Por qué la medicina moderna no puede funcionar sin historias
Ilustración: Elia Barbieri/The Guardian

La mayoría de los que tenemos más de 30 años recordamos al médico de cabecera que teníamos cuando éramos niños. Nos conoció cuando éramos bebés y nos vio crecer. Conocían nuestras historias, las de nuestros hermanos, nuestros padres y muchas veces también las de nuestros abuelos. Estas historias eran fundamentales para el vínculo de confianza entre los médicos y sus pacientes. Ahora estamos descubriendo que este conocimiento profundo y acumulado también era notablemente beneficioso desde el punto de vista médico.

Las historias llegaban en fragmentos, por supuesto. Cualquier médico de cabecera te dirá esto: que junto al historial médico, hay destellos de la vida que lo acompaña: un trauma pasado, un triunfo, una crisis familiar, un miedo mórbido o un motivo de esperanza. El hecho de reducir a cualquier paciente a su aflicción, el tumor de mama o el páncreas perezoso, es similar a considerar que un libro no es más que papel y tinta.

Este enfoque de la persona en su totalidad, aunque valioso en todas las disciplinas médicas, es el pan de cada día para los médicos de cabecera. Su papel como guardián de las historias de los pacientes es lo que la mayoría de ellos ama de su trabajo, o lo que solía amar. Porque el mundo ha cambiado, y con él la dinámica de la atención primaria. Hoy en día, pocos de los que acudimos al consultorio médico esperamos ver al mismo médico de cabecera dos veces. Ya no conocemos a nuestros médicos como antes, y ellos no nos conocen a nosotros, una situación que solo se ve agravada por el Covid-19 y el hecho de que se recurra a las consultas a distancia. Las historias compartidas han dado paso, en muchos casos, a las transacciones médicas.

Incluso antes de la pandemia, las relaciones médico-paciente atravesaban serios problemas. La movilidad de la población, la escasez de médicos, la abrumadora carga de trabajo, la tendencia a trabajar medio tiempo (para muchos médicos de cabecera, la única manera de soportar las presiones del trabajo), los consultorios más grandes, los equipos más grandes: todo esto carcomió la humanidad de la atención primaria. Mientras tanto, el auge de la medicina basada en la evidencia ha propiciado un cambio hacia la gestión de los riesgos para la salud a través de un manual de intervenciones estandarizadas. Aunque esto ha impulsado el progreso en el tratamiento de muchas enfermedades, ha provocado consecuencias no deseadas respecto a la relación entre los médicos de cabecera y sus pacientes. Precisamente porque resulta difícil cuantificar el valor de esas relaciones en cifras concretas, los indicadores de rendimiento se inclinan hacia los resultados que son más fáciles de cuantificar. El énfasis, y de hecho el criterio para medir el éxito, ha cambiado del paciente individual a la enfermedad.

Conforme ha aumentado el número de pacientes, la rapidez para acceder a un médico –cualquier médico– se ha convertido en la prioridad absoluta, el objetivo político que eclipsa todos los demás. La continuidad supuestamente sigue siendo el estándar, pero el sistema ya no está diseñado para respaldarlo. Ni siquiera aparece en el marco de los incentivos de pago para los médicos de cabecera. La atención basada en principios narrativos y de relación es cada vez más considerada como un lujo, un retroceso a los tiempos del Dr. Finlay’s Casebook; en otras palabras, poco adecuada para la atención médica del siglo XXI, un videoclub “en la era de Netflix”, como dijo el exsecretario de salud en junio.

Lo sé no porque sea médica, sino porque he pasado los dos últimos años estudiando a una. Durante muchos meses, observé el trabajo de una notable médica de cabecera en el mismo consultorio rural retratado en Un hombre afortunado, el clásico relato de John Berger que trata sobre un médico de cabecera rural a mediados de los años sesenta. En el transcurso de alrededor de 130 mil consultas de pacientes durante más de 20 años, ella ha construido algo que muchos médicos ya no disfrutan: relaciones de alta calidad y duraderas con sus pacientes.

Una narradora convincente por derecho propio, me contó durante nuestra primera entrevista: “Sí, es importante examinar a las personas, pero uno descubre qué es lo que pasa a partir de las historias. Y si las personas te conocen y confían en ti, y les das tiempo para hablar, te dan joyas de información médica de importancia crítica”.

Porque, por supuesto, la relación entre el médico y el paciente no es simplemente algo agradable. Salva vidas. Un conjunto cada vez mayor de investigaciones relaciona el hecho de acudir con el mismo médico durante mucho tiempo con una serie de beneficios significativos: mayor satisfacción del paciente, mayor cumplimiento de los consejos médicos y de los medicamentos, mejor aceptación de las vacunas, menor uso de los servicios fuera de horario, menor índice de remisiones, mayor satisfacción laboral y retención de los médicos, menos ingresos en urgencias, e incluso, según un estudio a gran escala realizado en Noruega que se publicó el año pasado, una reducción de hasta el 25% de la mortalidad entre los pacientes cuya atención era continua a largo plazo. Como me comentó el profesor Martin Marshall, presidente del Royal College of General Practitioners: “Si las relaciones fueran un medicamento, los redactores de las directrices impondrían su uso”.

En mayo, el Comité de Salud y Asistencia Social de la Cámara de los Comunes llevó a cabo una sesión informativa sobre la continuidad de la atención médica. El Dr. Jacob Lee les contó lo que significa atender a alguien en un consultorio que no tiene listas personales. “Intentas leer sus notas y tener una idea de lo que ha sucedido en el pasado. Esto hace que la consulta sea un verdadero reto cuando ves los resultados de los análisis de sangre y las cartas de los pacientes que no conoces porque están repartidos entre los diferentes médicos de cabecera que hay ese día. Es muy ineficiente y difícil intentar hacer un buen trabajo para esa persona”.

Esto nos afectará a todos en algún momento. Sin embargo, sin un reconocimiento más generalizado del problema, es posible que ni siquiera nos percatemos de lo que estamos perdiendo. Un estudio longitudinal sobre la continuidad de la atención primaria en Inglaterra, publicado en 2021, demostró que no solo un menor número de pacientes podía ver a su médico de cabecera preferido, sino que incluso eran menos los que tenían un médico de cabecera preferido. Parece que hemos olvidado la expectativa, o incluso el deseo, de tener un médico que conozca nuestras historias. La experiencia de la relación médico-paciente, que es algo más que una transacción, está desapareciendo de la memoria colectiva. Y si se trata de algo que nunca has conocido, ¿por qué razón lo apreciarías, o lucharías por ello?

Polly Morland es la autora de A Fortunate Woman: A Country Doctor’s Story (Picador, 16.99 libras)
Otras lecturas

Un hombre afortunado, la historia de un médico rural, de John Berger y Jean Mohr (Canongate 2016, 9.99 libras)

Narrative Medicine: Honoring the Stories of Illness (Medicina narrativa: honrando las historias de enfermedad) de la Dra. Rita Charon (Oxford, 26.99 libras)

With the End in Mind: Dying, Death and Wisdom in an Age of Denial (Con la muerte en mente: morir, muerte y sabiduría en la era de la negación) de Kathryn Mannix (William Collins, 16.99 libras)