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Los nuevos ‘Plan Marshall’ vienen pintados de verde

Bárbara Anderson

Los bancos de desarrollo y los fondos de inversión tienen capacidad para apoyar a la recuperación de cualquier país, pero en todos los casos están condicionando los préstamos al cuidado del medio ambiente. Y ahí nos quedamos fuera.

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Campo generador de Energía Eólica en Oaxaca (México).Foto: Francisco Santos/EFE.

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El viernes pude charlar con Mauricio Claver-Carone, presidente del BID. En varios momentos nombró la necesidad de aplicar un Plan Marshall.  “Estamos esperando el mandato para un aumento histórico de 80,000 mdd, lo que he llamado el único Plan Marshall que existirá en la región. Estamos muy confiados en que podamos tener éxito: es ahora o nunca y si no lo hacemos nosotros no lo va hacer nadie.”

Con estas palabras me definió lo que espera que el grupo de 48 socios del Banco Interamericano de Desarrollo le apruebe en su reunión anual el mes que viene en Barranquilla.  Ya parece tenerlo casi firmado gracias a un acuerdo entre senadores republicanos y demócratas en EU (que son el 30% de los accionistas del BID). Este banco creado en 1959 justamente para el desarrollo de América Latina y el Caribe tiene como mandato el progreso de la región. Pero fue un progreso que a 12,000 mdd de préstamos en promedio que otorgaba al año parece no haber cumplido su cometido porque antes de la pandemia ya éramos la región más desigual del planeta. Es decir que 60 años no alcanzaron para cumplir las metas de un organismo que tiene entre sus socios a 16 países europeos desarrollados. Pero estos socios, que son del lado de la mesa que ‘presta’ el dinero, dijeron que es importante que este Plan Marshall involucre inversiones verdes, proyectos de inversiones en productos sostenibles con criterios medioambientales, sociales y de gobierno corporativo (los famosos EGS, por sus siglas en inglés). 

Hace más de un año, en abril de 2020 cuando la pandemia parecía una influenza estacional más para los inquilinos de Palacio Nacional, el Presidente tuvo una conversación con Larry Fink, el presidente del fondo de inversión BlackRock (el mayor operador de fondos de inversión a nivel global y también de México). Y fue el propio Andrés Manuel López Obrador, quien le sugirió crear un nuevo Plan Marshall para ayudar a las economías emergentes a paliar la crisis económica derivada de la pandemia por el coronavirus COVID-19. “Le planteé que se requiere un plan de apoyo a los países en vías de desarrollo, las economías emergentes, y sobre todo para los países pobres, una especie de Plan Marshall. Y no veo nada, no escucho al Fondo Monetario Internacional, no escucho al Banco Mundial (…) no hay ningún pronunciamiento de ayuda, de apoyo, no con créditos leoninos, sino cooperación para el desarrollo”, declaró el Presidente.

Pero en enero del 2020 , el propio Fink anunció en una carta a sus inversionistas algo inédito:  que todas las inversiones que ellos realizan en nombre de sus clientes estarán enfocadas en la sustentabilidad como foco. Es decir priorizando inversiones en proyectos verdes e incluso desinvirtiendo en aquellas que presentan un alto riesgo ambiental como las productoras de carbón térmico; lanzando nuevos productos de inversión que filtren combustibles fósiles; y fortaleciendo nuestro compromiso con la sustentabilidad y la transparencia en nuestras actividades. “Los gobiernos y el sector privado deben trabajar juntos para llevar a cabo una transición que sea justa y equitativa -no podemos dejar atrás a partes de la sociedad, o a países enteros en mercados en vías de desarrollo, mientras caminamos hacia un mundo con bajas emisiones de carbono”, agrega quién más dinero tiene en la mano para remontar economías lastimadas por la crisis sanitaria y económica.

El tan socorrido modelo de ‘Plan Marshall’ que propone el BID o que pidió AMLO hace referencia al paquete de apoyos que entregó en 1947 el gobierno de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, para reflotar a Europa.  El proyecto se llamaba originalmente ‘European Recovery Program’, y fue diseñado por el secretario de Estado de ese momento (George Marshall) que terminó quedándose con el nombre del plan primero y con el Premio Nobel de la Paz, un par de años más tarde. 

Fue un paquete de dinero, de billones de dólares, que buscaba evitar la insolvencia de muchos países arruinados por la guerra (18 para ser exactos), aumentar la productividad en cada una de esas economías y, de paso, cerrar el avance del comunismo. 

En aquel momento las metas eran claras. 

En este momento parece que también. Existe un consenso internacional para que la recuperación permita acelerar la transición a energías menos contaminantes, a elegir una ruta de reapertura de cadenas de suministro que incluyan desde el arranque planes para no acelerar el calentamiento global. 

Y esos ‘candados verdes’ son los que aplicarán los inversionistas en un momento de alta liquidez y donde México (lo dijo Fink hace pocos meses en un foro y me lo repitió Claver-Carone) tiene enormes oportunidades para captar las inversiones de la desglobalización y la relocalización de plantas productivas de Asia a México por su cercanía con EU y su bajo costo de mano de obra (mejor que incluso China).

Pero en ambos casos se trata de un Plan Marshall verde. No es sólo dinero. Es dinero para encender de nuevo una maquinaria, pero que contamine menos y proteja el medio ambiente. 

Y ahí vamos mal. 

Estaremos muy cerca de Estados Unidos, pero desafortunadamente muy lejos de entender que las reglas del juego son nuevas y que insistir con generación de electricidad con combustóleo o invertir en refinerías de petróleo no es lo que buscan quienes pueden sacarnos más rápido de este barranco. 

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