros del gobierno alemán y un préstamo de 100 millones de euros del Banco Europeo de Inversiones para desarrollar su vacuna. Moderna amasó 2.5 mil millones de dólares en desarrollo y financiamiento para suministros del gobierno de EU. 

Lo que pase en el Reino Unido, si los costos de las vacunas de ARN bajan, tendría un gran impacto. A diferencia de las vacunas convencionales, las vacunas de ARN no necesitan instalaciones del tamaño de almacenes gigantes para elaborarse. Se pueden poner plantas de producción del tamaño de unos cuantos contenedores en todo el mundo. Así, la próxima vez que un virus letal emerja, los países pueden comenzar con la fabricación de vacunas de inmediato. “La planta de manufactura es como el hardware y el ARN es el software. En lugar de esperar a un mismo centro, se puede diseminar la secuencia por todo el mundo y muchos sitios podrán manufacturar al mismo tiempo”, dijo Shattock. 

Más allá de los avances técnicos, Collins ve un cambio en la mentalidad, y un nuevo estándar para apegarse. Ahora que se demostró, ¿quién puede decir que las pruebas, vacunas y medicinas no pueden desarrollarse y aprobarse en meses? “Mucho de lo que pasó este año son cosas que todos dirían que no son posibles”, dijo Collins. “Ahora ya desmentimos ese escepticismo. Será difícil que el escepticismo sea lo principal en el futuro”.