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En el búnker

Alan Ulises Niniz

Visité el edificio de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Fue mi primera vez. Solo llevaba conmigo el compromiso de ser de utilidad, pero no imaginó lo que deben sentir las víctimas que llegan ahí a ratificar sus denuncias. Recordar en voz alta, una y otra vez, lo que vivieron.

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Foto: FGJCDMX

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Un edificio viejo, pintado en su exterior, como sucede con cada nueva administración, porque hay que poner los logos que la representen. Demasiada gente esperando afuera. Accesos con protocolos de seguridad que se quedan cortos ante la previsión de lo que ahí podría ocurrir. Indicaciones impresas en hojas tamaño carta, todas pegadas con diurex en puertas y paredes, y que no resultan claras para quienes acuden por primera vez y a quienes se identifican con una etiqueta circular color azul. Elevadores pequeños, que no alcanzan para la gente que necesita algo de movilidad y espacio. Escaleras al fondo que lucen más como las de una bodega. En el primer nivel aparece un largo, larguísimo pasillo que se forma entre un piso descuidado y un techo al que no llegan las mamparas que separan los cubículos. Todos pequeños con luz apenas suficiente. Una máquina de refrescos y ventanas que no proporcionan ventilación cruzada. Al final hay que doblar a la derecha y aparece otro pasillo, igual de largo, pero al que se agrega la esperanza de que, en algún punto, seremos atendidos. Llegamos. Un cuarto lleno de escritorios, todos con demasiadas carpetas encima y donde sólo resalta una computadora. En las paredes hay infografías difíciles de leer, por lo viejas y por lo pequeña de la letra. En el piso, cajas con más papeles que uno entiende después que son basura, pues entre las hojas sobresalen bolsas de frituras. 

Me dicen que debo esperar al licenciado. A un licenciado que tarda al menos una hora en aparecer, pero esos más de 60 minutos dan oportunidad de contemplar el lugar. De pronto aparecen niños que, con juguete en mano, atraviesan los pasillos. Alguien les grita y regresan a su lugar antes de que llegue un regaño. Detrás de algunos escritorios hay quien ya se dio por vencido y deja el cubrebocas a un lado, a pesar de estar en un lugar donde no hay circulación de aire. Y otros cubículos en donde no hay nada, solo mobiliario acumulado, sillas sobre otras sillas y computadoras que de pronto dejaron de usarse. 

El licenciado no bajará, me informan, pero en su lugar me atenderá alguien que luce afable y que rebasa mis expectativas después de estar inmerso en un ambiente tan desmoralizante. Me atiende en más de 30 minutos. Muchas preguntas, tenía que pulir detalles. Alguien más terminará conmigo, ella toma algunos expedientes y se despide amablemente. Finalmente acabé también. A mi salida el guardia bromea: “no puedes irte sin entregar tu etiqueta azul…”, la misma que perdí en algún momento de la visita, después ríe, yo también, pero la mía fue una risa más bien nerviosa, ya no quería pasar más tiempo ahí.

Lee más: ¡Al carajo!

No hay necesidad de explicar las razones, pero lo anterior es el resumen de mi visita al famoso búnker, el edificio de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Fue mi primera vez. Solo llevaba conmigo el compromiso de ser de utilidad, pero no imaginó lo que deben sentir las víctimas que llegan ahí a ratificar sus denuncias. Recordar en voz alta, una y otra vez, lo que vivieron. La carga, el miedo, el coraje y el desazón que resulta tras ser víctima de un delito, se multiplica cuando la única vía para resolverlo por la vía institucional es sumergirse en ese ambiente tan desmotivante. 

Alguna vez acudí al Ministerio Público luego de un asalto a mano armada a la vuelta de donde vivo, cuando me preguntaron si podía dar señas para hacer un retrato hablado y dije que sí, me enviaron a un sótano, eran casi las 11 de la noche. Con todo el temor de haber tenido una pistola frente a mí, tuve que acercarme solo a ese cuarto para describir los rasgos de la persona que se había llevado mi cartera, mi reloj y la sensación de seguridad a 10 metros de mi casa. Tiempo después acudí de nuevo a ese mismo MP, otro robo, ahora dentro del departamento. Había que precisar exactamente qué cosas se habían llevado. El mismo caso, se tardaron horas en dar atención, pero al final dijeron que la casa debía quedarse tal como la habían dejado los ladrones, pues debían acudir peritos. Pasaron un par de días en los que dormí en el sillón, sobre mi cama había quedado lo que vaciaron de los cajones. La sensación desmoralizante y de inseguridad me obligó a mandar al carajo a los peritos. Levanté todo y cambié los muebles de lugar, quise dar un aire distinto para volverlo a sentir hogar. Han pasado más de cinco años y los peritos jamás llegaron. 

Ese edificio viejo al que se le da mantenimiento solo en su exterior y ese interior suyo tan descuidado, tan poco amable y muy hostil, es la representación más fiel para el sistema que alberga. Con suerte, un ciudadano encuentra, tras recorrer dos larguísimos pasillos, a una persona de actitud amable, pero también está la posibilidad de que aparezca no solo otro pasillo, sino unas escaleras, un elevador sin funcionar o un escritorio en donde nadie atienda. Me temo que esto último es lo más común cuando nos acercamos a pedir un poco de justicia.

*Alan Ulises Niniz es jefe de información en Imagen Noticias con Yuriria Sierra en Imagen Televisión. Ha colaborado en Nexos, Proyecto 40 y Dónde Ir.

Twitter e Instagram: @alanulisesniniz

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